
José Climent Prats es un fiel asistente del Taller de Creación Literaria. Cada tres o cuatro meses publica los relatos o poemas que escribe en una autoedición, con un número pequeño de ejemplares.
Su humor, creatividad y laboriosidad es destacable.
Blog del Taller de Creación Literaria de la UP de Gandía
Decidí llamar a Ángel, el técnico de la familia. Le conocía desde siempre. Cuando algo se estropeaba en casa, mi madre siempre recurría a él. Me recordaba a la ya desaparecida figura del médico de familia, ese señor de apariencia seria que, sin embargo, era todo paciencia y delicadeza cuando del paciente se trataba. No le importaba el tiempo, escuchaba tus problemas, como si no hubiera nada más importante en el mundo. Así era Ángel ante una máquina, la inspeccionaba con detenimiento, se adentraba en sus entrañas con la pericia de un cirujano, y cuando detectaba la avería con suma delicadeza la reparaba. A penas llegar, impecablemente vestido con su inconfundible caja de herramientas (siempre me ha asombrado lo que podía sacar de ella), se dispuso a examinar la lavadora sin hacer mucho caso de mis negros presagios. Yo mientras tanto, no dejaba de hablarle de los nuevos modelos, su gran capacidad, sus múltiples prestaciones, sus hermosos diseños…´Tan enfrascada estaba en mi perorata que no entendí lo que en ese momento trataba de explicarme. Para mi sorpresa, me aconsejaba que arreglara la avería ya que esa lavadora era una mina. Ya no se fabrican ni se fabricarán máquinas como ésta, me dijo muy serio. En principio, me sentí contrariada ya que la ilusión de tener una lavadora de última generación se me venía abajo, pero algo en mí me empujó a hacerle caso, al fin y al cabo, él era un profesional de absoluta confianza.
Mª José Frasquet Todolí
¿OBSOLETO?
Aquel día, nuestro frigorífico dijo: ¡No! Había sido un regalo de boda y llevaba con nosotros una pila de años. Era de una marca conocidísima, que presumía de enfriar bastante más que otras con las que competía en el mercado. Descendía de aquellos frigoríficos de madera, en los que se introducía el hielo y ellos hacían el resto, sin necesidad de energía eléctrica.
Éste, hubiera seguido funcionando, si no hubiera sido porque una tormenta de verano con su consiguiente descarga eléctrica, ocasionara la quema del motor Nosotros nos resistíamos a jubilarlo, porque su comportamiento en tan larga vida, había sido ejemplar.
Cuando el técnico llegó, lo examinó con detenimiento y a continuación aconsejó la renovación, porque la sustitución del motor era tan cara como la compra de uno nuevo.
Al despedirse de nosotros, desde el umbral de la puerta, giró la cabeza y añadió: Cuando compren otro frigorífico, ¿les importaría darme éste, en vez de tirarlo?
Quedamos sorprendidos, porque esta frase no guardaba relación con su consejo de técnico. Así que, le preguntamos:-¿No decía usted que estaba inservible?
Su respuesta no se hizo esperar: -Es que nosotros le ponemos un motor de segunda mano, del desguace, y lo alquilamos o vendemos para su utilización en campings de la zona. Eran los años 60, cuando estas situaciones y otras parecidas se daban con asiduidad.
Nuestro frigorífico tuvo una larga vida veraniega y multifamiliar y el hueco que dejó, fue rápidamente invadido por otro modelo más moderno, y después por otro, porque de forma apresurada, todos ellos se iban quedando obsoletos.
Lola Júdez
------------LA BUFANDA
Andrés caminaba cabizbajo arrimado a la pared. El frío había invadido las calles y pasear había dejado de ser agradable. Los chicos jóvenes, abrigados con chaquetones de última generación, corrían con sus monopatines y lucían complacidas sonrisas que parecían brotarles de aquellos auriculares que ocupaban sus oídos.
A veces echaba de menos alguna de aquellas prendas de abrigo, porque el suyo, perdido el color y raído, apenas le daba calor. Llevaba demasiado tiempo sin su trabajo, una labor que realizaba a conciencia y con precisión, porque su jefe le dijo que no se ponía al día, que la falta del conocimiento y manejo de los nuevos artilugios electrónicos que invadían el mundo, eran un impedimento para prestar un servicio adecuado a los clientes.
Mientras anda con ritmo cansino se abriga bien con la bufanda tan pasada de moda que casi se avergüenza de ella. Mientras camina recuerda cómo perdió el empleo, la casa, el coche, la familia, todos sus bienes, en fin.
Mira las nuevas fincas, brillantes, llenas de adornos, y las compara con el húmedo rincón bajo las escaleras del parque del que ha hecho su dormitorio, su hogar. Allí no hay modas, ni hijos, ni televisores espectaculares que lanzan al aire las miserias de la gente, la violencia de un mundo que corre hacia adelante porque teme que si se detiene se le va a acabar el espacio, el tiempo, la comodidad, la vida.
Llega a su rincón, se envuelve en un cartón y su vieja manta y come unos mordiscos de un mendrugo de pan. Le alertan unos sonidos que le inquietan. Busca con la mirada y ve un pequeño gatito que, tiritando de frío, no sabe dónde meterse. Lo coge con cuidado, lo acuna ligeramente, se quita la vieja bufanda tan pasada de moda y, mientras envuelve con ella al indefenso animal, piensa qué habría hecho con ella si fuera nueva y de última moda.
José Climent
Otro final: ... piensa que en la vida nada hay más obsoleto que la locura de vivir sin vivir.
Otro final: ... piensa que nada hay obsoleto si todavía a alguien le sirve.
Elige el que más te guste. PREGUNTA: ¿Es la nostalgia algo obsoleto?
------------OBSOLETISMO MUSICAL
Su afán por el coleccionismo hizo que su cartera temblara cada vez que pisaba una tienda de discos, y su espacio, cada vez más limitado, hizo que las pobres cintas pasaran a ocupar varias cajas en el trastero.
Sufría grandes neuras melómanos; igual compraba CDs de Led Zepellin, Rolligs Stones o The Who, un mes le daba por el rock clásico y al siguiente por los años ochenta y barría la estanterías con todo lo que encontraba de Depeche Mode, Duran Duran o Simple Minds, pero el tiempo pasa implacable. Ahora en casa de sus padres duermen todos y por las noches lloran, pero nadie les oye.
En su casa tiene un disco duro de quinientos gigas con toda la música que un mortal puede soñar y a veces piensa en lo poco que le ha costado conseguir.
Para el día del Padre, asesorados y financiados por su madre, sus hijos le han regalado un tocadiscos, imitación de los pik-ups que se fabricaban en los sesenta, y ahora se pasa todas sus horas muertas buscando viejos vinilos en el Ebay.
Francisco Escrivà Costa
------------Ja han passat els Nadals, temps de consumisme.
Hi ha coses que caduquen i altres que no, encara que hui en dia procurem retirar de la circulació alguns efectes personals com la roba o jocs, que per tindre uns quants anys ja, s’han quedat obsolets o passats de moda.
Segur que tots hem aprofitat el Nadals per a donar o canviar eixos objectes que van envellint a les nostres cases: un ordinador de 13 anys que costa d’engegar, una cafetera ennegrida, la planxa que no funciona bé, una aspiradora que s’atura, etc.
Parlem de roba? ¡Ai! Les esportives noves, calces amb dibuixos, la jaqueta llarga, botes altes, jersei amb estampat geomètric.
Alguns esperen aquest temps de consum per a procedir així a l'Obsolescència Planificada
que manen els cànons del bon consumidor.
Però, ja se sap: per al bon consumidor, tots els moments són bons i ara vénen les rebaixes.



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LOS CINCO PASTORCITOS DEL TALLER
Villancico de Julia Vidal, Mª José Frasquet, Pepe Climent, Alicia Moeller y Lola Júdez.
Venimos aquí a las cinco,
fum, fum, fum.
Y escribimos entre cinco,
fum, fum, fum.
Llegamos con ilusión
De ser famosos un montón
Seguimos normas de Adriana
Porque a ella le da la gana,
fum, fum, fum.
Ya viene la Navidad,
fum, fum, fum.
Con turrón y mazapán,
fum, fum, fum.
Ya las panderetas suenan
Si te acercas al Portal
Y los cinco pastorcillos
Cantan juntos a corrillo,
fum, fum, fum.
Si lotería no toca,
fum, fum, fum.
A ninguno nos importa,
fum, fum, fum.
Porque alegría nos sobra
Tanto en verso como en prosa
Y desear felicidad
Esta bella Navidad, fum, fum, fum.
Pero mira como vamos
todos al taller,
pero mira como vamos
con ganas de aprender.
Escribo,
corrijo
y vuelvo a corregir,
entre puntos y comas
volvemos a escribir.
Adriana nos insiste,
que pongamos los acentos
y los puntos suspensivos
olvidemos de momento .
Pero mira como vamos
todos al taller,
pero mira como vamos
con ganas de aprender.
Escribo
corrijo
y vuelvo a corregir
entre puntos y comas
volvemos a escribir.
En el certamen de Enero
pensamos participar,
con los textos que escribimos,
vamos seguro
a ganar.
Pero mira como vamos
todos al taller,
pero mira como vamos
con ganas de aprender.
Escribo corrijo,
y vuelvo a corregir,
entre puntos y comas
volvemos a escribir.
Los alumnos del taller,
esperan con ilusión,
que el 2011 que entra
escribiremos mejor.
Luisito suele ir con sus papás al final de la playa donde hay menos gente. A él le gusta mucho el mar y sobre todo, jugar con la fina arena.
Hoy ha bajado a las once. Mientras sus padres nadan o leen en sus hamacas, él, con su gorrito, excava un gran hoyo para sentarse dentro.
¡Ha tenido suerte! Enseguida le ha salido un poco de agua en el fondo y así puede erigir una gran muralla con almenas alrededor de su refugio. Cuidadosamente, va sacando arena mojada y haciendo hermosos conos que parecen rocas.
¡Ya ha acabado!. Contento y satisfecho se sienta en su interior y con brillantes ojos, observa a su alrededor: una pareja pasea a la orilla del mar; más allá unos niños hacen castillos pero son más feos que el suyo, un bebé quiere comerse la arena y su hermana no le deja.
Lentamente, para no estropear su obra, sale, recoge una cañita, coloca un pañuelo en su extremo y la pone sobre el cono más alto.
Ve a sus padres que le miran sonriendo, él les llama para que contemplen su obra de arte. Se levantan dejando sus libros, pero, al mismo tiempo, pasan dos niños corriendo que rompen su castillo.
Él comienza a llorar pero sus padres le abrazan y los tres juntos vuelven a rehacer el refugio.
Pilar Viñao
El incendio se extendía, cundía el pánico, las sirenas de los bomberos parecían acercarse ¡Qué miedo! ¡Qué horror! Los vecinos tenían el corazón encogido.
Sacaron a una persona, parecía inconsciente, a otra con una tos inquebrantable. Se dirigieron hacia el hospital.
Me llamaron para declarar lo que había visto y tuve que decir la verdad. Desde mi balcón se divisaba el maravilloso jardín de dicha casa, que más bien era una casona del siglo XVIII, muy bien restaurada.
La gente se miraba estupefacta, hasta que descubrió que las víctimas del accidente eran Juan y Pedro, unos actores de primera magnitud. La acción era la base de sus películas, su trabajo era extremadamente perfeccionista, entonces, el simulacro pareció más real que ficticio.
Julia Vidal Martínez
El movimiento rítmico de sus piernas denotaba la tensión, sentado en el banco del vestuario, con los brazos cruzados, esperaba su turno. Se colocó las muñequeras y respiró profundamente mientras el levantador que le precedía saltaba al parquet.
La megafonía bramó su nombre; la barra con los pesos a los lados ya estaba preparada en el centro del escenario. Se situó delante de ella, no sin antes lanzar una mirada fugaz al público y a ese asiento, vacío por primera vez en mucho tiempo.
Puso sus enormes manos en la barra, flexionó las rodillas, y respiró aprovechando esos escasos segundos de concentración máxima, descargó con un grito ahogado toda su fuerza, la barra se elevó por encima de su cabeza durante los 3 segundos reglamentarios, los 3 segundo más importantes de su carrera deportiva..
Los aplausos atronaron en el pabellón mientras la megafonía anunciaba el nuevo record “210 kilos en arrancada”.
Veinte minutos después, tomaba un taxi en la puerta del polideportivo para dirigirse al hospital, el nerviosismo y la tensión crecían dentro de él y el cansancio empezaba a florecer. Afortunadamente el tráfico respetó su prisa y enseguida llegaron a su destino.
Subió a la tercera planta y preguntó por su mujer. Después de un rato, que se le hizo eterno, una enfermera de blanco inmaculado salió del paritorio con un bebé en sus brazos: una niña de 3 kilos 450 gramos.
La cogió con toda su delicadeza y la elevó por encima de su cabeza durante tres segundos. Esta vez no hubo aplausos pero fueron los tres segundos más bonitos de su vida. Os presentamos a Victoria.
José Tejada
¡Tierra trágame! —exclamó Alicia, enfundada en su abrigo beige, los dedos agarrotados por el frío buscaban protección dentro de los bolsillos. Del brazo colgaba una bolsa de Mercadona y en ella un termo de caldito bien caliente para pasar esas primeras horas de la mañana.
No puede ser —pensó, la silueta de su amiga Juana se perfilaba cada vez más nítida en la distancia, diluida en las brumas del amanecer. Juana la triunfadora, la personificación del éxito se acercaba hacia donde ella se encontraba.
Huir fue lo primero que pensó Alicia, pero no podía perder la prestación por desempleo, ocultarse era inútil, era la segunda en la cola del INEM que a esas horas, 5:30 de la mañana sólo la componían dos personas más.
Alicia, observaba impertérrita como aquella figura, otrora cómplice y hoy siniestra, se iba aproximando a la misma rapidez que el castillo de naipes, que era su vida, se derrumbaba ante el primer atisbo de verdad.
No, no era empresaria de éxito, no llevaba a sus hijos al colegio alemán, no tenía un Ferrari ni disfrutaba todos los años de unas merecidas vacaciones en su apartamento de París.
Toda esa farsa para encajar en el grupo de Juana, para sentirse una más en aquel círculo exclusivo, para ser la envidia de todas. Todo iba a acabar en cuanto Juana alzara la cara y la viera, cinco metros, cuatro, tres.
Pero Juana no paró. Por increíble e imposible que parezca no levantó la cabeza. Con un quiebro que seguramente le produjera una pequeña distensión ligamentosa pasó por el lado de Alicia sin pararse, porque en la cabeza de Juana, la triunfadora, atronaba una frase agónica: yo pierdo la prestación pero no me paro ni loca.
La hora del recreo era mi preferida y del abanico amplio de posibilidades que me ofrecía, el primer puesto se lo llevaba: el columpio escolar. El problema era que siempre había una larga cola de compañeras, más rápidas, que me impedían disfrutar de aquel vaivén volador, porque cuando tocaba el timbre para incorporarse a las clases, yo todavía estaba haciendo fila; pero qué alegría cuando conseguía encaramarme en su silla. Era como hablar de tú a tú con pájaros y nubes.
Desde el patio se veía la ventana de la galería de mi casa. Aquella mañana me había dejado en casa, iba a decir los donuts, pero no se habían inventado. Me faltaba mi bocadillo de pan con chocolate Orbea, que me encantaba por su sabor y porque contenía en su interior un cuentecito pequeño con sabor a cacao y fantasía.
Mi madre, providencial, se asomó a la ventana mientras decía —¡Te has dejado el bocadillo! —Para después, mandármelo con fuerza desde el tercer piso.
En ese momento yo me encontraba colgada de una barra metálica, sostenida entre dos postes, que era de las que utilizábamos para hacer gimnasia. Al soltarme para coger el bocadillo, tuve la mala fortuna de caer sobre un ladrillo que estaba bajo mis pies. El impacto lo paré con una de mis manos, que, al levantarme, ví que estaba cubierta de sangre.
Tenía un corte profundo en un dedo, por donde parecía asomarse el hueso. Estuve a punto de desmayarme, pero la ayuda de mis compañeras lo evitó. No recibí ningún punto de sutura, pero conservo la cicatriz, que me lo recuerda y el cuento del chocolate, que se titulaba “En alas de la imaginación”.
Mª José Frasquet Todolí
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Tardé más de un año en conseguir una peonza de las que silbaba. Convencí a mi abuela para que me la comprara en la Feria. Ella quería regalarme unos guantes para el invierno pero dos lágrimas oportunas y unos morritos enfadados la hicieron cambiar de parecer.
Sembré la peonza con mil besos cuando la tuve en mis manos, la pinté en la parte alta con círculos negros y rojos que parecía una diana y le clavé en los laterales unas chinchetas brillantes que, cuando giraba, semejaba una franja de cálido sol.
Pronto aprendí a manejarla con habilidad y, siento decirlo, era la envidia de algunos niños del barrio. La llevaba en el bolsillo o en la cartera del colegio casi todo el tiempo y cualquier ocasión era buena para hacerla bailar en aquellas calles de tierra.
Llegó un buen día mi padre con una bicicleta destartalada que le había dado un amigo suyo, muy mayor, que ya no podía usarla. Y era para mí, me dijo.
Comencé a montar con entusiasmo y la velocidad entró en mi sangre y me poseyó. Formábamos un trío formidable: la peonza, la bici y yo. ¿Carreras con los demás? Bicicleta. ¿Desafíos de peonza? Yo el primero.
El domingo fuimos de excursión por caminos entre bancales, cerca del río. No pude esquivar una piedra grande, me caí de la bicicleta, me rompí la pernera del pantalón por la rodilla y cuando volví a casa me di cuenta de que la peonza había desaparecido. Seguramente cayó por la ladera del río llena de matorrales. Nunca la encontré.
Desde ese día, los domingos no monto en bicicleta.
El tipo apareció de improviso, ante la indiferencia general, por detrás de la columna. Se inclinó sobre el hombre del Sordo, lo tocó en un brazo y le dijo “Quiero hablar contigo”. El Sordo levantó la vista, lo miró con el ceño fruncido como si no lo conociera, miró a los otros compañeros de la mesa e intentó una evasiva.
—Vamos allá —dijo el otro, señalando las mesas del fondo. El Sordo se puso de pie, serio. Casi ninguno, ni Pochi, ni Roger, ni Gustavo se habían percatado de la situación.
—Págale al hombre —dijo en voz alta Ricardo, el único que había caído en la cuenta.
—Esto no me gusta —manifestó el Sordo mirando a Ricardo.
Pochi, Roger y Gustavo seguían sentados, ajenos a lo que se les venía encima.
El Sordo sacó un fajo de billetes de su bolsillo y los tiró por encima de la mesa. Era evidente que sentía desprecio por ese dinero sucio y manchado de sangre.
Pochi fue el único que alargó el brazo para recoger los billetes, pero una bala atravesó su cerebro.
Inmediatamente todos se resguardaron debajo de la mesa, excepto el Sordo que miraba divertido la escena.
—¿Estás loco? ¡Agáchate! —le inquirió Ricardo.
—Hay un franco tirador en el edificio de enfrente —dijo Roger al teléfono.
En ese momento el Sordo sacó una pistola y disparó sobre Roger que quedó tendido en el suelo, ahogándose en su propia sangre.
—Está bien, está bien —se levantó Gustavo alzando los brazos.
El Sordo, haciendo honor a su apodo, hizo oídos sordos y disparó a bocajarro, dejando a Gustavo herido de muerte.
Ricardo giró la cabeza en dirección a la columna pero el tipo ya había desaparecido. Miró al Sordo a los ojos y visiblemente emocionado dijo —Por fin ha acabado todo.
—Así es,.todo ha terminado —contestó un sonriente Sordo disparando directamente en el pecho a Ricardo.
—¡Corten! —exclamó el director de cine —Perfecto, esta toma es la buena.
El tipo apareció de improviso, ante la indiferencia general, por detrás de la columna. Se inclinó por sobre el hombro del Sordo, lo tocó en un brazo y le dijo: “Quiero hablar contigo”.
El Sordo lo miró con mala cara y lo siguió lentamente hacia el fondo de la sala, apoyándose en la mesa donde se había sentado el recién llegado.
— ¿A qué has venido, Cacho? Dije que te pagaría el jueves. Sólo tengo una palabra y esa es mi ley.
— Ya, he venido a recordártelo. Te esperaré el jueves. A las ocho en los robles.
— De acuerdo, allí estaré.
Mientras Cacho desaparecía por la puerta lateral, el Sordo salió por la principal, corriendo para alcanzarlo. Al verlo a lo lejos, sacó una pistola poniéndole un silenciador y le disparó dos tiros por la espalda cuando iba a abrir su coche.
Con mucha sangre fría se puso guantes. Subió el cuerpo al coche y como pudo, condujo acelerando hasta un bosquecillo de robles cercano, tirándose al suelo antes del inminente choque, originando un incendio.
Después, el Sordo desapareció rápidamente, volviendo al bar junto a sus amigos, arrojando la pistola, ya limpia, a un riachuelo fangoso que pasaba al lado de la puerta lateral.
Con sonrisa despreciativa, musitaba — ¡Qué imbécil! Hoy también es jueves, no debió recordármelo. Nunca falto a mi palabra.
Pilar Viñao
Alicia preparaba su termo con caldo caliente. Le gustaba tomarlo mientras esperaba la cola del paro, hacía bastante frío a esas horas, la espera se hacía larga y hacía que entrase un poco en calor. Solía ir a las seis de la mañana para ser de las primeras, después tenía que volver a casa para arreglar a los niños y llevarlos al colegio.
Juana iba más tarde. Había dejado de trabajar hacía poco tiempo y se permitía no madrugar ahora que podía. Esa noche no pudo dormir se levantó, cansada de dar vueltas en la cama, y se arregló para ir a hacer la renovación del trimestre.
Las dos habían sido amigas, por una discusión llevaban sin verse ni hablarse un tiempo. Coincidieron en la cola que daba la vuelta a la manzana. Al verse una detrás de otra se sintieron incómodas sin saber qué hacer ni qué decir.
Fue Alicia quién rompió el hielo. — ¡Juana! ¿Qué tal estás? —exclamó en un tono hipócrita que no podía disimular.
—De cine —contestó Juana en tono irónico.
—Mírala, siempre tan estirada ella, es que no cambias ¿Eh?
—Oye Alicia, es muy temprano para empezar el día aguantando tus tonterías.
— ¿Que tonterías digo? Es la verdad, ¿te apetece un caldito? —continuó Alicia.
—No quiero tu caldo, me puede envenenar.
— ¡Que orgullo el tuyo! Envenenada estás tú siempre.
— ¡Que me dejes en paz! Tómate tu caldo, hay que ser hortera para venir aquí con eso.
Alicia cansada de hacerse la amable y simpática la miró un momento con los ojos desorbitados por la rabia y, sin pensarlo dos veces, le tiró el caldo encima.
Nunca estuvo mejor servido un caldo, pensó.
Llevaban varios días trabajando en un nuevo caso que le habían entregado, en la agencia donde Arturo trabajaba como detective. Esta vez, tenía a Mimí como ayudante, lo que le agradaba bastante, ya que se conocían hacía ya varios años. Se trataba de la investigación de varios robos en un restaurante japonés llamado “Flor de Loto” situado en pleno centro de la ciudad y del que era copropietaria la ex-mujer de Arturo.
Para realizar esas investigaciones, decidieron frecuentarlo para ir a comer o cenar. Solían reservar una mesa desde dónde podían observar con discreción las idas y venidas de los empleados y los clientes.
Ese día, por recomendación del maitre, Arturo optó por tomar pez globo, una especie que mezclada con ciertos condimentos resultaría letal.
Mimí comentaba a Arturo que era extraño que coincidieran tantas veces allí con su exmujer y, mientras éste le explicaba que era copropietaria, su cara comenzó a ponerse de un color morado y a asfixiarse. Se levantó, intentó aflojarse el nudo de la corbata y volvió a caer sentado en la silla, hasta quedar muerto con la nariz sobre el plato.
La ayudante del detective decidió investigar hasta descubrir la verdad. Arturo murió envenenado. Su exmujer pensaba que Mimí y él eran amantes y estaba convencida de que la causa de sus problemas con su marido y su divorcio era la relación que ambos mantenían a sus espaldas.
En realidad a quién iba destinado el plato era a Mimí, segura de que quitándola de en medio recuperaría a su marido, pero un error, en las anotaciones del maitre, hizo que el plato fuese para Arturo.
Pilar Otero, Francisco Escrivà Moratal, Miguel Miñana López,
Milagros Mateu Giménez, Encarna Garrigós Avaria y Mª José Almeida Durao
Pedro se decidió por el calzado deportivo, era el 50 cumpleaños de la esposa de Juan y de buen seguro iban a pasarse horas recorriendo los comercios del centro de la ciudad, buscando el regalo perfecto.
Tras ver mil escaparates decidieron entrar en una joyería, el dependiente atendía a una mujer embarazada, los dos amigos observaban el enorme barrigón cuando el tendero abrió la puerta a un señor tapado hasta las cejas. Al entrar , pensaron que su atuendo era a causa del frío perodescubrieron que llevaba una media apretando su cara y de su gabardina sacó un enorme cuchillo de cocina, sin tiempo a ninguna reacción cogió a la mujer bruscamente y con una bolsa de deporte obligó al sorprendido dependiente a llenarla con las joyas.
Los segundos pasaban lentos, la llenó tan rápido como pudo y al tener el botín soltó a la muchacha que lloraba desconsolada y con rapidez corrió hacia la puerta.
Sin pensar, Juan alargó su pierna e hizo la zancadilla al caco, éste dio tres pasos de gigante sin tocar el suelo y estrelló su cara de lycra contra el cristal blindado de la joyería.
Los dos amigos se abalanzaron, Pedro con dos dedos agarró por un extremo el lazo del cordón de su deportiva y con un rápido estirón lo sacó de los agujeros y ató las manos del aturdido ladrón. Con el otro cordón, hizo lo mismo con los pies.
Después de los elogios, la declaración en comisaría y una entrevista para España directo, el joyero les regaló un broche de plata con forma de salamandra con una perla incrustada en su boca que a ellos les parecía una mona de pascua pero que Adela, la mujer de Juan, lucía orgullosa en su abrigo todos los domingos.
Al cabo de unos meses recibieron la noticia: la parturienta había dado a luz y quería verlos. En la habitación estaba la orgullosa madre tendida en la cama con dos angelitos pequeñitos y rosados descansando entre sus brazos ¡había tenido gemelos!.
—Les hemos puesto Juan y Pedro —dijo la orgullosa madre.
—Esperemos que sean tan valientes como vosotros —recalcó el padre, erguido custodiando sus tres preciados tesoros.
Al salir del hospital y sin salir aun de su asombro Juan dijo en voz alta
—A veces tengo la impresión que una pandilla de escritores principiantes se están inventando nuestra vida.
A lo que Pedro respondió —creo que la realidad supera la ficción, amigo mío.
F. Escrivá Costa