lunes, 12 de abril de 2010

VISITANDO LA EXPOSICIÓN

Sobre "El juicio de Paris" de Ouka Leele

No pudo resistirse ante su belleza. Su ser se lanzó en tropel hacia la escena con la firme intención de participar en el juicio. Pero, a diferencia de las diosas, ella no llevaba nada, ni pavo real, ni armas, ni Cupido.
Las diosas se manifestaron radiantes de luz, poderosas ante la intrusa. Ella se detuvo todavía impulsada por el deseo, retenida por los largos cabellos, joya de su hermosura. Quedo quieta, conteniendo el aliento, dispuesta a suscribir cualquier condición que le permitiese acceder al extremo del cuadro. Necesitaba llegar allí si quería que Paris pudiera verla.
—¿Qué es lo que retiene mis cabellos? — pensó.
El corazón bailaba entre la ambición de formar un cuarteto y la angustia de no poder desprenderse de aquello que la mantenía sujeta. Esas manos la amarraban al pasado, esclavizando de esta forma el presente.
—Si cortase mis cabellos con una de las armas escondidas de Atenea, tal vez podría introducirme en la escena —pensó.
Pero estaba demasiado lejos. El pavo real de Juno no podía contribuir a los propósitos de deshacerse de la prisión de la melena. Y Cupido se hallaba, como siempre, ocupado en otros menesteres.
No sabía cómo hacerlo, pero Helena no estaba dispuesta a dejar que nadie le arrebatase a Paris.
Ella se sabía bella. Su belleza no se mecía en la voluptuosidad, sino en los perfiles alargados de su blanco cuerpo. Una belleza blanca, impúdica, que se manifestaba desde sus largos cabellos hasta el final de sus pies.
Tenía la confianza de poder competir con cualquiera de ellas, incluida Venus, que parecía la elegida.
—No permitiré que tus brazos cobijen el cuerpo de mi amado. Que tus manos repartan caricias sobre su piel, que tu boca busque la suya en los juegos de amantes.
Sin embargo, Helena empieza a cansarse de ese movimiento estático. La angustia comienza a apoderarse de ella y el miedo también.
—Tengo que llegar a tiempo.
Intenta contorsionar su cuerpo en un ardid por raptar la mirada de él. Sus brazos se levantan con gran esfuerzo hacia los pies de Atenea.
En el cuarto intento lo consigue. Obtiene un puñal. Con entera decisión da un giro hacia la izquierda, coge los cabellos como lo haría con un manojo de verduras, y los corta sin piedad. La melena se convierte una alfombra que tiñe de blanco el suelo.
Esta liberación le permite saltar hacia el extremo del cuadro, justo al lado de la desarmada diosa. Todavía conserva el puñal en una de sus manos, pero sus cabellos ya no la retienen. Con dos elásticos pasos se coloca frente de su amado Paris.
Sin embargo, Paris no parece percatarse de la imagen de Helena, de hecho, a penas le dedica el hurto de una mirada.
—¿Por qué no posas tus ojos en mí, amor? —Interroga sorprendida Helena.
Tal vez sea Mercurio, quien impide que reconozca su imagen. Aunque Mercurio no es más que un mensajero. Es Venus la diosa que captura su alma, la que sostiene en el tiempo los dulces frutos del amor.
Helena logra formar parte de la escena, ocupando un lugar cada vez más cercano a Paris. Por fin, éste desvía sus ojos hacia ella.
Descubre a una mujer de una tremenda belleza blanca, con los cabellos cortos y un puñal en una de sus manos.
La mira fijamente, como hipnotizado por el blanco resplandor.
—Te conoceré. Es el futuro. Pero si matas a Venus, no podrás ser mía.
Helena reacciona. Empieza a intuir que se ha confundido. Comprende que Venus es dueña del amor. Y que si intenta dañarla, no le concederá el privilegio de ser la amante de Paris.
Permanece aturdida, unos segundos. Esos segundos que la llevan a pensar en las muertes efímeras de Troya. En lo sencillo que sería todo, si ella renunciara a la pasión por Paris. Podría enfrentarse a Venus, luchar y morir. O quizás, podría matar a Paris. Una muerte u otra, cambiaría ese supuesto futuro. Sería como robar a las diosas el juguete que tanto las hace disfrutar.
Algo helado se volcó dentro de Helena. Su cuerpo amasaba la escarcha de la desdicha.
Camina despacio, se coloca al filo de la escena y, con un movimiento leve, devuelve el puñal a la diosa Atenea.
Su cuerpo, se torna casi transparente cuando se tumba justo en el extremo de la melena. No se mueve, quieta, ingrávida, estática. Sus largos cabellos cortados comienzan a extenderse y terminan por unirse a los de su cabeza.
De nuevo Helena, bailarina del tiempo seduce los espacios, captura las miradas y araña el devenir, intentando desprenderse del pasado.

Ana María Orta
**********
Hoy he madrugado mucho. Desde que se fue, duermo poco y bebo bastante. Ya estoy algo borracho a estas horas de la mañana, aunque no demasiado. A veces esto ayuda a ser un poco más sincero con uno mismo.
Quiero ver salir el sol este día de primavera que se adivina luminoso y tibio. Cuando me siento en mi sillón, veo el cuerpo muerto de la mariposa, destrozada, espachurrada, desmembrada. Parece que el primer rayo de luz escoge el cadáver para entrar en la sala. Los brillantes colores de aquellas alas sutiles se han apagado y han devenido en unas manchas oscuras y transparentes que señalan su inexistencia en el suelo.
Cuando quedé solo me hundí en la negrura de la soledad. Ser escritor te permite manejar la verdad y la mentira a tu conveniencia, pero no puedes cambiar lo que te corroe por dentro. Recurrí a los servicios de una mujer, Juana, que mantiene limpia mi casa y me prepara algo de comida, no demasiado sofisticada, sólo de supervivencia.
Es una mujer ordenada y callada. ¡Me encanta el silencio si me siento acompañado! Sabe que no puedo soportar la estridencia de la radio, ni el murmullo del televisor, ni que turbe mi concentración cualquier bicho que se pasee por mi cuarto de trabajo. En mi casa no hay perros, ni gatos, ni jaulas con pájaros. Juana, en eso, también fue un acierto. Pero llegar al extremo de acabar con una mariposa, nunca la hubiese creído capaz.
Mis ojos van, hipnotizados, de la botella a los despojos del insecto. Aquellos cuatro trocitos de... ¿de qué?... porque no sé si puedo escribir “carne”; las mariposas, supongo, no tienen carne... Tendré que buscarlo después en el diccionario. Pero aquellas minúsculas manchas, esparcidas como piezas de un rompecabezas, sólo me hacen pensar en ese todo que llamamos mariposa y que hace apenas unas horas revoloteaba por mi casa, por el jardín, cumpliendo con su pequeña parte de la vida que era, simplemente, vivir.
Creo que estoy demasiado borracho. Me estoy poniendo metafísico. Pero ni así puedo entender que alguien haya podido matar un ser tan insignificante y delicado. ¿Qué daño puede hacer? Hay gente que merece más la muerte que esa mariposa.
No puedo seguir así. Tengo que hacer algo. Voy a coger un cuchillo de la cocina y cuando venga Juana... ¡qué más da! ¡Mejor tomarme otra copa!
José Climent

ERA UN FRÍO AMENAZADOR

Ni el grueso chaquetón, le hacía frente. Los dientes le castañeaban, los carámbanos caían como gélidas espinas. No le importó. Trepó por el resbaladizo tejado, con las herramientas en una mano, cuidando de no caer. Llegó a la meta. La maldita parrilla metálica, estaba retorcida y medio caída. Se aferró a un saliente con una mano, el viento era ensordecedor. Enderezó la antena lo mejor que pudo, la afianzó con un grueso cable ¡Ahora sí que estaba segura! Una nieve fina y copiosa, lo acompañó en la bajada, lo hizo con sumo cuidado. Después de luchar contra viento, frio y nieve, cerró la puerta de la casa tras de sí.
Se puso ropa seca, encendió la chimenea y con una cerveza en una mano y un cúter en la otra, se dispuso a cortar la enorme caja de cartón, entre sorbo y sorbo de cruz campo.
¡Por fin, su tesoro! Colocó el plasma de 50 pulgadas y lo enchufó a la red y a la antena ¡Abra cadabra! Funcionaba a las mil maravillas. Había merecido la pena luchar contra los elementos. ¡ahora vería divinamente el “Recre—Valencia”
Mary Carmen Silvera

DESDE MI BALCÓN

Me gusta mirar a través de los cristales del balcón mientras llueve. A menudo, observo la calle, los transeúntes caminando de prisa, los automóviles brillantes por el agua y la gente, recogiendo sin respiro la ropa tendida.
Miro el edificio de enfrente, entre la lluvia distingo una pareja de mediana edad.
Ella, sentada en un sillón aparentemente cómodo, sostiene entre sus manos un cuaderno algo grueso de tapas negras. Él deambula a su alrededor e intenta averiguar qué es lo que está leyendo. Parece algo inquieto, un poco enfadado ante la insistencia de la mujer por ocultarle la lectura.
De pronto, ella se levanta y cerrando el cuaderno se lo entrega a él. Al momento, el hombre ocupa su lugar en el sillón.
Mientras, la mujer prepara una infusión en la barra de la cocina situada a su espalda. A hurtadillas, saca una pastilla de un bote y la introduce en el líquido removiéndola con la cuchara.
Le acerca la taza. Él la observa con detenimiento. Parece preguntar si está todo. Ella asiente. El hombre sonríe levemente, la mujer también. Ella se acerca al balcón y corre la cortina.

- ¿Lo querrá envenenar?

Pasa algo más de media hora. Se abre la cortina. El hombre en calzoncillos, la mujer en sujetador. Los dos sentados en el mismo sillón sostienen el cuaderno abierto de tapas negras mientras sonríen.

- ¡Ya está! No es veneno. ¡Es la viagra! La infusión una pócima para ensalzar los caprichos del cuerpo y del amor. Y el dichoso cuaderno, el Kamasutra.
Ana María Orta

INTERPRETACIÓN DE UNA PINTURA DE SUSANA SOLANO

La obra de Susana Solano, es capaz de transmitir sus propios sentimientos con mucha claridad y gran transparencia. Combina dos tonos de blanco roto, uno en el fondo y otro en el paspartú, produciendo una armonía sencilla pero con un toque de atención. El verde intenso, por su posición resalta y el verde pastel por un lado pasa más desapercibido, pero por otro, contrasta con el negro fuerte, dándole una pincelada de seriedad.
Hay un color indefinido, podría pasar por rosado, es muy curioso, le aporta cierta melancolía pero cargada de relajación.
Su conjunto lo atraviesa una línea quebrada marrón, que le da sobriedad y equilibrio.
La pintura de Susana Solano la considero un reflejo de la sociedad actual, aunque los estilos van cambiando, todo tiene su lógica.
Julia Vidal Martínez

LA MIRILLA

Siempre he tenido curiosidad por saber que pasa detrás de las puertas de las casas. Poder asomarme por la mirilla y ver como viven los demás.

Las casas dicen mucho de las personas que las habitan. Nos dicen por su aspecto si son perezosos, exigentes, trabajadores, pulcros, si leen, si les gusta cocinar, si son amantes de los animales, de las plantas y muchas cosas más.

Pero sobretodo yo me fijo si son personas que les gusta recibir visitas, -siempre entra y sale gente de la casa- o si por el contrario su casa es su santuario. Yo me identifico más con las segundas. Me gusta llegar a casa y desconectar de todo. Y aún así no lo consigo.

Hoy me he fijado en un cuadro de la exposición de la Casa de la Marquesa, “Diez mujeres artistas en el Prado” no recuerdo bien su nombre pero creo que menciona a Santa Bárbara. Sin embargo yo le hubiera titulado “Al otro lado de la mirilla”. En él se ven dos mujeres sentadas, parece que no tienen mucho que decirse, están una frente a la otra, una está cosiendo y la otra con un libro en las manos. No hablan, pero parecen cómplices, se respira tranquilidad.

Al fondo hay una ventana y se adivina un paisaje verde al otro lado. Entra luz, todo está en orden , ¿se puede pedir más?
Margarita Pérez

AMOR Y MUERTE

“Alguien especial me está mirando, lo sé. No me atrevo a girar la cabeza, pero sé que me mira.”

En el gran salón, iluminado por docenas de candelabros, hay un gran bullicio. Chanzas, characotas y comentarios soeces se escuchan por doquier. Ella sabe que acabará en manos de quien puje más alto. Tiembla.

Parece indiferente, altiva. No puedo evitar preguntarme qué pensamientos rondarán la frente alta y despejada. Modestamente vestida, yergue el cuello frágil y desnudo. Ni esmeraldas, ni rubíes, ni perlas adornan su belleza. Solo ofrece una esbelta columna de marfil, en venta al mejor postor.

Una cortesana carente de gracia, su ama tal vez, le susurra algo al oído. Ella endereza la espalda. El orgullo que otorga la nobleza la salvará de una degradación mayor, y en su orgullo se refugia. Muerte o amor. Amor y muerte. Ya son la misma cosa: su cuello desnudo.
Pestañea y, por fin, sus párpados muestran unos ojos brillantes de lágrimas contenidas que no derramará. No sabe que dan a su mirada la luz del cielo. Las pujas subirán.

Unos golpes secos, metal contra madera, invocan al silencio. Silencio sepulcral.
–Este honor conlleva un precio, como bien sabéis –anuncia un miembro de la casa real–. Tanto la corte como el pueblo llano asistirán al acto, si es su voluntad. Vuestra maestría, o falta de ella, correrá de boca en boca. Quien asuma el reto será alabado o denostado. Premiado o condenado al olvido, o incluso a muerte. La sangre azul requiere un riesgo. El rey escucha. No os demoréis, hablad.
Se desata un runrún de comentarios y murmullos: un soniquete infernal e insoportable. Hombres encapuchados, grises, soeces, malhablados, empiezan a ofertar.
La miro y sé que no puedo permitirlo. Desenvaino la espada y hablo.
–Yo señor, os rindo mi espada. Vuestra es durante un año.
Mi oferta es recibida con cuchicheos, incredulidad y asombro. Ella me mira y, por fin, sonríe.

–Sois caballero y noble, recién llegado y de paso. ¿Daréis un año de vuestra vida a cambio de nada? –increpa el segundo del rey, calvo y barrigón, pero de noble porte–. Pensad en los feudos y glorias que podríais obtener en ese tiempo, batallando por el reino.
–Seré vuestro verdugo, un año –contesto, mirando al rey–. El cuello de quien tuvo el honor de ser vuestra esposa ha de truncarse por el tajo limpio de una espada noble, no por el hacha roñosa de un verdugo a sueldo.
El rey palidece. Sabe que no soy el culpable de la afrenta que castiga y también que no puede rechazar mi oferta. Los labios de ella titilan, tiemblan, sé que musita una plegaria de agradecimiento, sin acabar de creer en su buena fortuna.

******

Ojos negros como el carbón me abrasan. Me desnudan y me devuelven la inocencia. Inclina la cabeza, pero mira al rey con asco disimulado y entiende mi vergüenza. Entiende que fui adúltera por desamor y repugnancia; pequé para no morir. Lo sabe.
Busco a mi amante entre el séquito del rey. Por fin me atrevo. Él rehuye mi mirada y agacha la cabeza. Ese gesto lo delata, el rey y todos sus espías buscaban confirmación y ya la tienen: cobarde, se estremece. Ya sabe que caerá, y por la misma mano.

Él, ese caballero desconocido de ojos negros, será quien me corte la cabeza. Y por fin sé que solo él merecía mi amor. Solo él. Antes de rendir mi cuello a su espada lo miraré y le haré saber que su sacrificio no es en vano. Moriré sabiendo que existe el amor verdadero.

Se sella el pacto.

********
Los carceleros la rodean y la conducen fuera de la sala. Su presencia ya no es necesaria. No si cuello. Ya no hay nada que vender. Lo he comprado. Dejo mi espada a los pies del rey y pido permiso para retirame.
Ya fuera, en el patio de caballos, vomito. Odio matar.
“Amor y muerte”, pienso. Vuelvo a vomitar. Oigo las risas de los palafreneros.
“Amor y muerte”, pienso.
Alicia Briz Booth

LA ESCULTURA

Basada en la obra de Cristina García Rodero “La Perla” de la exposición "Doce Mujeres en el Museo del Prado"

Absorto mirando allá donde se confunden los dos colores azules, el del cielo y el del mar, mi meditación persigue configurar las tres imágenes, que aparecen en mi mente por separado. Últimamente afloran en mi imaginación muchas veces, siempre algo borrosas, sin esa claridad que es necesaria para poder discernir lo que estás viendo. Desearía mejorar esa visión, pero no puedo, solamente la percibo parcialmente. No consigo la composición que podría ser la ideal. Me satisfaría lograr comprender el significado, estoy convencido de que debe tener alguno. Insisto, pero a pesar de mis intentos no lo consigo. Unas veces observo a una madre con su hijo en el regazo. Otras, la visión se corresponde a otra mujer con cara de satisfacción. La última figura que surge es el perfil de una joven en penumbra.
El orden en que aparecen las distintas escenas es aleatorio, nunca es el mismo, nunca aparecen juntas. La pretensión de descifrar esas visiones se está convirtiendo en una obsesión. No consigo que ese objetivo, por mucha energía que desarrolle, se convierta en realidad.
Ha pasado algún tiempo desde la primera vez en que aparecieron. Durante un tiempo han estado ausentes de mis sueños, ya casi las tenía olvidadas. Sin embargo, estos últimos días han vuelto a surgir. Esta vez los espejismos aparecen por parejas. Unas veces surge el perfil de la joven delante de la madre con su hijo sobre las rodillas. Otra de las escenas es la mujer satisfecha que observa la escena de la madre con su hijo. La tercera está al fondo la mujer que observa pasar a la muchacha.
El suave mecer de las olas ayuda al ensimismamiento en el que me encuentro. El tiempo transcurre lentamente hacia el final de la jornada. El color azul tiende a desaparecer. La brillantez que despedía el sol se está convirtiendo en algo que no acierto a describir. En el horizonte se realza una perspectiva que ayuda a que la contemplación se distinga mejor. En un momento dado, se muestra en mi mente la escena completa. Puedo distinguir a la mujer con cara de satisfacción que se fija en la escena de la madre con su hijo en brazos. Las veo con claridad a las tres, pero, noto algo que no llego a diferenciar. Mi atención se detiene en la madre con su hijo, esa escena me es muy familiar. Perfectamente aprecio ahora que no es una persona, es una escultura. Claro, es la famosa escultura de Rafael. La madre contempla a la joven que parece pasar por delante de ella sin mirar. Converjo toda mi atención en lo que estoy viendo y extrañado observo que las figuras van cambiando por momentos. La mujer gira su vista hacia la joven, la madre también la acecha al mismo tiempo. Aparecen las tres imágenes ahora formando un cuadro perfecto, y que, a cada momento se puede apreciar con más nitidez.
Realmente algo está cambiando ¿Qué pasa? Me pregunto. El perfil de la muchacha se está diluyendo poco a poco, hasta que desaparece por completo. A medida que esto ocurre el semblante de la madre también se va transformando. Sus facciones dejan de encarnar a las de la famosa escultura, pasan a ser las de una persona con vida propia, a cada momento se asemejan más a las de la muchacha. El niño sobre las rodillas de ella, ya no es de mármol, se convierte en un nacido de pocas semanas.
La mujer con su cara de satisfacción, que no puede disimular, demuestra su alegría, su felicidad. No pestañea, tiene fija la mirada en la escena de la madre con su hijo en el regajo. Descubre feliz la maternidad aquí simbolizada. Su hija ha logrado conseguir la aspiración de su vida. El anhelo tantas veces soñado y deseado. Ser madre.

Alfonso Garrigós Palmer

EL MEDALLÓN

No sabía las desgracias que iba a traer a este mundo el día que abrió el féretro de Fra Angélico.
Piero “il Bambino”, era un vulgar ratero con aspiraciones a ladrón de guante blanco. Su primer gran robo iba a ser el medallón de la expulsión de Adán y Eva del paraíso que, supuestamente, llevaba el fraile en el cuello el día que lo enterraron. Al abrir la tumba y retirar la tapa del ataúd, vio la osamenta convertida en ceniza del religioso. Entre todo ese polvo grisáceo se podía contemplar una cadena de oro que sujetaba “il medaglione”, cogió la medalla, dejó el panteón como estaba y salió corriendo del convento de los Dominicos.
Cruzó un campo de vid pero al otro lado le esperaba la policía, éste al verlos arrojó el colgante. Fue abatido a tiros por los agentes, que buscaron, sin éxito, lo había robado.
Un pastor estaba con su rebaño pastando por la zona, mientras se daba placer con una de las ovejas, descubrió algo brillante. Dejó al animal, que salió por piernas del lugar, y recogió entre las malezas la joya y se la colgó del cuello.
Iba luciendo collar, cuando uno de los ovinos decidió tomarse la justicia por su mano tirando, de un cabezazo, al ganadero por el barranco, causándole una muerte inminente.
Tras la caída, el medallón salió despedido hacia el río. Su corriente lo llevó a la desembocadura donde un mendigo acababa de matar a su compañero por una lata de albóndigas caducada, al agacharse vio la joya y se la guardó en su vieja gabardina, más tarde se dirigió a la ciudad donde fue atropellado por un turismo que circulaba a gran velocidad. El acalorado conductor paró y ante lo ocurrido, decidió abandonar el lugar, no sin antes arrebatarle de sus manos, sin vida, el collar de oro.
Al llegar a su casa, le esperaba una de sus amantes con un niño en brazos, recién nacido, ella le pidió que se quedara con el pequeño, pero éste lo rechazó. La joven cogió un cuchillo y asestó dieciséis puñaladas al supuesto padre, más tarde abandonó el bebé en un convento.
Uno de los frailes escuchó el llanto de una criatura y al abrir la puerta vio al bebé, de él colgaba un presente. Descubrió, girando para verificarlo, que era el auténtico medallón de Fra Angélico, robado hacia unos días. En su reverso rezaba: Sólo el que sea puro de corazón, será digno de llevar el medallón.
Iván F. Chova

lunes, 15 de febrero de 2010

EN PRIMERA PERSONA

A menudo preguntan qué aspecto tiene desnuda. ¿Te imaginas qué descaro? Querer imaginarte el aspecto de tu mejor amiga sin la ropa. Es también muy divertido, porque cualquiera que haya visto las películas de Arlen Ford la habrá visto a ella totalmente desnuda. Su aspecto con el traje de cumpleaños y su verdadera apariencia son las dos preguntas favoritas. Entonces, de acuerdo. ¿Estás preparado, mundo? Su pecho derecho es ligeramente más grande que el izquierdo, y es bastante agradable. Pero, seamos sinceros, información como esa no vende ni supone un arma arrojadiza como Dios manda, sobre todo para los periodistas. La gente quiere conocer los trapos sucios, lo sórdido, ese lugar donde moran sus ilustres secretos, y qué tipo de rabietas la invaden cuando no hay testigos alrededor.
Sí, tiene rabietas. ¿Y quién no? El único chocolate que come son las «pelotas de golf» Godiva de a cuatro dólares la pieza y conduce un automóvil ridículamente caro. ¿Es suficiente? Porque es todo lo que hay, es toda la mierda que puede encontrarse en este sórdido lugar en concreto. Pero el problema de todos ellos es que nadie conoce a esa mujer como yo, por lo que siguen viniendo con la esperanza de que algún día tenga algún nuevo y feo cotilleo que contarles.
Soy Rose Cazalet, secretaria de Arlen Ford y su amiga más antigua. Ella no quiere llamarme «su secretaria», sino que más bien opta por términos como «consejera» o «compañera». Ambos suenan mejor, desde luego, pero, por desgracia, destilan un aroma tan decididamente gay, que prefiero la llaneza de «secretaria».

Fragmento de “Los dientes de los ángeles” de Jonathan Carroll



CONTINUACIONES

I


Si, como he dicho soy su amiga más antigua. Tanto, que se puede decir que he envejecido a su lado. Al amparo de su sombra, sombra, por otra parte, elegida.
Sin pretenderlo he pasado de amiga a secretaria y para qué negarlo, en más de una ocasión a consejera.
Durante todos estos años he ejercido de escudo, sorteando a los hombres que pretendían utilizarme para llegar a ella, a las compañeras que, de repente, se encontraban en todas partes y que intentaban ganarse mi confianza, a los allegados interesados en formar parte de su pequeño club amistoso.
¿Qué si voy a contar algo? Pues si, he decidido hablar. Pero me niego a contestar a preguntas que me parezcan incorrectas o inadecuadas. Porqué no olvidemos que soy su amiga más antigua, algo que no es gratuito y a lo que de momento no renuncio.
Me asomo al pasado y puedo rescatar imágenes, recuerdos, e incluso podría hilvanar un sintético relato de su historia. Pero claro, lo que se espera no es eso, no es la interpretación de un recorrido, sino la descripción de lo acontecido.
Y de lo acontecido puedo decir algunas cosas, pero cualquiera de ellas me privaría de la posición de amiga. Lo acontecido es irrelevante, al menos para mi, lo que hubiera podido acontecer es lo horroroso, lo realmente terrible.
Ambos eran bellos, enigmáticos, poderosos, pero además se amaban. Se amaban con furia absoluta, con rabia y coraje. Se amaban con el peso del sufrimiento y la esperanza del deseo. Su amor estaba hecho de sangre.
No fue el dolor de una emoción lo que guió su muerte. Ni la agonía de un amor desesperado. Fue la certeza de saber que si ella abandonaba no existiría. Por eso, recorrió el tormentoso camino del sacrificio, sabiendo que sólo así ella podría existir. Sin él ella sería capaz de continuar, por él abandonaría todo.
Así que no fue ella quién acompañó sus pasos hacia el acantilado azul. No. No fue ella la que le concedió, sosteniendo su mirada, el pasaje al abismo. Lo se muy bien.
Sí, querida amiga, fui yo. Y es ahora cuando te pido que me perdones por este viejo silencio.

Ana María Orta

**********
II
Esta es mi historia y todo lo que puedo contar sobre Claudia Stanfor.
-¡Esto es basura! –exclamó el periodista que le había comprado la exclusiva.
-Es lo que hay. Ya os dije que no había escándalos, ella siempre ha sido una gran mujer, sencilla, y a pesar de su riqueza, poco extravagante.
-Como tú misma has dicho, esto no vende, por lo tanto no te voy a pagar.
Rose se marchó satisfecha de sus declaraciones. Ella nunca traicionaría a su amiga ni por todo el oro del mundo.
A la mañana siguiente el sonido del teléfono la despertó de su letargo, le costaba tanto dormir, y con voz de recién levantada, contestó.
-¿Has leído lo que pone “el semanal” sobre Claudia? –dijo Arlen preocupado por las consecuencias de la noticia.
Rose bajó, rápidamente, al kiosco de la esquina, ataviada con su pijama de women’secret y su batín de Mickey Mouse, para, de nuevo, subir a su piso que se hallaba en un exclusivo apartamento del centro de Manhattan donde podrías encontrar famosos de la talla de Jack Nicholson, Madonna o Sting entre otros. Nada más abrir la puerta, su teléfono, de aspecto viejo pero muy caro, volvió a sonar. Esta vez era Claudia que, resignada por la noticia, pedía explicaciones a su mejor amiga, que no podía dejar de leer la noticia.
-¿Qué somos novias? ¿Tú y yo amantes?
-Y no quiero ni pensar lo que dirá Braian –dijo la actriz sabiendo lo celoso que era su novio.
-Te juro que eso no ha salido de mi boca.
-Lo sé. De todas maneras quiero que hagas un comunicado desmintiéndolo y después denuncia a esos cabrones.
Rose denuncio al periodista, llegando a ganar el pleito.
Nunca más volvió a ser la secretaria de Claudia Stanfor, simplemente su mejor amiga.
Hoy por hoy, todavía hay gente que cree que son amantes, solo ellas y el tiempo lo dirán.

Iván F. Chova

**********

III

Yo también quería ser actriz, y al principio lo intenté con todas mis fuerzas, pero las circunstancias de la vida me llevaron hasta aquí. Conocí a Arlen en un casting para una película en la que se pedía (me di cuenta cuando ya estaba allí) más físico que talento. Yo no podía ganar. Ella no podía perder. Con aquellos penetrantes e intensos ojos negros y su sonrisa, a veces ingenua, a veces pícara, siempre generosa, se ganó el papel al instante.
No podría explicar el porqué, pero intimamos. Nos veíamos con frecuencia y me convertí en su confidente, en el paño que secaba sus lágrimas, en el espejo donde colgaba sus ilusiones. De ahí a convertirme en su “secretaria” solo fue cuestión de tiempo y de que ella alcanzara la fama.
Ahora le leo los guiones, los selecciono, la aconsejo, le arreglo la agenda, le preparo las entrevistas, incluso le concierto alguna cita con discreción, escojo la ropa que debe ponerse para ciertos acontecimientos, (siempre me recalca que le resalten los pechos y que disimulen el culo), le controlo los gastos, planifico sus vacaciones, me río con ella algunas veces y discutimos de vez en cuando: ella pone la pasión, yo el sentido común.
A veces me trata como a una simple criada. Está convencida de que yo vivo para ella, de que sin ella mi vida no tendría sentido. Desde su orgullo de considerarse importante, porque es una artista reconocida, no es capaz de darse cuenta de que yo, Rose, estoy creando buena parte de su mundo.
Hay días en que está insoportable y, como soy la que tiene siempre a mano, me trata de manera despreciable, porque cree que su deseo es ley y que la que piensa y decide es ella. Y tenemos una discusión que acabo perdiendo siempre yo. Entonces me siento a mirar las estrellas y me pregunto: “¿Hasta cuándo vas a aguantar, Rose?” Y me contesto, cuando me pasa el sofoco, que hasta donde pueda porque Arlen es mi amiga y yo la quiero. Pero en alguna ocasión, en momentos de arrebato, le busco una entrevista con algún periodista de los más duros y le digo a él que no tenga miedo de apretarle las tuercas ni de hurgar en sus heridas. Ella después me gritará, tal vez llegue al insulto, mi dirá que me odia... pero yo ya me habrá divertido lo mío. Y mañana seguiremos siendo tan amigas.
Arlen es guapa, rica, famosa, una estrella. Ha tenido caprichos, hombres, éxitos, todo el mundo la conoce, pero es posible que no haya descubierto que la vida es inmensamente más emocionante que las películas.
Yo, Rose, para el mundo no soy nadie; nadie me conoce, no salgo en las revistas. Dentro de unos años, cuando a la estrella las tetas se le caigan, cuando le engorde el culo y su mágica sonrisa pierda la chispa y el cine no la llame, aunque no trabaje, todos la recordarán.
De mí no se acordará nadie, pero estoy segura de que conseguiré casarme con un buen hombre (eso espero), tendré hijos, viviré en el campo y alguna vez volveré a ver una película de Arlen con mis amigas y les diré... “esa era amiga mía”. Y los que me oigan pensarán que soy una vieja loca...
Esto le contaba yo a Adriana, la escritora, un día tomando un café con leche. Y ella me dijo:”¿Por qué no escribes esta historia, Rose?”
Y eso es lo que he hecho.
José Climent
**********

IV

Arlen es una mujer totalmente manipulada. No guarda secretos, ella no, son los otros los que guardan sus secretos. Está claro que yo conozco muchos de esos secretos, que ni ella misma conoce porque toda su vida está programada. Todo está preparado. Así, como suena. Es totalmente obediente a lo que le dice su asesor de imagen, su director o quien sea. Yo estoy ahí, a su lado, para que todo salga bien, por si surge algún percance.
Me dieron a mí el trabajo, el de “ser su secretaria” porque ella me escogió. Es lo único que realmente ha hecho en la vida por sí misma y por ello me siento tremendamente satisfecha. Fue como un flechazo y por eso no sólo soy su más antigua amiga, sino la única.
Desde luego su vitalidad parece inhumana porque está en todos sitios: inauguraciones, exposiciones, desfiles, cócteles y toda fiesta que se precie.
Y. No. No consume drogas.
Mi trabajo consiste en ser su agenda, recordarle lo que tiene que hacer cada día y en cada momento, y proporcionarle los instrumentos para que lo consiga. Nadie se explica cómo me mira, cómo me habla, pero es que sólo yo la he tratado como un ser humano, no como algo que hay que explotar.
Las rabietas de Arlen Ford son inesperadas e impredecibles, y cuando esto ocurre, que últimamente van a más, su manager se desespera, me llama porque sabe que yo la conozco y la entiendo, y la sé mirar, sé qué fibra tocar para que todo vuelva a la normalidad.
Creo que le queda muy poco tiempo de vida, han descubierto que es capaz de enamorarse, de tener sentimientos y eso puede crear problemas. No quieren problemas. ¿Qué, quiénes? Eso no importa. Por eso, confidencialmente, te cuento a ti, que no sé quién eres, si es que algún día eres alguien que tropieza y abre este diario; que Arlen pronto será aniquilada y yo soy el problema porque está enamorada de mí. Tiroriro, tiroriro, tara, tara. (suena mi teléfono). Voy a cogerlo.
- Sí, dígame.
- Soy Dantel, René Dantel
- ¿Y?, ¿Qué desea?
- Le llamo para comunicarle que está despedida. Ya no la necesitamos.
- ¿Cómo? ¿Qué será de la Señorita Arlen Ford?
- Arlen Ford ha sido desprogramada. Ya es irreversible. Pásese por el departamento de VARIOS de nuestra compañía “Happy is a dream”, su finiquito está preparado. Adiós y gracias.
Ahora sí. Voy a desentrañar a la prensa cuáles son los lienzos sucios de “Happy is a dream”, antes de que también me desprogramen a mí. Ya no les sirvo sin Arlen, ya no soy nada.

Lala Escrivá

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V


Nos conocimos en Los Angeles. Hace unos cuantos años, cuando recogía información sobre el caso de “los hallazgos de restos fósiles en un parking de la ciudad”. Me alojaba en el Radisson Hotel y como siempre bajé a desayunar con mi portátil. En la mesa de al lado una señorita de mediana edad no paraba de observarme y al fín se acercó a preguntarme:
-¿Es usted periodista?
-Si lo soy, y usted es………..
-¡oh! Lo siento, perdone mi atrevimiento pero es que últimamente me acosan los periodistas y pensaba que usted….Mi nombre es Arlen Ford, ya veo que no me conoce. Soy actriz de moda y para salir a tomar un café y charlar con alguien tengo que disfrazarme con estas gafas oscuras y un pañuelo en la cabeza para que no me reconozcan.
-No se preocupe, no trabajo para la prensa rosa. Siéntese por favor y hablemos. Su profesión debe ser muy interesante.
Sin darnos cuenta, estuvimos charlando amigablemente durante dos horas y pude conocer a la Arlen de verdad. Había luchado mucho para ser a actriz pero lamentaba que en sus películas, sólo se fijaran en su físico. Lo que más deseaba en el mundo era que alguien le ofreciera un papel drámatico.
-Quizás sea cuestión de insistir.
-Me han encasillado en el papel de “chica mona” y ningún director me ha propuesto hacer un drama por ejemplo.
-Querrá decir todavía.
-Mire señorita, es muy amable, pero no vivo de falsas ilusiones. Un placer conocerla.
-Espere, no se vaya. Conozco a Michael Keaton, buen amigo mío que se ha estrenado ahora como director,¿ quizás si les presentara?.
Desperté su interés y ella me propuso trabajar juntas en este nuevo proyecto. Iba a necesitar a alguien que la reorganizara su agenda y al final acepté. Nunca me arrepentiré, Arlen Ford es una gran mujer y no me refiero a su físico.


Margarita Pérez
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VI

Nadie comprende como yo sus devaneos, sus debilidades.
Hace poco, se enamoró perdidamente durante un crucero. Cuando se enamora, lo da todo. Yo la ayudaba a ponerse sexy para él. Me pasaba la noche desvelada hasta verla llegar al amanecer. Cansada pero feliz. Entraba por la puerta quitándose la ropa, se tendía en la cama desnuda, extenuada, pidiéndome con grititos mimosos que le diera un masaje. Me contaba excitada sus atrevidas intimidades mientras le masajeaba con devoción sus largos y perfectos muslos. ¡Qué rabiosa exclusiva para “los tiburones “de la prensa!
Entre sus costumbres excéntricas está la de pasear por la casa desnuda, mientras yo, fiel perro guardián la defiendo de los paparazis
A solas en mi habitación, corro el pestillo de la puerta. Me quito con asco las uñas postizas y muerdo con rabia las mías. Me desmaquillo lentamente, me quito la peluca. Ya en el baño depilo mi cuerpo, la cara. Y observo frente al espejo mi virilidad. Siempre he sido su primer fans, su más humilde esclavo, ¡su dueño! Todos llegan y se van, yo continuaré recorriendo su cuerpo con mis manos a placer. Así ha sido desde el día en que decidí embargar mi vida por adorarla y cambié al apuesto Arthur por Rose.

Mary Carmen Silvera Redondo
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VII

Hoy es una mañana tranquila y ya están apostillados, como otros muchos días, varios reporteros a la espera de una imagen o de un comentario que pueda satisfacer la morbosidad de los múltiples lectores que hojean sus publicaciones.
Yo, a través de la ventana les observo y me doy cuenta de lo duro de su trabajo de plumillas o de cámaras. Pero, al fin y al cabo, es su trabajo.
Arlen Ford no se ha levantado todavía. Ni siquiera se ha despertado. Después de una jornada agotadora de presentaciones de la película es lo lógico.
Es cierto que el público puede conocer su desnudez, por su filmografía pero sólo una desnudez si se quiere interior. Ella intenta reflejar en sus escenas parte de lo que guarda en sus rincones más íntimos.
Así, las situaciones de aberraciones, maltratos y lucha por el sobrevivir de cada día, son fruto de sus vivencias lejanas pero la ineptitud de todos los que ven sus películas lo traducen en el buen hacer que desarrolla en su trabajo, en su interpretación. Por eso, los periodistas preguntan su verdadera apariencia cuando se coloca el traje de cumpleaños anual.
No, no me gusta que Arlen emplee el apelativo de compañera hacia mí. En algunas ocasiones la tildan de lesbiana y claro, la consecuencia es que a mí también.
Y nada más lejos de la realidad.
Le atraen las braguetas. Pero como es muy inteligente, nunca se inclina por ninguna del lugar. Y, si lo hace, es a altas estancias y en sumarísimo secreto. Les interesa que esto sea así a las segundas partes.
Otras veces, es a grandes distancias. Como cuando nos vamos a Tánger, porque según las creencias de los periodistas, espabilados ellos, a Arlen le chiflan los zocos.
Una vez en Tánger, nos escabullimos y entonces nos suele recoger algún avión particular que nos traslada a Arabia Saudí. De allí, ella se trae pingües beneficios. Luego, nos dejan otra vez en Tánger y volvemos a casa mostrando las bagatelas que hemos comprado en los zocos. Pero, claro estas extensiones de la excursión se les escapa a los informadores por falta de medios y sólo lo sé yo, Rose Cazalet, que por ser su mejor amiga y confidente no les voy a soltar prenda.
Ensimismada como estoy en estos pensamientos casi no me he dado cuenta del paso del tiempo ni del grito aterrador que se ha oído dos manzanas más abajo…

María Luisa Munuera
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VIII

Arlen, cuyo nombre original era Ana, y yo nos conocíamos desde niñas, vivíamos en el mismo barrio y éramos compañeras de clase. Ambas nacimos en un lugar habitado, en su mayoría, por gente inmigrante y ubicado a la afueras de una gran ciudad, Valencia.
Arlen era una niña de extraordinaria belleza, aunque siempre fue mal vestida y desaliñada. Su padre era un alcohólico del que siempre recibió malos tratos. Su madre nunca estaba en casa, era la única persona que trabajaba de la familia. Jamás la conocí, por las mañanas dormía y por la tarde noche trabajaba (si alguna vez estuvimos en su casa, no podíamos hacer ruido)
Le gustaba venir a mi casa a la hora de la merienda. Mi madre nos esperaba con un vaso de leche y unas magdalenas, le gustaba que le contáramos historias del colegio y vernos reír. Luego jugábamos a los disfraces con la ropa de mi madre y preparábamos obras que teatro que más tarde representábamos al resto de los niños del barrio. A Arlen le gustaba mucho soñar, imaginar otros lugares, otras vidas, quizás para olvidar la suya propia. Jamás contaba nada de su vida privada. A veces venia al colegio magullada y con algún que otro moratón. Pero siempre tenía alguna anécdota divertida que contarnos para explicar el suceso. (todos conocíamos la verdad, pero nos gustaba lo que nos contaba y nos hacia reír).
Era inteligente, aunque en el colegio no sacaba buenas notas, pues nunca hacia las tareas que nos asignaban para casa. Por ello muchas veces estaba castigada en el pasillo. A mí me dolía mucho cuando veía que le chillaban o se enfadaban con ella, pero a ella parecía no importarle demasiado. Le hacía muchas veces los deberes y algún que otro trabajo, cosa que le permitió escaquearse de algún que otro castigo.
Ella me envidiaba porque tenía una familia que me respetaba y me daba cariño, porque en mi casa había un orden. Yo la admiraba por su inteligencia, su fuerza y su independencia y sobre todo, por su belleza. Creo que las dos nos complementábamos mucho y nos queríamos más.
Cuando se terminó la escuela, fuimos al instituto, pero mientras yo estudiaba en el turno diurno, ella lo hacía por la noche para poder trabajar y aportar algo a casa. Eso nos hizo ir perdiéndonos poco a poco de vista. Yo encontré nuevos amigos y ella también. Pasaron los años y ya no volví a saber nada de ella. Estudié periodismo y trabajaba como reportera en un periódico de la ciudad. Sabía que se había convertido en una gran artista y que vivía en Nueva York. Yo soñaba con encontrarme con ella algún día y poder hacerle una entrevista. Pero todo ello estaba muy lejos de mis posibilidades.
Un día, oí a los compañeros del sector de la prensa del corazón comentar que venía a España a rodar una película. Era mi oportunidad, tenía que convencer al jefe de la redacción para que me dejara ocuparme del asunto. Para ello tuve que contarle que nos conocíamos desde niñas, que íbamos a la misma clase y que compartimos muchos momentos juntas. El quiso aprovecharse de la situación proponiéndome un chantaje al que por supuesto no accedí. Querían conocer algo más de su vida privada, de su familia, pero yo jamás contaría algo que ella siempre quiso ocultar. Desestimé el asunto y cuando ya me marchaba me propuso un pacto siempre que le hiciese una buena entrevista. Yo le dije, lo intentaré, pero nada de su vida privada.
Por fin llegó el día que tantas veces había soñado. Entró en la sala de prensa, estaba guapísima, sentada en una mesa al final de la sala, los focos no le dejaban ver con claridad a los que estábamos al otro lado. Le empezaron a hacer preguntas, yo esperé impaciente mi turno. Intentaba que ella me reconociera a través de las preguntas que le iba realizando, todas ellas hacían referencia al lugar donde pasó su infancia. Ví que hizo esfuerzos por intentar reconocer quién era la persona que hablaba, sabía que me había reconocido. Me dijo que quería hablar conmigo personalmente cuando acabase la rueda de prensa, pues quería intercambiar algunas ideas a propósito del lugar donde nació y pasó su infancia y adolescencia. Nada más encontrarnos nos abrazamos muy efusivamente y estuvimos unos minutos sin decir nada. Nos deshicimos poco a poco del personal y nos escapamos a un café para poder contarnos lo que habíamos hecho todo este tiempo en el que no nos habíamos visto. Estuvimos horas hablando. Me contó cómo había llegado tan lejos, como entró dentro de este mundo. Trabajaba en un café para sacarse algún dinerito que le permitiese independizarse de su familia, sobretodo, de su padre. Allí conoció gente relacionada con las artes dramáticas que le fueron abriendo paso a este mundo; su belleza y su inteligencia fueron haciendo el resto. Yo le conté mi vida un poco por encima, nada que ver con la suya. La mía seguía siendo ordenada, tranquila. Trabajaba en un periódico de la cuidad y me dedicaba a aquello que tenía que ver con la política. Le comenté que me gustaría cambiar, viajar y ver mundo, que no me gustaría morir en aquel periódico. Enseguida me propuso ir con ella, ser su confidente, secretaria, necesitaba alguien que controlara un poco su vida, pues esto de la fama era muy peligroso. Me encantó la idea, no lo pensé dos veces y aquí estoy en Nueva York.

Trini Segura

martes, 9 de febrero de 2010

EL ASESINO DE LONDRES

Un asesino serial sembraba el terror en Londres. Los esfuerzos de las autoridades por detenerlo eran inútiles. Hasta el celebre detective de la calle Baker había claudicado en su empeño y se había entregado con frustración a la morfina y al violín.
Sin saber que hacer, el jefe de policía Lestrade, desesperado, acudió a los servicios secretos del gobierno. Lo pusieron en contacto con la policía rusa. Viajó hasta San Petersburgo para entrevistarse con el juez Petrovich. Este le propuso una alternativa inaudita: solicitar el auxilio de un convicto condenado por doble asesinato, un genio criminal, a fin de que lo orientase en la captura del Carnicero de Londres.
A cambio del éxito de la empresa le otorgarían la libertad. Lestrade aceptó sin pensarlo…

(Fragmento del relato “Castigo” de Jesús Ademir Morales Rojas)

CONTINUACIONES
I

Todos los crímenes tenían algo en común. Eran mujeres entre treinta y cuarenta años, su nombre empezaba por “B” y aparecían degolladas, con su propio dedo meñique metido en la boca.
El convicto, acusado de haber degollado a su esposa y a su suegra negaba rotundamente haber cometido el doble crimen que se le imputaba y juraba que antes de encontrarse con los cadáveres, vio a un hombre saltar por la ventana.
Antes de los hechos, regentaba una tienda de antigüedades y poseía una colección de dagas muy valiosas heredada de su abuelo. En realidad, debió heredarla su hermano mayor, pero éste había desaparecido, después de encontrarse degollada a la secretaria de su padre, con su dedo meñique apretado entre sus dientes, en señal de la lucha sostenida. Se rumoreaba que se había suicidado o que había emigrado a otro país. Iván Lomaski después de pactar con Lestrade, cogió el primer tren a Londres. Haciendo las pesquisas que creyó oportunas. Pateó toda la ciudad a pie y en coche de caballos, pero todo era en vano, no encontraba lo que iba buscando.
Pasaban los meses y tenía que rendirle cuentas a Lestrade que lo apremiaba impaciente. Iván estaba a punto de tirar la toalla jugándose en ello su libertad.
Una tarde, desesperado y aturdido por la niebla, entró en una taberna, pidió una cerveza doble, necesitaba olvidar. El ambiente estaba tan denso de humos y olores que se podía cortar.Entre el efecto de la cerveza y el murmullo, empezó a entrarle unas terribles nauseas. Decidió abandonar el lugar y se dirigió a la barra a pagar al tabernero, al otro extremo, sosteniendo en una mano una gran jarra y acompañado de dos pelantruscas, un hombre, pequeño, encorvado, con una desgreñada pelambrera, charlaba animadamente. Se fijó detenidamente en su meñique mutilado, no cabía ninguna duda, era Nicolau. Sus miradas se cruzaron y caminaron mutuamente hasta fundirse en un abrazo. Se sentaron a charlar y ponerse al día. En ningún momento, hablaron del motivo de su estancia en Londres. Llegado el momento de despedirse, Iván lo invitó a que lo acompañara a casa de un amigo con el que había quedado. Solo serian unos minutos.
Una vez en la puerta de Lestrade la aporreó con insistencia, éste debido a lo intempestivo de la hora, salió abrochándose un batín de raso.
−¡Querido amigo—dijo fingiendo una inexistente amistad, Lestrade le siguió la chanza.
Aunque sé que es algo tarde, he venido a que me muestre esa maravillosa obra de arte que tiene en su despacho.
Bien, bien­­­­—murmuró el policía percatándose que el convicto, se traía algo entre manos.
En menos de un minuto Lestrade apareció correctamente vestido, con bombín en mano.
−¿Adónde vamos?, susurró Nicolau al oído de Iván algo inquieto, al ver que cogían un coche de caballos-¿No te parece algo tarde?
Calla, calla −le contestó en el mismo tono −Este tiene una joya para la colección familiar.
Una vez dentro del despacho, Lestrade miró inquisitivamente a Iván, que continuó fingiendo.
A propósito, no os he presentado−dijo dirigiéndose al hombre que lo acompañaba
Nicolau Lomaski, mi hermano − hizo una pausa
− y, ¡el asesino en serie!
Los dos hombres, lo miraron perplejos. El supuesto asesino intentó huir, pero Lestrade, pulsó un timbre y aparecieron dos corpulentos policías, que lo agarraron con fuerzas.
Iván, lo acusó enérgicamente.
−¡tú eres el asesino en serie y el de mi pobre mujer y su madre! Fuiste tú quien me robó la daga con empuñadura de marfil y oro, de la que estabas encaprichado y nunca quise darte. ¡Tuya era la sombra que vi saltar por la ventana, el día del asesinato de mi querida esposa!
El acusado, empezó a blasfemar en ruso pero Iván era implacable
−¡Siempre has sido cruel y pendenciero! ya de joven, mataste a la pobre Bayuska, la secretaria de nuestro padre. ¡Asesino!
Nicolau, se derrumbó, declarándolo todo
−¡Todas las mujeres son unas zorras! te engatusan y luego se ríen de ti. ¡Sí, yo soy el hombre que buscáis!, ella me prometió amor eterno y luego se mofó de mi deformidad. Mientras la degollaba, la muy puta me mordió el dedo meñique.Lo de tu mujer y suegra, fue casual, yo solo entré a robar la daga que me pertenecía y ellas me descubrieron, tuve que degollarlas.
−¡Toma
Sacó un objeto del bolsillo y lo arrojó a los pies de su hermano − ¡tu maldita daga de empuñadura de marfil!
Resuelto el caso, Lestrade acompañó a Iván hasta la estación donde volvería a su querida patria, libre de cargos.
El asesino más buscado de Londres estaba a buen recaudo.

Mary Carmen Silvera
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II

A la mañana siguiente, acudió a la cárcel en busca de la persona que le había propuesto el juez. Fue escoltado por dos policías corpulentos, pues se trataba de un asesino atroz. En la celda, por cierto un lugar maloliente y desapacible, había una persona sentada en el único mueble de que disponía el lugar, leyendo el periódico. No levantó la cabeza, se quedó como si nada ni nadie hubiese aparecido. Uno de los policías gritó unas palabras en ruso y él lentamente se levantó. Lestrade pudo observar su mirada tristona y desafiante cargada de orgullo.
Se presentó y le dio la mano. Dijo su nombre, Ivaylo, y añadió, antiguo camarada ruso. Se alegró al comprobar que hablaba perfectamente el inglés. Por ello y porque no le dio la impresión de ser un tipo peligroso, pidió a sus acompañantes que se retirasen. Una vez a solas le explicó cuáles eran sus intenciones, si era capaz de resolver un caso que tenía a la policía de Londres desorientada, pero nada le mencionó del juez Petrovich, pues ese era el pacto que había hecho con él. Ivaylov aprovechó para contarle algo de su vida, le dijo que había pertenecido al cuerpo de policía secreta de Rusia, su madre era escocesa (por ello dominaba tan bien el inglés) y que fue culpado por un doble asesinato que jamás había cometido. Alguien le quiso quitar del medio. Luego no quiso decir nada más.
Se estableció un silencio entre ambos, había algo en su mirada, en su forma de hablar que le hacía inclinarse a pensar que decía la verdad.
Mañana por la mañana quedarás en libertad condicional, vendré a por ti y cogeremos un avión que nos llevará a Londres, dijo Lestrade. Espero que no se te ocurra ninguna tontería, te han dado una oportunidad y deberías aprovecharte de ella.
Se marchó de la prisión muy confuso, pensando en los motivos que le habían llevado a Ivaylov a estar en prisión y la vez bastante esperanzado en la resolución del caso, pues parecía una persona inteligente y conocedora de la profesión.
Durante el trayecto fue explicándole detalladamente el caso que les ocupaba; buscaban un asesino que, desde hacía un año, estaba sembrando el pánico entre las prostitutas de Londres. Todas ellas eran rusas, pero no habían encontrado nada que les pudiese dar alguna pista. Sospechaban sobre la mafia de este país, pero no habían podido averiguar nada que los relacionase.
Cuando llegaron al aeropuerto se despidieron. Lestrade le dio su teléfono y le indicó que le llamase nada más intuyese alguna cosa.
A la semana siguiente recibió una llamada. Quedaron en verse en una cafetería del centro de la ciudad. Quedó impresionado al comprobar que en unos pocos días había resuelto el caso. Parecía ser que tenía buenos amigos y contactos. Por supuesto nada le contó de todo ello, sólo la resolución y las pistas encontradas. El asesino, o mejor dicho la asesina, no era ni más ni menos que la esposa del comandante Petrovich. Parece ser que envuelta en un ataque de celos por las supuestas relaciones anteriores con estas prostitutas, la llevó a cometer estos asesinatos. Aprovechaba la excusa de realizar unas compras de ropa en Londres para cometerlos. Todo parecía indicar que un celebre detective de la calle Baker ya conocía el caso, pero fue sobornado y amenazado lo que le hizo retirarse y entregarse a la morfina .
Ahora Letrovich se encontraba inmerso en un gran problema. Por una parte estaba Ivaylov y él debía cumplir su promesa, y por otra sabía que sería amenazado, pero tenía que seguir adelante.
Al poco tiempo salió a relucir en la prensa y también la inocencia de Ivaylov, que había sido inculpado de los crímenes realizados por la esposa de Petrovich en Rusia. Sabía que por qué quería darle una oportunidad a Ivaylov de salir de la cárcel.

Trini Segura

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III

El jefe de policía solicitó entrevistarse inmediatamente con Molotov, como así se llamaba el convicto. Que a partir de entonces sería durante una temporada su compañero inseparable.
Cuando estaban solos frente a frente, Lestrade le explicó a Molotov el motivo de la entrevista. Acabada la exposición el convicto con un perfecto inglés acepto el reto. Ante la perplejidad del inspector el preso le dijo que su apellido no tenía nada que ver con su nacionalidad. Era hijo de un británico y de una rusa. Había adoptado el apellido de su madre para que la Interpol no pudiera detectar sus movimientos reales.
De regreso a Londres tuvieron tiempo suficiente para que Molotov le contara, a instancias del inspector, el motivo por el cual estaba detenido y condenado injustamente. Tranquilizó al policía en el resultado de la misión encomendada. Tenía experiencia en estos temas. Era detective privado en Liverpool y por motivos de una investigación había tenido que trasladarse a San Petersburgo. Estaba investigando un caso que le estaba absorbiendo totalmente su tiempo desde hacía dos años. Un tema muy importante a nivel internacional y que podía estar implicadas personalidades de varios países.
El policía no salía de su asombro al escuchar lo que su interlocutor le estaba contando. Molotov no quería dar más detalles del resultado de sus pesquisas, a pesar de la insistencia de Lestrade. Sin embargo, si que le explicó porque había sido detenido. Había empezado con un asunto de faldas, que se complicó con espionaje internacional. Conoció, nada más llegar a San Petersburgo, a una muchacha, con la que convivió en el apartamento de ella, casi desde el día que llegó.
Insistió en que era inocente de las acusaciones que pesaban sobre él. Sólo recordaba que se había despertado en la celda de la prisión después de beber un vaso de vodka con la muchacha. Le habían dicho en la cárcel que le encontraron inconsciente junto al cuerpo de la muchacha que presentaba dos cuchilladas mortales en su cuerpo. Sus huellas aparecían por todo el apartamento así como en el cuchillo ensangrentado que estaba junto al cuerpo de la muchacha. Estas huellas, según le dijeron, eran las mismas que otro chuchillo de otras características apareció junto al cuerpo muerto de un hombre a la orilla del río hacía unos días. Estaba inconsciente al caerse en su huída y golpearse en la cabeza con el borde de la mesa.
Empezó a dar una serie de detalles que el inspector tomaba nota en su negro cuaderno. Le dijo a Molotov que era para poder ayudarle a esclarecer la verdad, ya que la intención de éste era regresar a Rusia. Aunque estuviera libre de acusaciones quería terminar de aclarar el asunto que le había llevado antes allí y aprovechar para descubrir porque le habían inculpado.
Una vez en Londres, el inspector se acercó a la comisaría del aeropuerto, para, según dijo, hacer una llamada para que le prepararan una habitación en su casa para Molotov, iban a pasar una temporada continuamente juntos.
Al momento se les acercaron dos policías. Solicitaron la documentación del inculpado. Mero trámite ya que venían del extranjero. Inmediatamente, cuando Molotov alargó la mano con la documentación uno de los policías le puso las esposas. Ante su extrañeza, Estrade le comunicó que estaba detenido por todos crímenes que había realizado el Carnicero de Londres.
Tan gran cantidad de detalles de los asesinatos de San Petersburgo le hizo confirmar al inspector que tenía ante si al criminal que estaba buscando. La llamada al juez Petrovich confirmó que ellos estaban casi seguros de la identidad de Molotov. La propuesta que se le formuló fue para que pudiera descubrir lo que estaba buscando el inspector y le pudiera detener en Inglaterra, como así había sido. Se evitaban los dos países el papeleo de la extradición. Estaban de acuerdo las dos jefaturas de policía, la rusa y la inglesa y ambas con el juez Petrovich.

Alfonso Garrigós
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IV
Ya en Londres, Vladimir, no dudó en pasarse las noches en vela para estudiar el historial de los asesinatos con el fin de atrapar al asesino en el mínimo tiempo posible y así recuperar su añorada libertad. No tardó en atar cabos. Todos los asesinados tenían dos cosas en común, estaban casados y eran asiduos a casas de alterne.
Tenían que actuar rápido, el ruso se prestó voluntario como cabeza de turco para intentar pillar al asesino con las manos en la masa. Después de muchas noches frías y muchos clubs, el asesino no apareció. Volvió a coger los historiales y a pasarse las noches en vela. Su único sustento, café y donuts. No veía más relación que los maridos infieles, y los asesinatos seguían sucediéndose. Decidió volver a presentarse como voluntario para capturarlo en las casas de alterne pero cada vez que Vladimir entraba en acción, los asesinatos paraban, lo que le hizo pensar mal de Lastrade y sus compañeros. Su cabeza se puso a trabajar y empezó a descartar a gente hasta dar con el asesino.
-El forense –dijo el convicto sin dudarlo un instante.
-¿El forense?
-Sí, todos han muerto por heridas en puntos vitales que sólo él puede conocer.
-Hay muchos forenses en la ciudad. ¿Por qué el nuestro?
-Porque es asiduo a los clubs de alterne, porque está casado y vivo y sobre todo porque los asesinados habían sido vecinos suyos alguna vez y probablemente sabían de su infidelidad.
Acudieron en grupo a ver al forense, éste se vio acorralado y echó a correr sin éxito, lo agarraron rápidamente, y al ver su reacción supieron que era culpable.
-¿Por qué lo hiciste? –preguntó Lestrade, amigo de la infancia e incapaz de creer lo que allí estaba pasando.
-Ellos sabían de mi mala vida y no podía correr el riesgo de que desvelaran mi infidelidad.
William terminó entre rejas y Vladimir pudo disfrutar de la libertad que un doble asesinato, el cual no cometió, le había arrebatado.


Iván F. Chova
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V

El comisario se llevó la primera alegría al comprobar que el preso hablaba correctamente el inglés. El convicto también aceptó el trato.
Mientras viajaban destino a Londres, Lestrade puso en antecedentes, a grandes rasgos, de las circunstancias de los asesinatos. Destacó que todos los muertos eran presuntos malhechores que, por uno u otro motivo, habían escapado a la justicia.
En la comisaría analizaron las pruebas, comprobaron historiales, buscaron relaciones de unas víctimas con otras. El jefe Lestrade fumaba con preocupación y el condenado sonreía de vez en cuando y, como si estuviera jugando al ajedrez, ponía aquí una prueba, cambiaba de sitio una foto, comparaba nombres y fechas, sospesaba con cuidado el arma que se suponía había sido usada en uno, al menos, de los asesinatos. Todos los cadáveres tenían dos balas en el pecho. Todo parecía ejecutado con precisión, sin duda por una mano profesional.
Después de todo un día de trabajo en los despachos, el convicto pidió entrevistar a alguno de los testigos que figuraban en la lista. Lestrade hizo un gesto cansado, pero aceptando dijo: “Pero no intentes escapar”
Llamó mucho la atención del advenedizo investigador que todos los que fueron preguntados, a parte de no ser muy precisos en sus respuestas, miraban al jefe de policía con recelo, con temor, y bajaban los ojos o se restregaban las manos cuando era la autoridad, personalmente, quién dirigía las preguntas.
Cuando regresaron a la comisaría, el genio criminal dijo:
- Tengo una teoría, aunque me faltan un par de piezas por encajar. ¿De verdad quiere atrapar al asesino?-. Y ante el gesto afirmativo de Lestrade, continuó:- Déjeme rumiarlo bien esta noche y mañana se lo diré.
Al día siguiente, el genio criminal llegado de San Petersburgo, amaneció muerto en la celda donde había dormido.
El Carnicero de Londres podía seguir limpiando de malhechores su querida ciudad.


José Climent
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VI
Nada más llegar a San Petersburgo llamó a sus nietas Martina y Olga, vivían con él, su madre había muerto, después su padre las abandonó. No se olvidó de recordarles que tenían que dejar de fumar esos pitillos mentolados sin boquilla que ya viciaron a su progenitora. En dos meses se jubilaba y no quería ser un fumador pasivo de tal vicio.
Cenó y se acostó pronto, al día siguiente a primera hora tenía que verse con Romano, el genio criminal.
Sonó el despertador, una ducha fría y rápida, y un café bien fuerte. Petrovich lo recogió y fueron a Kresty. Todo muy protocolario. Al ver al genio criminal una imagen de sí mismo le vino a la cabeza. Sin decirse una palabra Lestrade le entregó los dossiers confidenciales de los asesinatos. Un vistazo a las fotos de las mujeres con sus pulmones fuera de sus pecho bastaron para que supiera de quién se trataba. Aún de pie, el genio criminal muy tranquilamente le dijo: “Viajamos a Londres”; “es un inglés de Londres”, pensó el comisario.
A Romano le dieron un traje gris con raya diplomático, camisa azul, zapatos de cordones, sombrero de fieltro y un abrigo. Mientras, el juez expidió un pasaporte de nacionalidad rusa y británica y firmó la orden de su viaje a Londres.
Lestrade fue al hotel a recoger sus cosas. Se verían en el aeropuerto.
Dos agentes de la Seguridad Nacional Rusa, Romano y Petrovich se dirigieron al aeropuerto.
Ya estaba allí Lestrade. No podía creerlo pero cuando volvió a ver Romano pensó en el día de su boda. ¿Qué extraño poder tenía aquel criminal de evocarle a sí mismo?
Subieron al avión, se sentaron separados. El comisario se quedó dormido nada más despegar, llegando a Londres se despertó, había estado soñando y él aparecía en su sueño. Se levantó y se sentó junto a él, le preguntó:
−¿Sabes quién ha sido?
−Sí.
−¿Puedes decírmelo?
Sí – y en voz baja y calmada le contestó- tu hijo, mi hermano.

Lala Escrivà
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VII
Solicitó ver al convicto cuanto antes. Había que ganar tiempo. En la sala de interrogatorio tuvo frente a si al diabólico criminal que había matado a dos jóvenes en un parque de atracciones. Su frágil aspecto no reflejaba en absoluto la mezquindad que guardaba dentro.
¿Qué inspector, tiene problemas? - Le espetó desafiante
Lestrade se asombró de su perfecto inglés. Dominic Sterlik, -decía su ficha-, emigrante polaco que estudió en Chester y ahora estaba afincado en Rusia.
-Déjese de preguntas irónicas. Si es Vd. inteligente, me ayudara.
Lestrade quería saber de primera mano por qué una persona como él, de apariencia normal, había matado a sangre fría a dos muchachas. La pregunta fue directa:
-¿Por qué eligió a aquellas jóvenes?
-¿Y por qué no? –contesto Sterlik
-¿Quiere decir que las victimas fueron elegidas al azar?
-Por supuesto. ¿O acaso tenía que encariñarme con ellas?
-Entonces es Vd. más cruel de lo que imaginaba
-Mire inspector, no me venga con monsergas. La vida también es cruel.
Lestrade estaba furioso, paseo por la habitación para calmar su ira y de pronto pegó un golpe seco en la mesa.
-Oiga majadero, ¿quiere salir de la cárcel o no? No me haga perder más tiempo.
-Yo también perdí mi tiempo, mi trabajo, mi casa y ¿a quién le importó? Después de quince años trabajando sin descanso, lejos de Joana, mi mujer, se limitaron a despedirme con una simple nota: “Señor Sterlik, prescindimos de sus servicios. Pase por el departamento de Recursos Humanos”.
De pronto a Lestrade le sobrevino una cuestión. ¿Y si aquellas chicas de Londres hubieran sido víctimas de un desaprensivo como Starlik, cuya única razón era haber perdido su trabajo?.
Todas ellas fueron encontradas en el parque cercano a “Fryman Businness”.
Se abría una nueva vía de investigación.
Marga Pérez

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VIII
El juez Petrovich llamó a Leonarosky, condenado unos cuantos años antes por un doble asesinato, y le planteó la cuestión:
−Leonarosky, quiero recordar que en su testimonio Vd. dijo conocer a un personaje, con el que vivió ciertos pasajes de su vida, algo revueltos y turbios, que pudieron influir en su comportamiento. ¿Podría facilitarme algunos datos concisos de su relación con esa persona?. En esta concesión iría implícita, quizás, su libertad.
El convicto abrió los ojos a la par de los oídos para escuchar mejor lo que le decía el juez.
−¿Cómo dice?
−Lo que acabo de relatarle. Su libertad a cambio de información. Le aclaró Petrovich.
Leonarosky empezó su historia:
−¿Se acuerda del relato de mis contactos con Tonovich en el orfanato, donde estábamos y que allí nos hicieron pagar las escuchas que oíamos y los movimientos que veíamos?
−Sí, algo quiero recordar, pero por favor, vuelva a contármelo.
−Pues, Tonovich y yo siempre nos quedábamos rezagados en la capilla y así pudimos observar cómo entraban oficiales del ejército, convivían con las religiosas e intercambiaban información acerca del gobierno.
En cuanto pudimos las chantajeamos e intentamos sexualmente lo mismo con ellas.
Al principio accedieron pero luego nos traicionaron y nos acusaron del robo de un dinero que las religiosas entregaron a un teniente para que no las delatase.
Aquello ocasionó un desequilibrio en Tonovich y un rechazo total hacia cualquier hábito llevado por mujeres.
Con el tiempo, Tonovich desapareció de San Peterburgo y perdí su rastro. Poco después, también yo salí del orfanato. Pero, los acontecimientos dejaron en mí la misma inclinación y la misma reacción ante los hábitos. De ahí, mis dos ejecuciones efectuadas contra la superiora y su ayudante cuando intentaron, en aquél día de invierno, conducirme dentro del refugio para protegerme de la calle.
El juez Petrovich le preguntó:
−¿Volvió a contactar con él?
−Sí, poco antes de mi delito. Respondió Leonarosky.
−¿Y cómo era físicamente?
− Tenía el pelo raído, le faltaban dientes y su aspecto era el de un enajenado con ojos saltones y mirada extraviada.
−Gracias, Leonarosky, me ha ayudado. Con esos datos se conseguirá su detención. Si resultase cierto lo que me ha contado y la descripción fuera acertada, tramitaremos su libertad.
Así fue cómo Lestrase, jefe de la policía, consiguió su medalla al mérito policial y la captura del “Carnicero de Londres”se hizo efectiva.
Del entramado de la cuestión, como era de suponer, nunca se habló.

María Luisa Munuera



ÁNGELA

“Ángela llamó al timbre. La muchacha, de apenas dieciséis años, estaba un poco nerviosa pues era la primera vez que hacía una cosa así y tenía miedo de que hubiera ido a topar con un pervertido de esos que se hacen pasar por artistas o fotógrafos. ¡Había escuchado tantas historias! Pero necesitaba el dinero y llamó de nuevo.
De pronto, la puerta se abrió con brusquedad y apareció un anciano enclenque y arrugado. Parecía sacado de una película de terror. El hombre no dijo nada, y se limitó a mirar fijamente a la chica. La muchacha tragó saliva y preguntó por el anuncio, señalando el periódico. El anciano, asintiendo con la cabeza, la hizo pasar con un gesto. Ángela vaciló por unos instantes, pero acabó entrando. No podía elegir. Necesitaba el dinero”.

(Fragmento del relato “El tablero de ajedrez” de Namaste)

CONTINUACIONES
I

La estancia a la que le hizo pasar estaba en penumbra. Sólo había visto algo así en las películas de época, concretamente de la Edad Media. En el centro había un brasero de carboncillo y junto a la ventana dos mecedoras. La hizo sentar en una de ellas. Empezó a explicar el motivo del anuncio. En su día había sido una persona muy importante. Hacía tiempo había renunciado a muchas cosas. Ahora quería saber sobre la vida de los jóvenes. Que pensaban ellos de las personas que como él tenían pensamientos pasados de moda, según se decía ahora, en estos tiempos.
Ángela le estaba mirando más detenidamente, su carácter no le era desconocido, pero no acertaba a situar su figura. Había algo en él que le era muy familiar.
Continuó explicando que en la ciudad se estaban organizando unos festejos, según había llegado a sus oídos. Sin embargo, observó que en la estancia a parte del brasero y las dos mecedoras sólo había un pequeño aparador. No había ninguna radio y por descontado ninguna televisión. ¿Cómo le llegaban a él las noticias de la calle?. Le comentó que estaba a su servicio y se encargaba de la casa y de sus atenciones una mujer ya mayor que estaba sorda. La pobre, apenas podía explicarle algo.
Continuó con la explicación de su anuncio. Deseaba que la persona que tenía que contratar fuera joven. Que estuviera al día de lo que pasaba en la ciudad con los jóvenes. Que pensaban, que diversiones practicaban, que estudiaban, como acogían los actos que se celebraban o tenían que celebrarse este año. Su deseo era estar informado al máximo de todo lo que ocurría en cada momento al respecto sobre la juventud.
Se fijó Ángela en la delgadez de su interlocutor, en su aspecto. Representaba más edad de la que en realidad debía tener. Su manera de hablar pausadamente hizo que se confiara algo más. A cada momento que pasaba estaba más interesada en el tema que le estaba proponiendo. Se entablo una conversación fluida entre ambos. El viejo preguntaba, insistía en las preguntas. Solicitaba siempre una información detallada del tema. Ella con el tiempo estaba tranquilizándose y se entusiasmaba en la conversación, en las repuestas que daba, estaba tranquila y confiada del todo ya.
El viejo, por así decirlo, le estaba comentado que en su juventud no existían esos aparatos que veía circular por las calles. No existían esos ruidos ensordecedores que casi le volvían loco. La diversión y los estudios de los jóvenes de su época era bien distinta, la cetrería, la danza, la equitación. Tan distinta que no tenía comparación con lo que Ángela le estaba explicando de la juventud de estos tiempos, la discoteca, los conciertos de los cantantes famosos, las reuniones para tomar copas…
Fijó de nuevo su mirada en su interlocutor. Ángela en ese momento creyó empezar a reconocer al personaje, al viejo enclenque, a su interlocutor. No estaba del todo segura y le preguntó como se llamaba. Ella se había presentado y le había dicho su nombre. Pero él no se había presentado. No le había dicho el suyo. En ese momento acabó por reconocerlo y antes de que él le contestara y le dijera su nombre. Ángela, de la emoción casi no podía respirar, quería decir el nombre, pero no podía, hasta que con un gran esfuerzo, expulsando el aire contenido en sus pulmones provocó un grito. Un grito estremecedor que le salió del fondo de su ser. En toda la estancia el eco repitió un nombre. Francisco de Borja.

Alfonso Garrigós

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II

Hipólito le pidió que se desnudara y posara para él y sus dos alumnos, que parecían tener más vergüenza que ella. Entro en un baño, se quito la ropa, y se acerco a la tarima para que la pintaran, pero los alumnos habían desaparecido, solo estaba el anciano, y pincel en mano la miro de arriba abajo y decidió no pintarla.
-¡Vístase!
-¿Qué pasa? ¿Por qué no me quiere pintar?
-Está demasiado delgada.
Se vistió e intento cobrar los minutos que estuvo allí.
-¿Cobrar? Claro que vas a cobrar –las arrugadas manos apretaron con fuerza el brazo de Ángela y se la llevo al sótano de la casa donde escondía a dos muchachas mas.
-¿Por qué estáis aquí?
-Nos tiene retenidas desde ayer y lo único que quiere es que suframos como sufrieron sus hijas, las tres murieron por anorexia.
No se lo podía creer y cuando pudo reaccionar empezó a pedir socorro, pero no la podían escuchar. El sótano, frio y totalmente vacío, estaba recubierto de un amianto para que el sonido no pudiera salir de allí.
A las pocas horas, con las chicas derrumbadas y agotadas de tanto llorar, se abrió un pequeño portillo que daba a la calle. Eran sus salvadores. Los dos alumnos del anciano rescataron aquellas jóvenes, acudieron a la policía y denunciaron a Hipólito que acabó suicidándose en el calabozo poco antes de ser juzgado. Él solo quería que aquellas chicas valoraran la vida como sus hijas no lo pudieron hacer.

Iván F. Chova

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III
El viejo cerró la puerta tras ella y pasó el cerrojo. El chirrido puso los pelos de punta a la muchacha: “¿Dónde me he metido, Dios mío? ¡A ver si me sale ahora un pervertido!” Pero le siguió guardando una distancia de un par de pasos.
El arrugado personajillo, caminando con lentitud y arrastrando los pies, giraba ligeramente la cabeza de vez en cuando y sonreía mostrando su único diente entre los labios. Ángela apretaba el bolso con su mano y pensaba que si las cosas se ponían mal, de un golpe seco en la cabeza podía acabar con el anciano.
Llegaron a la cocina. Sin hablar ni una palabra, el hombre le mostró, con un gesto de sus manos huesudas, los cachivaches esparcidos sin ningún orden por cualquier parte. Y dijo con voz cascada, llena de telarañas:”Por si necesitas tomar algo”.
La guió por el pasillo, oscuro y algo mohoso, hasta la puerta del fondo. Abrió lentamente y volvió a mostrar su solitario diente. La habitación estaba echa un asco: la cama revuelta, ropa por el suelo, zapatos perdidos encima de la mesita, una navaja al lado del despertador... La muchacha estaba a punto de echar a correr cuando él habló:
-Allí tenemos- dijo apuntando a una esquina-, el ordenador que quiero que me enseñes a manejar.

José Climent

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IV
El aspecto de la vivienda iba acorde con el de quien le abrió la puerta.
El suelo crujía a cada paso que se daba sobre el ajado entarimado. Los muebles eran decimonónicos y la claridad, escasa, debido a la colgadura de unos pesados cortinajes en las ventanas.
Ángela seguía al anciano mirando de reojo a sus laterales. Se temía que le saliera al encuentro algún otro habitante de la vivienda. Pero, no.
Por fin, llegaron a una puerta que daba acceso a una gran terraza, en parte cubierta por una pérgola y llena de maceteros con infinidad de plantas. Los tomillos, sándalos, lavandas, entre otros, estaban exuberantes.
El anciano se las señaló y le dijo:
−¿Las ve? Ellas son mi sustento. Produzco la base, o sea, la materia prima de la mayoría de los perfumes que se venden en las perfumerías. Debo ausentarme, sin remedio, por un mes y de ahí, mi anuncio, donde reclamaba: “persona joven, con sensibilidad, paciencia, ganas de contemplar la vida y sin prisas”. Es lo que necesitan mis plantas.
Ángela dio un profundo respiro al tiempo que aspiraba el agradable aroma que se extendía por toda la terraza.
−Por supuesto, que puede contar conmigo para cuidar su “vergel”, dijo Ángela.
−Bien, espero que no me defraude.
María Luisa Munuera
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V

Siguió al anciano por el largo pasillo, era una casa sombría y olía a humedad. Ya en el salón el anciano se dirigió a Ángela y le dijo:
-Mire señorita, no me andaré con rodeos. Necesito que alguien me ayude a ordenar todo esto, ¿le interesa el trabajo?
-Sí por supuesto, ¿Cuándo empiezo?
-Mañana mismo. Su horario será de 10 a 1 por las mañanas.
-De acuerdo. Hasta mañana
Antes de salir de la estancia observó de soslayo lo que sería su lugar de trabajo.
La mesa estaba completamente tapizada de papeles, folios amontonados, ceniceros llenos y en una esquina, la vieja máquina de escribir “Underwood” de teclas redondas. Respiró tranquila, a simple vista juraría que era escritor.
Al día siguiente, Ángela con el ímpetu que la caracterizaba empezó a colocar papeles aquí y allí según su criterio. Se fijó de pronto en un montoncito de folios que estaban colocados al lado de la máquina de escribir y vio que iban numerados. Sin darse cuenta empezó a leer. Se entusiasmó tanto que no pudo dejarlo; ¿sería acaso la biografía de aquel hombrecillo enigmático? Tenía que continuar.
Pasaron las horas y Ángela tenía el último folio en sus manos. De súbito una extraña sensación le recorrió el cuerpo, algo así como un leve mareo y notó un calor intenso en su cara. Le temblaron las manos, Autor, decía el texto Frank McCourt
Había leído un par de veces su obra “Las cenizas de Ángela” y le entusiasmó. Qué capacidad de relatar su angustiosa infancia, pero no desde el odio; como si la historia la hubiese escrito desde el corazón de un niño de solo 8 años, limpio de rencores.
Y ahora estaba trabajando en su casa.
Ángela se desvaneció.
Margarita Pérez
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VI
Nada más traspasar la puerta, siguieron un angosto pasillo, que daba a una sala repleta de libros perfectamente colocados en estanterías. Sintió escalofríos. El anciano le indicaba el camino con pasitos cortos y firmes.
Se fijó en una mesa de despacho, exenta de papeles, totalmente limpia y ordenada y esperó a que el anciano se pronunciara. El, a media voz le preguntó.
−¿estás de acuerdo con las condiciones?
−Sí, siempre que se cumplan las partes.
Empecemos pues, coge de la tercera estantería un libro que se titula “El secreto”. Luego siéntate de espaldas a mí y lee despacio y claro.
Ángela pensó que no se había equivocado, se trataba de un pervertido, sin embargo su necesidad pudo más que sus temores, se aventuró a seguirle el juego. Apartó una hoja de papel de una silla y se sentó como le había pedido.
−Porqué de espaldas--preguntó
−Haz lo que te digo y cobraras esta tarde, le dijo.
Aún desconfiada y temblorosa, pensando en que en cualquier momento se le echaría encima leyó durante tres largas horas.
Ya más serena aunque cansada dio por terminada la jornada. Sé puso de pié y volvió a mirar al anciano. Él con amabilidad, le dio el dinero acordado y la piropeó
−Tienes una voz preciosa, ¿sabes?, tú y yo haremos negocios. Tengo muchos libros, dijo señalando las estanterías con picardía guiñándole un ojo.
Una vez en la calle apretó su primer salario contra el bolsillo y se sintió útil aunque mal consigo misma de haber sido tan mal pensada. A fin de cuentas, no era ningún pervertido tan solo un ciego que quería que le prestara sus ojos.
Mary Carmen Silvera Redondo

martes, 1 de diciembre de 2009

DESNUDO

("El príncipe impostor" Pintura de Domingo Barreres)
De repente me asomé por la ventana. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos. No podía ser, volví a mirar, pero sí, sí era. Hace tiempo me comentó que lo haría. Yo creía que era una de sus innumerables fantasías, pero nunca pensé que sería capaz. Estaba paseando desnudo delante de las hijas de rey, justo el día en que estaban retratándolas. Yo estaba aterrorizada, no podía moverme de la ventana, quería irme, que no me viesen, pero a la vez quería quedarme, demostrar que estaba con él, que pensaba lo mismo. Mi cuerpo quedó petrificado. Ahí estaba yo, cobarde, confusa, con uno de esos trajes ridículos, los que acostumbraban a vestirme. Tenía hasta un collarín que me impedía mirar hacia otro lado, para qué quería mirar otras cosas, pensaban ellos, con lo que tenía delante ya tenía demasiado. Ese era mi mundo, un mundo en el que no me encontraba. Mi cara se había convertido en el puro reflejo de lo que sentía: tristeza, asco, impotencia.
En cambio, él estaba allí, tan contento, feliz. Estaba haciendo justo lo que había soñado. No tenía miedo a lo que pudiese pasar, sólo actuaba con lo que sentía su corazón. Odiaba profundamente a todos, sus vidas, su hipocresía, su opulencia y necesitaba demostrárselo desnudo, conforme era él, transparente.¡Cuánto hubiese dado por estar allí con él! Seguro que mi vida hubiese cambiado. Pero no me atreví, y por ello continué con la vida que alguien programó para mí, pero que no era mía, era dejada.
No sé qué fue de él, no lo volví a ver. Nadie sacó el tema. Es como si no hubiese ocurrido nunca. Me hicieron creer que todo fue un sueño.
María Trinidad Segura Ferrandis

MANO ESCONDIDA

("Mano escondida" Pintura de Domingo Barreres)
La gallina estaba acurrucada sobre el viejo sofá. Levantó, como si tuviera un resorte en las patas, su rollizo cuerpo cubierto de plumas marrones con las puntas oscuras, casi negras, y comenzó un cacareo anunciador del huevo que había depositado sobre el cojín.
Juana la escuchó en el piso de arriba y bajó las escaleras apurada. Su pelo, de un blanco amarillento, estaba despeinado. Lacio y ralo como era, se salía hacia fuera en algunas zonas mientras en otras se aferraba al cráneo como si de un esparadrapo se tratara. Se abalanzó sobre la gallina, que desplegó sus alas y que tras un irregular despegue acabó aterrizando cerca de la vieja televisión. Juana abrió la puerta del patio y echó al animal:
­­─Viejo bicho, ayer te me escondiste y mira donde me vienes a salir. Pero al menos has hecho algo de provecho─dijo guardando el huevo en el bolsillo de la bata de casa.
De repente, escucha el llamador de la puerta de entrada. Mira a través de los visillos del comedor y la imagen la maravilla: plantado en la puerta, con un traje blanco, un caballero engominado y de moreno semblante espera con aire despreocupado con una mano en el bolsillo.
La visión le trae a la mente aquel director de banco que la venia a buscar ­-¿cuanto tiempo haría de eso?- para salir a bailar al casino. Juana se arregla las greñas, comprueba que esté bien abotonada la bata y abre la puerta buscando la sonrisa de hace tantos años que ella piensa que es de ayer.
─Buenos días. ¿Es usted doña Juana, verdad? ¿Cómo se encuentra?
─Bien gracias─sonrie coqueta. ¿Quién es Usted? ¿Qué le trae por aquí?
─Soy el doctor Millet. ¿Está su hermana Amparo?
La sonrisa de Joana se congela. Asoma la cabeza y ve al fondo de la calle una ambulancia. En el bolsillo, escondida bajo la mano, reconoce el papel oficial similar al que le ha llegado hace poco y por el que los servicios sociales se proponen llevarse a una residencia a su hermana mayor, encamada hace años, con el pretexto de que allí la cuidaran mejor que ella en su casa. Manteniendo su sonrisa coqueta, saca con disimulo el huevo del bolsillo y lo estampa con precisión en la frente del visitante, cerrando rápidamente la puerta.
Desde el comedor, escucha la voz de su hermana en el piso de arriba:
-¿Quien ha llamado, Joana?
-Nadie, Amparín. El director de la Caja de Ahorros que me venía a saludar.
Marga Iglesias

domingo, 29 de noviembre de 2009

EL HOMBRE DEL TRAJE GRIS

("Mano escondida" Pintura de Domingo Barreres)
Parecía que iba a ser una mañana más en la vida de Frank Miller, banquero de profesión y triste de vocación. Siempre iba a trabajar con traje gris, cara muy pálida y serio, muy serio. Su rostro nos mostraba un tipo solitario y algo amargado. Decepcionado por la vida que le había tocado vivir.
Frank sabia que hoy no era un viernes cualquiera, era el último viernes de mes y los últimos viernes de mes subía a su coche y paseaba por el bulevar en busca de una prostituta que le diera lo que su mano no le daba, un poco de conversación a cambio de dinero.
Se dirigía a su banco, como de costumbre, dando un paseo desde su casa. Un sonido interrumpió su paseo. Era su teléfono móvil, un número desconocido aparecía en la pantalla y como no tenía muchos amigos, contestó sin muchas ganas.
-Dígame - dijo mientras se sentaba en un banco de la calle.
-¿Frank Miller?
-Si, soy yo.
-Buenos días. Soy el abogado de su tía Margaret.
-¿Mi tía Margaret?
-Si. La recuerda, ¿verdad?
-Por supuesto. ¿Qué quiere mi tía después de tanto tiempo?
-Veo que no lo sabe. Falleció hace dos días.
-No lo sabía.
-Quería comunicarle que está nombrado en su testamento.
-¿Quiere decir que mi tía me ha dejado algo en herencia?
-Sí, me gustaría que viniera cuanto antes a mi despacho.
-Ahora mismo.
-De acuerdo le espero.
Después de esa llamada, le había cambiado la cara. Tenía una leve sonrisa que parecía decir algo. Estaba ilusionado.
Se dirigió a la cita con el abogado. Lo hicieron esperar y por fin entró al despacho.
-Me alegro que viniera tan pronto.
-¿Tan urgente era?
-Para mí sí –dijo el abogado mientras descubría una jaula de madera con una gallina dentro.
-¿Qué es eso?
-Su herencia. Se llama Clotilde y era la mascota de su tía y quiso que cuidara de ella.
-Maldita bruja –susurró Frank.
-¿Decía?
- Será un placer cuidar a la gallina de mi tía – cogió la jaula, con rabia, y se marchó a casa.
Su casa era muy pequeña. Sólo tenía un dormitorio, un baño y una cocina-office, donde Frank hacía su vida. No sabía dónde ubicar a la gallina: en su baño, en la cocina. Decidió que dormiría con él.
No se sabe lo que pasó aquella noche, pero su vida cambio de repente. Sus trajes grises se convirtieron en blancos y su cara triste se convirtió en sonriente y llena de vida.
Y es que ya se sabe: “Gallina vieja hace buen caldo”.
Iván F. Chova

GUS Y JACK DELANTE DE “LAS MENINAS”

(" Príncipe impostor" Pintura de Domingo Barreres)

Aprovechando el último resplandor anaranjado y luminoso de la tarde que se filtra por los amplios ventanales del célebre museo, Gus y Jack salen de su escondite de detrás de las tablas del zócalo que bordean la estancia de la exposición. Corretean con la impunidad que les da el saberse solos. Se paran firmemente delante del cuadro de la familia del Rey Felipe IV. Contemplan los miriñaques de las damitas y la mirada impasible del inmortalizado mastín que situado en primer lugar es parte de la puesta en escena del grupo.
De pronto, algo les llama la atención…
Jack, ¿te has fijado?—dice,Gus.
Sí, es una nueva situación—contesta, Jack.
Creo que, nos hemos equivocado de plano—añade, Gus.
Es todo ¡tan diferente!. Hace un tiempo ya, mi abuela me comentó, que: “avanzarían tanto las cosas que en alguna ocasión venidera podríamos estar en los diferentes planos del ente”, en este caso podría ser el del pintor—argumentó Jack.
¡Eso debe suceder! Estaremos ante la perspectiva interior del autor, ante lo que, en realidad quiso plasmar: La infanta Margarita está trucada por el príncipe Baltasar Carlos, en cueros, o quizás, por Carlos II, el Hechizado—anotó Gus.
¡Es cierto!—exclamó Jack.
Se alejan un poco más del cuadro, dentro aún del campo visual y continúan…
Oye, tampoco están los dos cuadros que estaban en la parte superior. Los que Velázquez realizó denunciando los castigos a la obediencia real incumplida. En su lugar aparece un numeroso grupo de murciélagos que podrían connotar el oscurantismo de esa época—enumeró Gus.
¡También es verdad! —volvió a reconocer Jack.
Se sienten un poco aturdidos por la visualización efectuada y por el cambio de la acostumbrada instantánea.
Se relajan y todavía observan otra alteración: Hay dos cruces de la Orden de Santiago en un lateral, una de ellas rodeada de espirales.
¿Serán las turbulencias del plano?
La claridad de la sala se iba extinguiendo sólo alentada por los pilotos permanentes de los enchufes de luz.
Sabes qué?—dijo al final Gus, un poco hastiado y medio mareado—Vamos a seguir degustando el trozo de queso que hemos encontrado.
¡Vamos! —concluyó Jack.
Dando así por terminada su disertación espacial y filosófica sobre el cuadro.
María Luisa Munuera

MEMORIA EN BLANCO

("Mano escondida" Pintura de Domingo Barreres)
Cuando todo comenzó, Gabriel aún vestía trajes de colores oscuros, casi negros. Sus negocios iban viento en popa. Nadie lo podía parar. Era como un adivino con una bola de cristal. Todo lo veía, lo sabía: pasado y futuro (o eso creía). Su red de contactos tendía al infinito y volvía a él. Su armario crecía paralelo al de sus contactos aunque sus contactos neuronales seguían una progresión completamente inversa.
Aquel día abrió el armario. Era una caja de colores por estrenar pero sólo vio ese traje blanco. Una evocadora imagen se plantó en su cerebro: el día de su Primera Comunión y su amigo Ángel con la gallina Petra que le regaló. Petra llegó a ser el logo de su empresa.
Desde entonces sólo vistió ese traje blanco. Su vida se estaba quedando en blanco, todo aquello que había pertenecido a su materia gris se desteñía.
Sólo una vez, en el hospital, se encontró con Ángel. Se penetraron con la mirada y ambos recuperaron ese punto de partida que no les llevaría ya a ninguna parte.
Lala Escrivá

CARTA

("Doble Auto-Retrato" Pintura de Domingo Barreres)
Querida amiga:
Ya sé que he tardado mucho en contestarte, pero espero que no hagas tú lo mismo. Ellas me traen el aroma del Sena con el arte, las canciones y el ambiente de nuestro querido Montmartre, junto a tus comentarios y críticas sobre las nuevas tendencias artísticas que invaden ese maravilloso París.
Yo sigo en Nueva York, ciudad abrumadora, pero donde todos nos sentimos acogidos y que cala en nuestros corazones.
He pasado malos tiempos. Es muy triste verte envejecer, perder las fuerzas, además de los dientes y, para colmo, no tener ni ánimo para pintar. Poco a poco, con la ayuda de los míos, conseguí salir de la depresión y volver a mis cuadros.
Pinté a mi nieto,- dicen que se me parece- con sus abiertos ojos, contemplando curioso el mundo entero como hacía yo; luego, en la misma tela realicé mi nuevo autorretrato, aceptándome así con mi barriga, mis múltiples arrugas y mi calva cabeza. Solo después de esta cura de humildad, logré continuar pintando.
Ahora, deseo viajar pronto a España y allí, reencontrarme con mi infancia y sus aromas mediterráneos.
Es obvio que no nos faltará una visita a esa inolvidable ciudad. ¡Hasta pronto!
María Pilar Viñao

EL ANILLO IMPERIAL

("Anillo Imperial" Pintura de Domingo Barreres)
Amanece un día gris para Leonora. Dentro de pocas horas su padre, el duque de Baviera, la entregará en matrimonio al conde de Livorno, sellando así una vieja deuda de gratitud entre caballeros.
Leonora está triste. Su doncella Casilda intenta animarla y peina con esmero su sedosa melena color caoba. A diferencia de tantos otros días, mima más aún su delicado cabello para que luzca radiante pues hoy llevará en su pelo la diadema azabache que perteneció a su abuela Mariana de Baviera.
Mi señora, -le dice-, no estéis triste. El conde es un buen hombre y de seguro os colmará con toda clase de atenciones. No hay más que ver cómo le brillan los ojos cuando os mira. Vais a ser muy feliz, señora.
-¿Y a mí qué me importa cómo me mira el conde?
Tú me conoces Casilda y no lo amo. Sabes que mi corazón y mi aliento suspiran por Armando. ¿Qué voy a hacer ahora sin sus besos y sus cálidos abrazos? Moriré de pena.
Solloza Leonora mientras Casilda y dos de sus damas de compañía le aprietan sin compasión el corsé de seda blanco que debe resaltar su esbelto talle. El vestido, hecho de terciopelo rojo, rojo como el vino, lleva detalles de metal en la pechera, cuello isabelino de desmesuradas proporciones que realzado con laboriosos encajes por las costureras de la corte, aumentan la esplendorosa belleza de Leonora que a sus 17 años y si nadie lo remedia será emperatriz.
Leonora no puede entender como su padre al que tanto idolatraba, la ha traicionado casándola con un hombre maduro, veinte años mayor que ella.
La fidelidad del conde hacía su padre tenía un precio y ella es la moneda de cambio.
¿Qué sentido tiene seguir viviendo? Las lágrimas escapan sin control por sus mejillas nacaradas.
-Cálmese señora, su padre nos puede oír y le daréis un gran disgusto.
Se mira en el espejo y de pronto repara en su anillo, es un “anillo imperial” de jaspe y oro que le regaló su madre. Ha pertenecido a tres generaciones y ella lo lleva con orgullo. Junta las manos con fuerza y sin dejar de mirar fijamente, como si esperara que se produjera un milagro y dice:
-Ojalá pudiera atravesar este espejo y desaparecer, lejos, muy lejos de aquí.
Su corazón torturado anhela tener alas para escapar sin ser vista. Desprenderse de la pesada carga que la oprime. Cierra los ojos y suspira profundamente para aliviar su pena.
De pronto, si saber lo que ocurre, mira a su alrededor y ya no están sus doncellas ni puede ver las almenas de palacio.
-¿Dónde estoy?
Se encuentra asomada a una ventana, plácidamente sentada, tranquila y viendo pasar un sinfín de gentes que se detienen a mirarla.
Al lado suyo ve a una Gran Dama que lleva puesta una corona imperial y le pregunta:
-Señora, ¿dónde me encuentro? ¿Qué hago yo aquí?
-No temas, la franqueza de tu corazón te ha liberado. Estás entre amigos, en la exposición de Domingo Barreres.
Margarita Pérez