lunes, 12 de abril de 2010

LA ESCULTURA

Basada en la obra de Cristina García Rodero “La Perla” de la exposición "Doce Mujeres en el Museo del Prado"

Absorto mirando allá donde se confunden los dos colores azules, el del cielo y el del mar, mi meditación persigue configurar las tres imágenes, que aparecen en mi mente por separado. Últimamente afloran en mi imaginación muchas veces, siempre algo borrosas, sin esa claridad que es necesaria para poder discernir lo que estás viendo. Desearía mejorar esa visión, pero no puedo, solamente la percibo parcialmente. No consigo la composición que podría ser la ideal. Me satisfaría lograr comprender el significado, estoy convencido de que debe tener alguno. Insisto, pero a pesar de mis intentos no lo consigo. Unas veces observo a una madre con su hijo en el regazo. Otras, la visión se corresponde a otra mujer con cara de satisfacción. La última figura que surge es el perfil de una joven en penumbra.
El orden en que aparecen las distintas escenas es aleatorio, nunca es el mismo, nunca aparecen juntas. La pretensión de descifrar esas visiones se está convirtiendo en una obsesión. No consigo que ese objetivo, por mucha energía que desarrolle, se convierta en realidad.
Ha pasado algún tiempo desde la primera vez en que aparecieron. Durante un tiempo han estado ausentes de mis sueños, ya casi las tenía olvidadas. Sin embargo, estos últimos días han vuelto a surgir. Esta vez los espejismos aparecen por parejas. Unas veces surge el perfil de la joven delante de la madre con su hijo sobre las rodillas. Otra de las escenas es la mujer satisfecha que observa la escena de la madre con su hijo. La tercera está al fondo la mujer que observa pasar a la muchacha.
El suave mecer de las olas ayuda al ensimismamiento en el que me encuentro. El tiempo transcurre lentamente hacia el final de la jornada. El color azul tiende a desaparecer. La brillantez que despedía el sol se está convirtiendo en algo que no acierto a describir. En el horizonte se realza una perspectiva que ayuda a que la contemplación se distinga mejor. En un momento dado, se muestra en mi mente la escena completa. Puedo distinguir a la mujer con cara de satisfacción que se fija en la escena de la madre con su hijo en brazos. Las veo con claridad a las tres, pero, noto algo que no llego a diferenciar. Mi atención se detiene en la madre con su hijo, esa escena me es muy familiar. Perfectamente aprecio ahora que no es una persona, es una escultura. Claro, es la famosa escultura de Rafael. La madre contempla a la joven que parece pasar por delante de ella sin mirar. Converjo toda mi atención en lo que estoy viendo y extrañado observo que las figuras van cambiando por momentos. La mujer gira su vista hacia la joven, la madre también la acecha al mismo tiempo. Aparecen las tres imágenes ahora formando un cuadro perfecto, y que, a cada momento se puede apreciar con más nitidez.
Realmente algo está cambiando ¿Qué pasa? Me pregunto. El perfil de la muchacha se está diluyendo poco a poco, hasta que desaparece por completo. A medida que esto ocurre el semblante de la madre también se va transformando. Sus facciones dejan de encarnar a las de la famosa escultura, pasan a ser las de una persona con vida propia, a cada momento se asemejan más a las de la muchacha. El niño sobre las rodillas de ella, ya no es de mármol, se convierte en un nacido de pocas semanas.
La mujer con su cara de satisfacción, que no puede disimular, demuestra su alegría, su felicidad. No pestañea, tiene fija la mirada en la escena de la madre con su hijo en el regajo. Descubre feliz la maternidad aquí simbolizada. Su hija ha logrado conseguir la aspiración de su vida. El anhelo tantas veces soñado y deseado. Ser madre.

Alfonso Garrigós Palmer

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