lunes, 28 de junio de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "Juicios del tercer milenio" de Lala Escrivà, leído por Adriana Serlik.

miércoles, 16 de junio de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Podéis escuchar los trabajos de los alumnos del Taller todos los lunes, a partir de las 12.35 en
Taller de Palabras
Hoy por hoy Gandía
Radio Gandía Ser

Records de Infantesa, relato de Piñar Viñao, leído por Irene Verdú

Fiesta fin de curso Taller de Creación Literaria

2º Certamen de Relatos Breves UPG

Entrega premios

Premio Relato en Valenciano
L´ANY NOU
Alfonso Garrigós Palmer


Premio Relato en castellano
ENCUENTROS
Ana María Orta Lorenzo



Accésits Relato en valenciano
VAIG A CONTAR-TE UN CONTE
de Margarita Pérez Gómez



Accésits Relato en castellano
MEMORIAS
José Climent Prats


Accésits Relato en castellano
HEIL
Blas Cabanilles Folgado

martes, 15 de junio de 2010

Homenaje a Miguel Hernández




Con poemas de Miguel Hernández e Irene Verdú

Leen Alfonso Garrigós Palmer, Julia Vidal e Irene Verdú

El sueño profanado




Guión de María Rosario Máñez, Alicia Moeller, Luisa Munuera, María del Carmen Pérez y María del Carmen Jiménez

Narradora Luisa Munuera
El Duque María Rosario Máñez
Otros personajes Alicia Moeller

Les dones a la Universitat




Guión de Lala Escrivà, Iván Fornes, Alfonso Garrigós, Rafael Lloret, Ana María Orta, Julia Vidal y Pilar Viñao.

Narradora Pilar Viñao
Francisco de Borja Iván Fornes
Leonor Lala Escrivà
Josepa Ana María Orta




domingo, 6 de junio de 2010

LLE3, 2010

La radio me enloquece




—Pili, cuando eras pequeña, ¿cómo era la radio que teníais en la turbulenta España de la postguerra?
— Sí, En mi casa oíamos las noticias, música, obras de teatro de Benavente, hermanos Quintero, interpretadas por buenos actores y muchas cosas más. ¿ Y tú qué hacías?
— En mi infancia, en la Habana, mi madre me llevaba a los estudios C.M.Q. donde escuchábamos en directo a los artistas de la época. Era como un teatro.
— ¡Qué chulo! Aquí radiaban muchas radionovelas, empezaban un poco antes de las cinco y todas las chiquillas se iban corriendo al salir del cole a oírlas con sus madres, merendaban oyendo “Toda la sangre es roja”, “Ama Rosa”, “La huerfanita”, y otras por el estilo. Después, íbamos a jugar a la calle.
¿También teníais concursos radiofónicos?
— ¡Claro! Con premios como viajes a Miami o regalos de los almacenes.
— ¿Aún oyes la radio?
— Sí, cuando conduzco, cocino y para dormirme.
— Yo también; me gusta Radio 3, noticias de la comarca y las cadenas musicales como Kiss FM.
— La radio hace mucha compañía.

Alicia Moëller y Pilar Viñao

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Y el corazón se me dispara cada vez que llega el fin de semana y tengo que aguantar a los vecinos de arriba peleándose por el dial que tienen que sintonizar.

¡Ah! Y nos le das por escuchar política o actualidad. ¡Ellos a lo grande!. Radio Maria combinado con el goooool, del Tablero deportivo.
Doña Juana fanática de sus rezos, con el rosario entre sus manos, se pasea durante todo el día, arriba y abajo, esperando el despiste o el apretón de Don José, para chorizarle la radio. Una vez conseguido el objetivo, Juana huye a hurtadillas a su capilla particular, cerrando la puerta y echando la llave. Sabe que cualquier pequeño descuido puede costarle pasarse la tarde del domingo soportando una momia en el sofá junto a un locutor enloquecido.
Temo que algún día esto acabe como el Rosario de la Aurora, saliendo los dos como protagonistas en las necrológicas de las emisoras.

Lala Escrivá y María Rosario Máñez

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Hasta el momento, y quién no, había escuchado siempre la radio: novelas, programas deportivos, entrevistas, debates, pero ante todo, música.
Siempre había sentido curiosidad por saber cómo trabajaban los profesionales, conocer el espacio físico que ocupaban, qué elementos configuraban la sala de montaje. Nunca pensé que yo participaría en uno de esos programas.
Lo cierto es que estaba bastante nervioso. Tanto, que empecé a tartamudear respondiendo a las primeras preguntas. Al poco, me relajé y le fui cogiendo el gusto. Pero la periodista intentaba cortarme, parece que me extendía demasiado. Yo no quería soltar el micrófono. Ella, tras el cristal de la cabina de grabación, cerró la posibilidad de expresarme y ser escuchado.
Entonces, tuve una idea. Sigilosamente me escurrí hacia los cuartos de baño y esperé a que todos se marcharan.
Por fin, ante el silencio me atreví a salir. Estaba solo.
Sin dudar, me acerqué a la mesa de grabación, comprobé que el micrófono estaba conectado y grité:

¡La radio me enloquece!


Rafael Lloret Martínez y Ana María Orta





domingo, 18 de abril de 2010

23 DE ABRIL - DÍA DEL LIBRO

Acababa de decidirme a infrigir la ley: ¡iba a leer algo inútilNi más ni menos. Gratuitamente. Transgredir las reglas del investigador, perder el tiempo, leer por placer... ¡Un verdadero crimen!

La secta de los egoístas.

Eric- Emmanuel Schmitt

Bajé por las escaleras de madera con el cuidado de que no retumbaran ni se oyeran mis pasos. Un poco receloso de las miradas furtivas de los cráneos intelectuales que sentía en mi nuca.
Cuando llegué a las estanterías repletas de libros “normales”, es decir, sin formulas cuánticas, ni logaritmos, ni otras sabidurías, me sentí liberado y respiré hondo. Con el placer de ir a cometer una debilidad satisfactoria: leer y a la vez, poder disfrutar.
No quise pararme en la elección de un título determinado. Ya lo miraría cuando hubiera leído un buen puñado de hojas y me sintiera atraído por él. Quería evadir mi mente, no concentrarme en nada concreto, no tener ninguna predisposición al ambiente o desarrollo del libro escogido. Me dejaría llevar por el protagonista o protagonistas de esa historia que había escogido al azar.
Recogí el libro. Lo coloqué debajo de mi brazo y volví a subir a la sala de lectura.
Empecé a leer y a medida que los caracteres recorrían los renglones en las páginas de ese tomo me sentí trasladado a otra dimensión. Desconecté mi realidad y dejé volar mi imaginación integrándome entre los atrezos que se iban desarrollando en la trama literaria.
Me vi andando por un lugar desconocido para mí. Observé que unas figuras se me acercaban y pensé en preguntarles dónde estaba pero cuál fue mi sorpresa cuando según se iban acercando, vi que pasaban por mi lado ignorándome y que todas vestían igual, de claro. Si no llega a ser por las prominencias que se adivinaban en las vestimentas no hubiera sido fácil adivinar diferentes sexos.
Aquello me desorientó.
¿Estaría inmerso en alguna historia de fantasmas?
Quizás me volviera a tropezar con otro grupo y les preguntaría. Esperé un rato. Era inútil, no aparecía nadie más. Así que…
Seguí deslizándome entre los párrafos a la par que las letras lo hacían delante de mi mirada. Decidí adentrarme por un agujero que se describía en la pared y miré. Abrí bien los ojos porque la escena que se mostraba era, una gran sala redonda con asientos de piedra y muchas más figuras como las que me había cruzado.
Se podía notar la oquedad del silencio ambiental, al tiempo que, se oía la voz de alguien que preguntaba en un tono recriminatorio a una de las figuras que destacaba en el centro del círculo, y que repasaba una serie de sucesos.
Desde mi posición de espectador, deduje que se estaba celebrando una especie de juicio. Puse atención, agudicé mis oídos y pude escuchar:
—¿Y por qué no repartió lo que tenía?
—¿Por qué evadió su responsabilidad?
—¿Por qué malgastó su tiempo en cosas vanas?
¡Madre mía!, ¿en qué me he metido? Pensé yo, volviendo, en parte, a mi anterior estadio.
Resulta que, he ido a recoger un libro, supuestamente de aventuras, para librarme de los cráneos sin fuste de mi alrededor y me encuentro con una historia de lo más anodina que me podía imaginar.
¡Qué mala suerte que he tenido. Volveré a mis textos encomendados!
Cerré el libro y volví a mi realidad. Leí que en el lomo decía: “El día del Juicio”.
Retomé con más ahínco mi investigación. Eso sí, con inquietud y con un poco de preocupación en cumplir con mi deber.
¡Por si acaso!

María Luisa Munuera

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Libro rojo con letras violetas: Titulo “El arte de entender a las mujeres “. Sólo el nombre del libro me produjo una carcajada, rápidamente deslice la mirada para ver quién era la autora que hubiese podido escribir semejante chorrada. Entender a las mujeres, ja! como si eso fuera posible. Aquí estaba el nombre de semejante individuo, Manuel Diaz Ruiz. Qué, cómo, ¡no! no podía ser, volví a mirar, Manuel Díaz Ruiz. Mis ojos se abrieron como faros y mis manos golpearon mi cabeza al comprobar que la idea descabellada había surgido de uno de mi especie, del género masculino, de un macho. Pero,¿qué había pasado con los hombres? se habían vuelto todos eso que llaman ahora “gays”. Una gran curiosidad me invadió por dentro, abrí una página al azar del libro y me dispuse a leer: Comparte con tu pareja las labores domésticas, no es ella sólo la que ensucia. Verás como tu relación es más fructífera si os repartís el trabajo.
Espera un momento, qué, Qué. Y qué había pasado con lo de que se levante de buena mañana, te prepare el desayuno, arregle la casa, haga la comida, te ponga las zapatillas, lave, planche, te sirva el coñac, vaya a comprar...Toda la vida había sido así y ahora el capullo este, que me estaba contando!. Estaba en una página echando al traste toda la cultura que tanto esfuerzo les había costado alcanzar a nuestros antepasados. Giré otra página : Compartir aficciones refuerza la pareja.. ¡Ah no!, por aquí no paso. Que ahora tenemos que llevar a la partida de cartas “al lastre”, o a la pesca, o a los partidos de fútbol con los amigos. ¿ Yqué más? Rápidamente cerré el libro, lo guarde en un lugar bien escondido y decidí no volver a leer más libros que no fueran de mi estilo, de la época, de lo medieval.

Mª Rosario Mañez Ferrando

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Abrí el libro al azar y me pareció que las letras, de un tipo corriente usado en la actualidad, impresas en papel vulgar, querían bailar ante mis gafas. Miré por encima del hombro y comprobé cómo mis compañeros, aburridísimos ante sus legajos medievales, se estrujaban las neuronas para descifrar historias caducas que, pensé, a saber a quién podían interesar hoy día. “Progresar o morir” dije para mí. ¿Cómo podía haberme pasado la vida escarbando las miserias muertas de los antepasados?
En el índice de mi nuevo libro miré si encontraba algún capítulo o apartado que me resultara especialmente interesante, agradable aunque, eso sí, algo que fuera totalmente ajeno a la disciplina que me proporcionaba los garbanzos diarios.
Elegí finalmente uno: “Trabajando en el taller”. Antes de terminar la primera página se me escapó una carcajada que revolucionó las calvas medio inertes sobre las mesas de la sala. Sus miradas airadas, disciplinadas, metódicas, miopes, embalsamadoras, frías como el tiempo que se fue, hicieron que me tapara la boca con una mano mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
Pasé la página, y a la tercera línea, nuevamente la hilaridad estalló en mi cerebro, en mi pecho, en mis labios, y una agradable sensación ingrávida de inconsciencia me transportó fuera de la sala. ¡Me importaron un pimiento las nuevas miradas iracundas de los vejestorios que desearon, estoy seguro, que se me tragara la tierra!
Seguí leyendo, no podía parar, las frases fáciles y elementales que me llevaban a situaciones que nunca hubiese podido descubrir entre los mamotretos que habitualmente manejaba. Incluso el lenguaje usado me resultaba especialmente agradable.
Pasé toda la tarde con su lectura, riendo, disfrutando, imaginando escenas imposibles y diálogos esperpénticos pero divertidos. Al fin, casi agotado, con dolor de tripas y la mandíbula medio desencajada, miré a los pobres hombres muertos que se refocilaban entre papeles muertos de historias muertas y pensé que la lectura de aquella tarde, que no servía para nada, me había rejuvenecido y me haría ver el futuro con otras expectativas.
Y me marché de la biblioteca.

Nota del autor. Se me olvidó escribir que el libro que había escogido este señor, era uno de los míos.

José Climent

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Seguía a ciegas cuando abrí aquel libro por una página al azar, sabiendo que no me iba a traer nada nuevo a mi intelecto, ni tampoco me iba a despertar recuerdos ya olvidados, pero todo lo contrario, al empezar a leer, un nudo se me puso en el estómago, toda mi niñez volvía a mi mente desgastada por el paso del tiempo.
Con tan solo siete años, vi morir a mi madre entre mis brazos, mientras bombardeaban Madrid, mi padre hacia semanas que se había marchado y nuestro único sustento era un chusco de pan duro, tan duro que podría haber matado al primero que se me pusiera a tiro, así que cogí a mi hermana pequeña y salimos de aquel zulo y deambulamos por las calles en busca de comida, pero nadie nos hacía caso. Dos niños, como nosotros, pasaban desapercibidos por aquellas calles medio derruidas e incluso por esa avenida tan grande que llamaban Gran Vía. No sé si por el hambre, que me hacía ver espejismos, o por el cansancio de días sin dormir, pero a lo lejos vi a ese que todos llamaban Santa Claus, al acercarme descubrí que era un escritor famoso apellidado Hemingway. Mientras lo contemplábamos, atónitos, junto a otros viandantes, una mujer de túnica negra y pañuelo blanco en la cabeza, que más tarde llamaríamos madre superiora, nos agarró por el brazo, y sin preguntar, nos llevó junto a otros niños y nos dieron de comer. Sin saber cómo ni por qué, María, yo y los demás, estábamos viajando hacia no sé qué pueblo con mar, un mar que no era como el Manzanares, era tan grande, que no se veía la otra orilla, no tenía fin. Estuvimos esperando en el puerto de Gandía para ser trasladados a la Unión Soviética en un barco enorme, sin saber si allí podríamos conseguir una familia de acogida. La espera se nos hizo eterna pero justo antes de embarcar, la familia Morant, de Beniarjo, nos acogió y no tuvimos que hacer aquel viaje a la fría estepa. Mi hermana sigue viviendo en Valencia, lo que me recuerda que tengo que llamarla, y a partir de hoy ya tengo nuevo libro de cabecera. Cogí un bolígrafo que se encontraba en la mesa y escribí en la palma de mi mano, para no olvidarme, titulo y autor de aquel libro de relatos. La letra no era muy buena pero se podía leer: "Haz de luz, Adriana Serlik".

Iván F. Chova

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Observaba atónita la cantidad de libros que me rodeaba, pero aquella tarde no estaba inspirada en la lectura. Salí a dar un paseo y me fumé un cigarrillo. Al regresar, un señor bien puesto, con traje gris y un sombrero llamativo, iba a devolver una novela cuyo título me cautivó: “El cielo azul del mar” de Gloria Durá Vilá. Al entrar la busqué y empecé a leer, me sumergí entre la fantasía y la realidad, me producía mucha intriga, estaba escrita en primera persona y la protagonista era muy peculiar. Tenía inquietud por llegar al final, era emocionante como me despejaba, y me hacía olvidar problemas o al menos buscar soluciones. Me enseñé que la fantasía hasta cierto punto era buena para vivir, ayudaba a relajar la mente, regalando sensaciones que mi interior agradecía. Siempre recordaré al señor cuyo sombrero me llamó la atención, y el cielo azul que reflejaba intensamente por aquel mar donde yo navegaba.


Julia Vidal Martínez

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Una vez en mis manos, dejé sobre la mesa el libro. Volví a sonreír al pensar lo que iba a disfrutar con la lectura. Sólo pensando en que por unos momentos iba a olvidarme de todo lo que me rodeaba.
Pasé por alto el prólogo y me hundí ávidamente en el montón de letras que tenía ante mis ojos. Apenas había leído dos páginas y me introduje de lleno en el tema, me enfrasqué en la lectura sin pensarlo dos veces. A medida que pasaba el tiempo mi sonrisa cada vez era mayor, había acertado en la elección.
Roberto, como así se llamaba el protagonista, había empezado a recoger todos los papeles que estaban esparcidos sobre la mesa del despacho. Terminada esta tarea, nuevamente se sentó delante del ordenador. Estaba interesado en comprobar si le llegaba un e-mail que esperaba. No fue así. Sin meditarlo y con mucho nerviosismo desconectó el aparato, recogió la cartera y abandonó el despacho.
No había pulsado el interruptor del ascensor cuando oyó la voz de su secretaria que le llamaba. Absorto en su preocupación se había olvidado de firmar unos documentos, En su cara se dibujó una mueca de resignación y volvió sobre sus pasos. Diligentemente ella le puso delante esos expedientes cuando se encontró ante su mesa, en los cuales rápidamente estampó su firma. Finalizado el cometido con un gesto se despidió. No obstante, todavía se volvió al llegar a la puerta y con un gruñido le indicó que no intentara localizarle hasta el día siguiente.
Cerrando bruscamente la puerta, llegó al ascensor y cuando salió a la calle intentó absorber todo el aire de que eran capaces de almacenar sus pulmones.
Vio que se acercaba un taxi, estaba libre, con un gesto lo llamó. Sentado ya en la parte posterior del vehículo, dio el nombre de la dirección a la que quería trasladarse. Muy pronto llegó a su destino, pagó y despidió al taxista.
Comprobó la hora en su reloj de bolsillo. Faltaban dos minutas para las seis de la tarde. Como de costumbre llegaba puntual a su cita. Localizó el timbre y pulsándolo espero unos segundos. Se presentó a través del interfono a requerimiento de una voz que escuchó en el mismo. Franqueó la puerta entrando en un espacioso despacho. Una muchacha que le estaba esperando le condujo al final del pasillo y le indicó que pasara al interior de otra estancia.
Realizados los saludos de rigor, su interlocutor, empezó a explicarle, nuevamente, ya lo había hecho cuando lo citó por teléfono, el motivo de la reunión. Roberto le cortó bruscamente, como buen abogado que era intentaba realizar una exposición de los hechos. Sin embargó, él no estaba dispuesto a más explicaciones, había tomado una decisión, por cierto muy meditada. Sólo quería terminar lo más rápido posible. Indicó a su interlocutor que deseaba firmar y marcharse de allí. El letrado le presentó una serie de documentos que tras un vistazo rápido empezó a signar. Estaba firmando la solicitud de divorcio con su esposa.
Se despidió y salió del despacho tan rápido como había llegado. Una vez en el exterior su pensamiento se trasladó en el tiempo muchos años atrás. Se preguntó ¿por qué?.
Terminado el capítulo, cerré el libro y me fijé en lo que ocurría a mi alrededor, las calvas de todos mis compañeros se estaban levantando, habíamos llegado al final de la jornada de trabajo. Volví a sonreír al pensar que al día siguiente continuaría con la lectura.

Alfonso Garrigós

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Ya está. Me sentía feliz. Quería encontrar el instante preciso para proponer a toda esa información que saltase hacia mis ojos, que consumiera mi cerebro, que ahogase mis pensamientos con puñados de palabras. Quería, deseaba, alargar esos momentos de incertidumbre, como quién espera tocar un diamante pero precisa de obtener un grado de solemnidad tal, que transforme esos segundos en extraordinarios y exquisitos.
Con cierto hormigueo en las yemas de los dedos y los ojos cerrados, incliné la mano derecha y abrí el libro rojo de lomo violeta por cualquier página al azahar.
Era un libro de fotografías. Las imágenes de color sepia y los tocados de los personajes lo ubicaban entre los siglos XIX y XX. Una época moderna, para los tiempos por los que yo solía navegar.
Observé el volumen abierto, en la página de la izquierda se hallaba la figura de una mujer morena con el pelo recogido en un moño, una camisa blanca abotonada al cuello y una falda acampanada larga hasta los pies. Su mirada parecía perdida en algún lugar invisible para el espectador.
Justo en la página contigua, la misma mujer pero sin la camisa, con un corsé de puntilla blanco, un liguero, medias negras y unos zapatos de tacón. En su mano portaba un puñal ensangrentado.
¿Qué es esto? , a pie de foto leí: Celeste Blaset.
Noté la sangre en mi cabeza, estaba enrojeciendo, la vergüenza inundaba mi rostro. Parecía increíble. Yo quería leer algo, cualquier cosa para escapar de la lingüística medieval. Y me tropiezo con un montón de fotos antiguas y como colofón en el corazón del libro, la foto de mi abuela muerta hace más de veinticinco años, Celeste Blaset.
Miré a mis compañeros de biblioteca. Temía que me viesen observando las fotos del libro. Ese libro rojo, con lomo violeta, que aplastaba con el vértigo fugaz del tiempo, todas esas investigaciones de años. Ese volumen capaz de envenenar en un “nada” el destino de una vida.

Ana María Orta

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Era una tarde de Diciembre en la Biblioteca Nacional.
Mis ojos se fijaron en dos volúmenes bastante gruesos: El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha, el libro más importante de nuestra lengua.
Hacía 20 años que había estudiado a fondo el castellano de la época cervantina, pero nunca había visto su principal obra como objeto de entretenimiento. A partir de entonces, D. Quijote se convirtió en mi libro de cabecera.
Algunas noches releía un capítulo y me reía a gusto ante los refranes, dichos, poemitas y aventuras narrados por sus protagonistas..
Disfruté muchas veces ante la paliza recibida por D. Quijote después de haber pinchado los odres, los manteos sufridos por el pobre Sancho, su alegría cuando le nombraron Señor de la ínsula Barataria y sobre todo por sus sabias “consejas”a los labradores y paisanos de sus dominios cuando iban a contarle sus cuitas.
Pero me estaba volviendo egoísta. No avanzaba nada en mis estudios antropológicos y linguísticos y mis editores me exigían rapidez y éxito en los trabajos elaborados.
Tenía que reflexionar: ¡D. Quijote o… mi carrera!


Pilar Viñao

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Iba a cometer mi primer pecado, o mi primer delito, no sé cómo llamarlo. Me senté y lo agarré fuerte, extendí los brazos, lo puse delante de mis ojos y lo miré como si de un cómplice se tratara. Respiré hondo, y sin más preámbulo lo abrí al azar, eso sí despacio. Repentinamente mi pituitaria se revolucionó. ¿Por qué? Era mi vista. Una exquisita merienda para niños (como rezaba el título del capítulo) se plantificó delante de mis narices. En letras mayúsculas y en color fresa se leía: “POBLADO DE SANDWICHES DE JAMÓN Y QUESO”, “BARQUITOS DE PATATA CON SALSA MAHONESA” Y “TARTA DE CHOCOLATE”. Todo ilustrado con unas fotografías de vivos colores e impreso en grueso y brillante papel cuché. En ese mismo momento me tragué involuntariamente el chicle ya insípido que estaba rumiando; empecé a babear, a morderme las uñas y a chuparme los dedos.
Mi estómago comenzó a emitir ruidos extraños. Alcé la cabeza y muchas de esas bolas relucientes se habían girado hacia mí.
Me levanté como si una catapulta me hubiera disparado de mi asiento. Chillé y les dije (abriendo el libro de par en par mostrándoselo)
—Mirad, esto sí que es un descubrimiento. Es Lenguaje, lenguaje de todos los tiempos y de todos los pueblos.

Lala Escrivá

lunes, 12 de abril de 2010

PLÁSTICO ROSA EN GRIS Y TIERRA

No hacía ni diez minutos que habíamos llegado a casa. Llevaba un mensaje de correo leído, de diez o así, cuando oí el golpeteo en el suelo de madera. Volví la cabeza y te vi: convulsiones; ataque epiléptico o infarto. Luego silencio.

La gente debió de pensar que estaba loca. Gritaba: “Respira, respira, Antón”, mientras corría al consultorio como no había corrido hacía muchos, muchos años.
Pero fue imposible reanimarte. Estabas muerto.
Por un momento, fue el sinvivir definitivo, la gota que rebosa el vaso. Pero el tiempo pasa y ya no digo tanto: por nada, por nadie. He sobrevivido.

Al día siguiente, ya con la noche encima, no pude evitarlo y llamé a la única persona a la que podía y quería llamar.
–Necesito que me hables, estoy fatal.
–Suenas rara, ¿dónde estás?
–En el encinar, en Casavieja, hace un frío que pela.
–Bonita, estamos en Febrero, es de noche y estás en Gredos, lo raro sería que no hiciera frío.
–Pues es una puñeta, porque la tierra está helada y se me rompe la pala. Y hay un perro que aúlla. No llevo las gafas y está muy oscuro, pero huele y suena a ovejas, y son muchas.
–En el monte, en Ávila, es normal.
–¡Joder! Pues llevo aquí dos años sacando fotos de la naturaleza abulense y tengo cerdos, cabras, burros y búhos reales, y aunque me hartado de buscarlas, ni una puta oveja.
–Bueno, eso es porque no salís a las mismas horas.
–No estás ayudando nada, ¿sabes? –pero me tengo que reír, a mi pesar.
–¿Estás enterrando a Antón? –tonito entre compasivo y piadoso del mister.
–Pareces tonto. ¿Te crees que, con el frío que hace, a oscuras, estoy en el puto encinar por gusto? –acidez rayando en la vulgaridad y el odio convierten mi voz en puro veneno. Él se lo traga.
–¿Y si lo haces por la mañana, con luz y eso?
–Desde luego, eres la leche. ¿Estás diciendo que lo lleve a casa y lo meta en la nevera? –a mi pesar, se me casca la voz.
–Vale. Tranquila. No grites. Y no llores o cuelgo. ¿Lo estás enterrando al lado de Atocha?
–Tú flipas. No sé ni por qué te llamo. ¿Te crees que voy a cavar en la misma encina y encontrarme con sus huesitos o, peor, con qué no están? –pausa y reflexión– ¡Ay! Perdona, es que estoy fatal. Es la encina de al lado. Eso vale en plan familia y eso ¿no?
–Sí, bonita. Está muy bien. Tranquila. Acaba ya y vete a casa, son más de las diez.
–Es que se me ha roto el rastrillo, a la pala le queda un suspiro y el agujero está lleno de cachitos de plástico rosa. Es indigno. A Antón le daría un mal si lo viera.
–Ali, a Antón ya le da igual. Mételo en el agujero y tápalo.
Móvil en el suelo, forcejeos, gruñidos, suspiros.
–No cabe, tío, no cabe. Es demasiado largo, joder, y eso que lo acurruqué, rosquillita, como le gustaba, tú sabes. ¿Qué hago?
–Ensancha el agujero.
–No veo nada, y no tengo pala, ni rastrillo, ni nada. Eran rosa, de la playa, de las niñas. Lo he traído en el bus, en la mochila envuelto y no he pensado mucho, creo.
–Busca un palo o una piedra.
–No veo, está muy oscuro y tengo los dedos helados ya, me duelen.
–Pues mételo de pie. Seguro que has cavado hondo, te conozco.
–¿Cómo lo voy a meter de pie? Es indigno, ¿de pie y con trocitos de plástico rosa? Era mi príncipe azul y tú lo sabes. ¿Y si viene el perro y lo huele y lo saca?
–Ali… El perro pasa, está con las ovejas. Y Antón no era azul, ni ruso, ni príncipe. Lo encontraste en la calle y era una miasma gris con pinta de gremlin de los malos. Catorce años dan para mucho cariño y eso, pero él sabe cuánto lo quieres y te perdonará que…
–¡He encontrado una piedra!
–Vale, ensancha el agujero un poco, sólo por un lado, el más blandito.
Minutos, muchos, después. Un rato largo, vaya.
–¡Cabe! ¡Ahora ya cabe sin doblarlo y planito!
–Perfecto, princesa. Lo has hecho muy bien.
–Joder tío, me he reído enterrando a mi gato. Es lamentable. Y se me acaba la batería del móvil y tengo que bajar del encinar, por toda la cuesta y volver al pueblo. Voy a tener que colgar o no tengo luz y me voy a caer. Gracias. Sin ti, hoy no habría podido. Me dolía todo. Muchas gracias.
–Vale. Cuelga ya. No te caigas, nena, no te puedes romper más. Ten cuidado. Plástico rosa en pelo gris, sin batería y con ovejas: Antón no habría esperado un entierro menos surrealista que este. Seguro que sonríe en su edén felino. Emborráchate, y mucho, si hay algún bar abierto aún. Mañana te llamo, si me acuerdo. Si no, llámame tú, si crujes por dentro aún.

Y llegué a casa sin romperme nada y creo que tal vez me emborrachara, pero eso no lo recuerdo bien. Con el tiempo, admití que mi ex tenía razón. El entierro de mi gato fue digno en cuanto a nuestro: kafkiano y pleno de lágrimas y risas. Una ironía que captó, en principio, y supo diluir quien vivió años con ambos. La soledad ya solo ha sido mía.
Alicia Briz Booth

VISITANDO LA EXPOSICIÓN

Sobre "El juicio de Paris" de Ouka Leele

No pudo resistirse ante su belleza. Su ser se lanzó en tropel hacia la escena con la firme intención de participar en el juicio. Pero, a diferencia de las diosas, ella no llevaba nada, ni pavo real, ni armas, ni Cupido.
Las diosas se manifestaron radiantes de luz, poderosas ante la intrusa. Ella se detuvo todavía impulsada por el deseo, retenida por los largos cabellos, joya de su hermosura. Quedo quieta, conteniendo el aliento, dispuesta a suscribir cualquier condición que le permitiese acceder al extremo del cuadro. Necesitaba llegar allí si quería que Paris pudiera verla.
—¿Qué es lo que retiene mis cabellos? — pensó.
El corazón bailaba entre la ambición de formar un cuarteto y la angustia de no poder desprenderse de aquello que la mantenía sujeta. Esas manos la amarraban al pasado, esclavizando de esta forma el presente.
—Si cortase mis cabellos con una de las armas escondidas de Atenea, tal vez podría introducirme en la escena —pensó.
Pero estaba demasiado lejos. El pavo real de Juno no podía contribuir a los propósitos de deshacerse de la prisión de la melena. Y Cupido se hallaba, como siempre, ocupado en otros menesteres.
No sabía cómo hacerlo, pero Helena no estaba dispuesta a dejar que nadie le arrebatase a Paris.
Ella se sabía bella. Su belleza no se mecía en la voluptuosidad, sino en los perfiles alargados de su blanco cuerpo. Una belleza blanca, impúdica, que se manifestaba desde sus largos cabellos hasta el final de sus pies.
Tenía la confianza de poder competir con cualquiera de ellas, incluida Venus, que parecía la elegida.
—No permitiré que tus brazos cobijen el cuerpo de mi amado. Que tus manos repartan caricias sobre su piel, que tu boca busque la suya en los juegos de amantes.
Sin embargo, Helena empieza a cansarse de ese movimiento estático. La angustia comienza a apoderarse de ella y el miedo también.
—Tengo que llegar a tiempo.
Intenta contorsionar su cuerpo en un ardid por raptar la mirada de él. Sus brazos se levantan con gran esfuerzo hacia los pies de Atenea.
En el cuarto intento lo consigue. Obtiene un puñal. Con entera decisión da un giro hacia la izquierda, coge los cabellos como lo haría con un manojo de verduras, y los corta sin piedad. La melena se convierte una alfombra que tiñe de blanco el suelo.
Esta liberación le permite saltar hacia el extremo del cuadro, justo al lado de la desarmada diosa. Todavía conserva el puñal en una de sus manos, pero sus cabellos ya no la retienen. Con dos elásticos pasos se coloca frente de su amado Paris.
Sin embargo, Paris no parece percatarse de la imagen de Helena, de hecho, a penas le dedica el hurto de una mirada.
—¿Por qué no posas tus ojos en mí, amor? —Interroga sorprendida Helena.
Tal vez sea Mercurio, quien impide que reconozca su imagen. Aunque Mercurio no es más que un mensajero. Es Venus la diosa que captura su alma, la que sostiene en el tiempo los dulces frutos del amor.
Helena logra formar parte de la escena, ocupando un lugar cada vez más cercano a Paris. Por fin, éste desvía sus ojos hacia ella.
Descubre a una mujer de una tremenda belleza blanca, con los cabellos cortos y un puñal en una de sus manos.
La mira fijamente, como hipnotizado por el blanco resplandor.
—Te conoceré. Es el futuro. Pero si matas a Venus, no podrás ser mía.
Helena reacciona. Empieza a intuir que se ha confundido. Comprende que Venus es dueña del amor. Y que si intenta dañarla, no le concederá el privilegio de ser la amante de Paris.
Permanece aturdida, unos segundos. Esos segundos que la llevan a pensar en las muertes efímeras de Troya. En lo sencillo que sería todo, si ella renunciara a la pasión por Paris. Podría enfrentarse a Venus, luchar y morir. O quizás, podría matar a Paris. Una muerte u otra, cambiaría ese supuesto futuro. Sería como robar a las diosas el juguete que tanto las hace disfrutar.
Algo helado se volcó dentro de Helena. Su cuerpo amasaba la escarcha de la desdicha.
Camina despacio, se coloca al filo de la escena y, con un movimiento leve, devuelve el puñal a la diosa Atenea.
Su cuerpo, se torna casi transparente cuando se tumba justo en el extremo de la melena. No se mueve, quieta, ingrávida, estática. Sus largos cabellos cortados comienzan a extenderse y terminan por unirse a los de su cabeza.
De nuevo Helena, bailarina del tiempo seduce los espacios, captura las miradas y araña el devenir, intentando desprenderse del pasado.

Ana María Orta
**********
Hoy he madrugado mucho. Desde que se fue, duermo poco y bebo bastante. Ya estoy algo borracho a estas horas de la mañana, aunque no demasiado. A veces esto ayuda a ser un poco más sincero con uno mismo.
Quiero ver salir el sol este día de primavera que se adivina luminoso y tibio. Cuando me siento en mi sillón, veo el cuerpo muerto de la mariposa, destrozada, espachurrada, desmembrada. Parece que el primer rayo de luz escoge el cadáver para entrar en la sala. Los brillantes colores de aquellas alas sutiles se han apagado y han devenido en unas manchas oscuras y transparentes que señalan su inexistencia en el suelo.
Cuando quedé solo me hundí en la negrura de la soledad. Ser escritor te permite manejar la verdad y la mentira a tu conveniencia, pero no puedes cambiar lo que te corroe por dentro. Recurrí a los servicios de una mujer, Juana, que mantiene limpia mi casa y me prepara algo de comida, no demasiado sofisticada, sólo de supervivencia.
Es una mujer ordenada y callada. ¡Me encanta el silencio si me siento acompañado! Sabe que no puedo soportar la estridencia de la radio, ni el murmullo del televisor, ni que turbe mi concentración cualquier bicho que se pasee por mi cuarto de trabajo. En mi casa no hay perros, ni gatos, ni jaulas con pájaros. Juana, en eso, también fue un acierto. Pero llegar al extremo de acabar con una mariposa, nunca la hubiese creído capaz.
Mis ojos van, hipnotizados, de la botella a los despojos del insecto. Aquellos cuatro trocitos de... ¿de qué?... porque no sé si puedo escribir “carne”; las mariposas, supongo, no tienen carne... Tendré que buscarlo después en el diccionario. Pero aquellas minúsculas manchas, esparcidas como piezas de un rompecabezas, sólo me hacen pensar en ese todo que llamamos mariposa y que hace apenas unas horas revoloteaba por mi casa, por el jardín, cumpliendo con su pequeña parte de la vida que era, simplemente, vivir.
Creo que estoy demasiado borracho. Me estoy poniendo metafísico. Pero ni así puedo entender que alguien haya podido matar un ser tan insignificante y delicado. ¿Qué daño puede hacer? Hay gente que merece más la muerte que esa mariposa.
No puedo seguir así. Tengo que hacer algo. Voy a coger un cuchillo de la cocina y cuando venga Juana... ¡qué más da! ¡Mejor tomarme otra copa!
José Climent

ERA UN FRÍO AMENAZADOR

Ni el grueso chaquetón, le hacía frente. Los dientes le castañeaban, los carámbanos caían como gélidas espinas. No le importó. Trepó por el resbaladizo tejado, con las herramientas en una mano, cuidando de no caer. Llegó a la meta. La maldita parrilla metálica, estaba retorcida y medio caída. Se aferró a un saliente con una mano, el viento era ensordecedor. Enderezó la antena lo mejor que pudo, la afianzó con un grueso cable ¡Ahora sí que estaba segura! Una nieve fina y copiosa, lo acompañó en la bajada, lo hizo con sumo cuidado. Después de luchar contra viento, frio y nieve, cerró la puerta de la casa tras de sí.
Se puso ropa seca, encendió la chimenea y con una cerveza en una mano y un cúter en la otra, se dispuso a cortar la enorme caja de cartón, entre sorbo y sorbo de cruz campo.
¡Por fin, su tesoro! Colocó el plasma de 50 pulgadas y lo enchufó a la red y a la antena ¡Abra cadabra! Funcionaba a las mil maravillas. Había merecido la pena luchar contra los elementos. ¡ahora vería divinamente el “Recre—Valencia”
Mary Carmen Silvera

DESDE MI BALCÓN

Me gusta mirar a través de los cristales del balcón mientras llueve. A menudo, observo la calle, los transeúntes caminando de prisa, los automóviles brillantes por el agua y la gente, recogiendo sin respiro la ropa tendida.
Miro el edificio de enfrente, entre la lluvia distingo una pareja de mediana edad.
Ella, sentada en un sillón aparentemente cómodo, sostiene entre sus manos un cuaderno algo grueso de tapas negras. Él deambula a su alrededor e intenta averiguar qué es lo que está leyendo. Parece algo inquieto, un poco enfadado ante la insistencia de la mujer por ocultarle la lectura.
De pronto, ella se levanta y cerrando el cuaderno se lo entrega a él. Al momento, el hombre ocupa su lugar en el sillón.
Mientras, la mujer prepara una infusión en la barra de la cocina situada a su espalda. A hurtadillas, saca una pastilla de un bote y la introduce en el líquido removiéndola con la cuchara.
Le acerca la taza. Él la observa con detenimiento. Parece preguntar si está todo. Ella asiente. El hombre sonríe levemente, la mujer también. Ella se acerca al balcón y corre la cortina.

- ¿Lo querrá envenenar?

Pasa algo más de media hora. Se abre la cortina. El hombre en calzoncillos, la mujer en sujetador. Los dos sentados en el mismo sillón sostienen el cuaderno abierto de tapas negras mientras sonríen.

- ¡Ya está! No es veneno. ¡Es la viagra! La infusión una pócima para ensalzar los caprichos del cuerpo y del amor. Y el dichoso cuaderno, el Kamasutra.
Ana María Orta

INTERPRETACIÓN DE UNA PINTURA DE SUSANA SOLANO

La obra de Susana Solano, es capaz de transmitir sus propios sentimientos con mucha claridad y gran transparencia. Combina dos tonos de blanco roto, uno en el fondo y otro en el paspartú, produciendo una armonía sencilla pero con un toque de atención. El verde intenso, por su posición resalta y el verde pastel por un lado pasa más desapercibido, pero por otro, contrasta con el negro fuerte, dándole una pincelada de seriedad.
Hay un color indefinido, podría pasar por rosado, es muy curioso, le aporta cierta melancolía pero cargada de relajación.
Su conjunto lo atraviesa una línea quebrada marrón, que le da sobriedad y equilibrio.
La pintura de Susana Solano la considero un reflejo de la sociedad actual, aunque los estilos van cambiando, todo tiene su lógica.
Julia Vidal Martínez

LA MIRILLA

Siempre he tenido curiosidad por saber que pasa detrás de las puertas de las casas. Poder asomarme por la mirilla y ver como viven los demás.

Las casas dicen mucho de las personas que las habitan. Nos dicen por su aspecto si son perezosos, exigentes, trabajadores, pulcros, si leen, si les gusta cocinar, si son amantes de los animales, de las plantas y muchas cosas más.

Pero sobretodo yo me fijo si son personas que les gusta recibir visitas, -siempre entra y sale gente de la casa- o si por el contrario su casa es su santuario. Yo me identifico más con las segundas. Me gusta llegar a casa y desconectar de todo. Y aún así no lo consigo.

Hoy me he fijado en un cuadro de la exposición de la Casa de la Marquesa, “Diez mujeres artistas en el Prado” no recuerdo bien su nombre pero creo que menciona a Santa Bárbara. Sin embargo yo le hubiera titulado “Al otro lado de la mirilla”. En él se ven dos mujeres sentadas, parece que no tienen mucho que decirse, están una frente a la otra, una está cosiendo y la otra con un libro en las manos. No hablan, pero parecen cómplices, se respira tranquilidad.

Al fondo hay una ventana y se adivina un paisaje verde al otro lado. Entra luz, todo está en orden , ¿se puede pedir más?
Margarita Pérez

AMOR Y MUERTE

“Alguien especial me está mirando, lo sé. No me atrevo a girar la cabeza, pero sé que me mira.”

En el gran salón, iluminado por docenas de candelabros, hay un gran bullicio. Chanzas, characotas y comentarios soeces se escuchan por doquier. Ella sabe que acabará en manos de quien puje más alto. Tiembla.

Parece indiferente, altiva. No puedo evitar preguntarme qué pensamientos rondarán la frente alta y despejada. Modestamente vestida, yergue el cuello frágil y desnudo. Ni esmeraldas, ni rubíes, ni perlas adornan su belleza. Solo ofrece una esbelta columna de marfil, en venta al mejor postor.

Una cortesana carente de gracia, su ama tal vez, le susurra algo al oído. Ella endereza la espalda. El orgullo que otorga la nobleza la salvará de una degradación mayor, y en su orgullo se refugia. Muerte o amor. Amor y muerte. Ya son la misma cosa: su cuello desnudo.
Pestañea y, por fin, sus párpados muestran unos ojos brillantes de lágrimas contenidas que no derramará. No sabe que dan a su mirada la luz del cielo. Las pujas subirán.

Unos golpes secos, metal contra madera, invocan al silencio. Silencio sepulcral.
–Este honor conlleva un precio, como bien sabéis –anuncia un miembro de la casa real–. Tanto la corte como el pueblo llano asistirán al acto, si es su voluntad. Vuestra maestría, o falta de ella, correrá de boca en boca. Quien asuma el reto será alabado o denostado. Premiado o condenado al olvido, o incluso a muerte. La sangre azul requiere un riesgo. El rey escucha. No os demoréis, hablad.
Se desata un runrún de comentarios y murmullos: un soniquete infernal e insoportable. Hombres encapuchados, grises, soeces, malhablados, empiezan a ofertar.
La miro y sé que no puedo permitirlo. Desenvaino la espada y hablo.
–Yo señor, os rindo mi espada. Vuestra es durante un año.
Mi oferta es recibida con cuchicheos, incredulidad y asombro. Ella me mira y, por fin, sonríe.

–Sois caballero y noble, recién llegado y de paso. ¿Daréis un año de vuestra vida a cambio de nada? –increpa el segundo del rey, calvo y barrigón, pero de noble porte–. Pensad en los feudos y glorias que podríais obtener en ese tiempo, batallando por el reino.
–Seré vuestro verdugo, un año –contesto, mirando al rey–. El cuello de quien tuvo el honor de ser vuestra esposa ha de truncarse por el tajo limpio de una espada noble, no por el hacha roñosa de un verdugo a sueldo.
El rey palidece. Sabe que no soy el culpable de la afrenta que castiga y también que no puede rechazar mi oferta. Los labios de ella titilan, tiemblan, sé que musita una plegaria de agradecimiento, sin acabar de creer en su buena fortuna.

******

Ojos negros como el carbón me abrasan. Me desnudan y me devuelven la inocencia. Inclina la cabeza, pero mira al rey con asco disimulado y entiende mi vergüenza. Entiende que fui adúltera por desamor y repugnancia; pequé para no morir. Lo sabe.
Busco a mi amante entre el séquito del rey. Por fin me atrevo. Él rehuye mi mirada y agacha la cabeza. Ese gesto lo delata, el rey y todos sus espías buscaban confirmación y ya la tienen: cobarde, se estremece. Ya sabe que caerá, y por la misma mano.

Él, ese caballero desconocido de ojos negros, será quien me corte la cabeza. Y por fin sé que solo él merecía mi amor. Solo él. Antes de rendir mi cuello a su espada lo miraré y le haré saber que su sacrificio no es en vano. Moriré sabiendo que existe el amor verdadero.

Se sella el pacto.

********
Los carceleros la rodean y la conducen fuera de la sala. Su presencia ya no es necesaria. No si cuello. Ya no hay nada que vender. Lo he comprado. Dejo mi espada a los pies del rey y pido permiso para retirame.
Ya fuera, en el patio de caballos, vomito. Odio matar.
“Amor y muerte”, pienso. Vuelvo a vomitar. Oigo las risas de los palafreneros.
“Amor y muerte”, pienso.
Alicia Briz Booth

LA ESCULTURA

Basada en la obra de Cristina García Rodero “La Perla” de la exposición "Doce Mujeres en el Museo del Prado"

Absorto mirando allá donde se confunden los dos colores azules, el del cielo y el del mar, mi meditación persigue configurar las tres imágenes, que aparecen en mi mente por separado. Últimamente afloran en mi imaginación muchas veces, siempre algo borrosas, sin esa claridad que es necesaria para poder discernir lo que estás viendo. Desearía mejorar esa visión, pero no puedo, solamente la percibo parcialmente. No consigo la composición que podría ser la ideal. Me satisfaría lograr comprender el significado, estoy convencido de que debe tener alguno. Insisto, pero a pesar de mis intentos no lo consigo. Unas veces observo a una madre con su hijo en el regazo. Otras, la visión se corresponde a otra mujer con cara de satisfacción. La última figura que surge es el perfil de una joven en penumbra.
El orden en que aparecen las distintas escenas es aleatorio, nunca es el mismo, nunca aparecen juntas. La pretensión de descifrar esas visiones se está convirtiendo en una obsesión. No consigo que ese objetivo, por mucha energía que desarrolle, se convierta en realidad.
Ha pasado algún tiempo desde la primera vez en que aparecieron. Durante un tiempo han estado ausentes de mis sueños, ya casi las tenía olvidadas. Sin embargo, estos últimos días han vuelto a surgir. Esta vez los espejismos aparecen por parejas. Unas veces surge el perfil de la joven delante de la madre con su hijo sobre las rodillas. Otra de las escenas es la mujer satisfecha que observa la escena de la madre con su hijo. La tercera está al fondo la mujer que observa pasar a la muchacha.
El suave mecer de las olas ayuda al ensimismamiento en el que me encuentro. El tiempo transcurre lentamente hacia el final de la jornada. El color azul tiende a desaparecer. La brillantez que despedía el sol se está convirtiendo en algo que no acierto a describir. En el horizonte se realza una perspectiva que ayuda a que la contemplación se distinga mejor. En un momento dado, se muestra en mi mente la escena completa. Puedo distinguir a la mujer con cara de satisfacción que se fija en la escena de la madre con su hijo en brazos. Las veo con claridad a las tres, pero, noto algo que no llego a diferenciar. Mi atención se detiene en la madre con su hijo, esa escena me es muy familiar. Perfectamente aprecio ahora que no es una persona, es una escultura. Claro, es la famosa escultura de Rafael. La madre contempla a la joven que parece pasar por delante de ella sin mirar. Converjo toda mi atención en lo que estoy viendo y extrañado observo que las figuras van cambiando por momentos. La mujer gira su vista hacia la joven, la madre también la acecha al mismo tiempo. Aparecen las tres imágenes ahora formando un cuadro perfecto, y que, a cada momento se puede apreciar con más nitidez.
Realmente algo está cambiando ¿Qué pasa? Me pregunto. El perfil de la muchacha se está diluyendo poco a poco, hasta que desaparece por completo. A medida que esto ocurre el semblante de la madre también se va transformando. Sus facciones dejan de encarnar a las de la famosa escultura, pasan a ser las de una persona con vida propia, a cada momento se asemejan más a las de la muchacha. El niño sobre las rodillas de ella, ya no es de mármol, se convierte en un nacido de pocas semanas.
La mujer con su cara de satisfacción, que no puede disimular, demuestra su alegría, su felicidad. No pestañea, tiene fija la mirada en la escena de la madre con su hijo en el regajo. Descubre feliz la maternidad aquí simbolizada. Su hija ha logrado conseguir la aspiración de su vida. El anhelo tantas veces soñado y deseado. Ser madre.

Alfonso Garrigós Palmer

EL MEDALLÓN

No sabía las desgracias que iba a traer a este mundo el día que abrió el féretro de Fra Angélico.
Piero “il Bambino”, era un vulgar ratero con aspiraciones a ladrón de guante blanco. Su primer gran robo iba a ser el medallón de la expulsión de Adán y Eva del paraíso que, supuestamente, llevaba el fraile en el cuello el día que lo enterraron. Al abrir la tumba y retirar la tapa del ataúd, vio la osamenta convertida en ceniza del religioso. Entre todo ese polvo grisáceo se podía contemplar una cadena de oro que sujetaba “il medaglione”, cogió la medalla, dejó el panteón como estaba y salió corriendo del convento de los Dominicos.
Cruzó un campo de vid pero al otro lado le esperaba la policía, éste al verlos arrojó el colgante. Fue abatido a tiros por los agentes, que buscaron, sin éxito, lo había robado.
Un pastor estaba con su rebaño pastando por la zona, mientras se daba placer con una de las ovejas, descubrió algo brillante. Dejó al animal, que salió por piernas del lugar, y recogió entre las malezas la joya y se la colgó del cuello.
Iba luciendo collar, cuando uno de los ovinos decidió tomarse la justicia por su mano tirando, de un cabezazo, al ganadero por el barranco, causándole una muerte inminente.
Tras la caída, el medallón salió despedido hacia el río. Su corriente lo llevó a la desembocadura donde un mendigo acababa de matar a su compañero por una lata de albóndigas caducada, al agacharse vio la joya y se la guardó en su vieja gabardina, más tarde se dirigió a la ciudad donde fue atropellado por un turismo que circulaba a gran velocidad. El acalorado conductor paró y ante lo ocurrido, decidió abandonar el lugar, no sin antes arrebatarle de sus manos, sin vida, el collar de oro.
Al llegar a su casa, le esperaba una de sus amantes con un niño en brazos, recién nacido, ella le pidió que se quedara con el pequeño, pero éste lo rechazó. La joven cogió un cuchillo y asestó dieciséis puñaladas al supuesto padre, más tarde abandonó el bebé en un convento.
Uno de los frailes escuchó el llanto de una criatura y al abrir la puerta vio al bebé, de él colgaba un presente. Descubrió, girando para verificarlo, que era el auténtico medallón de Fra Angélico, robado hacia unos días. En su reverso rezaba: Sólo el que sea puro de corazón, será digno de llevar el medallón.
Iván F. Chova

lunes, 15 de febrero de 2010

EN PRIMERA PERSONA

A menudo preguntan qué aspecto tiene desnuda. ¿Te imaginas qué descaro? Querer imaginarte el aspecto de tu mejor amiga sin la ropa. Es también muy divertido, porque cualquiera que haya visto las películas de Arlen Ford la habrá visto a ella totalmente desnuda. Su aspecto con el traje de cumpleaños y su verdadera apariencia son las dos preguntas favoritas. Entonces, de acuerdo. ¿Estás preparado, mundo? Su pecho derecho es ligeramente más grande que el izquierdo, y es bastante agradable. Pero, seamos sinceros, información como esa no vende ni supone un arma arrojadiza como Dios manda, sobre todo para los periodistas. La gente quiere conocer los trapos sucios, lo sórdido, ese lugar donde moran sus ilustres secretos, y qué tipo de rabietas la invaden cuando no hay testigos alrededor.
Sí, tiene rabietas. ¿Y quién no? El único chocolate que come son las «pelotas de golf» Godiva de a cuatro dólares la pieza y conduce un automóvil ridículamente caro. ¿Es suficiente? Porque es todo lo que hay, es toda la mierda que puede encontrarse en este sórdido lugar en concreto. Pero el problema de todos ellos es que nadie conoce a esa mujer como yo, por lo que siguen viniendo con la esperanza de que algún día tenga algún nuevo y feo cotilleo que contarles.
Soy Rose Cazalet, secretaria de Arlen Ford y su amiga más antigua. Ella no quiere llamarme «su secretaria», sino que más bien opta por términos como «consejera» o «compañera». Ambos suenan mejor, desde luego, pero, por desgracia, destilan un aroma tan decididamente gay, que prefiero la llaneza de «secretaria».

Fragmento de “Los dientes de los ángeles” de Jonathan Carroll



CONTINUACIONES

I


Si, como he dicho soy su amiga más antigua. Tanto, que se puede decir que he envejecido a su lado. Al amparo de su sombra, sombra, por otra parte, elegida.
Sin pretenderlo he pasado de amiga a secretaria y para qué negarlo, en más de una ocasión a consejera.
Durante todos estos años he ejercido de escudo, sorteando a los hombres que pretendían utilizarme para llegar a ella, a las compañeras que, de repente, se encontraban en todas partes y que intentaban ganarse mi confianza, a los allegados interesados en formar parte de su pequeño club amistoso.
¿Qué si voy a contar algo? Pues si, he decidido hablar. Pero me niego a contestar a preguntas que me parezcan incorrectas o inadecuadas. Porqué no olvidemos que soy su amiga más antigua, algo que no es gratuito y a lo que de momento no renuncio.
Me asomo al pasado y puedo rescatar imágenes, recuerdos, e incluso podría hilvanar un sintético relato de su historia. Pero claro, lo que se espera no es eso, no es la interpretación de un recorrido, sino la descripción de lo acontecido.
Y de lo acontecido puedo decir algunas cosas, pero cualquiera de ellas me privaría de la posición de amiga. Lo acontecido es irrelevante, al menos para mi, lo que hubiera podido acontecer es lo horroroso, lo realmente terrible.
Ambos eran bellos, enigmáticos, poderosos, pero además se amaban. Se amaban con furia absoluta, con rabia y coraje. Se amaban con el peso del sufrimiento y la esperanza del deseo. Su amor estaba hecho de sangre.
No fue el dolor de una emoción lo que guió su muerte. Ni la agonía de un amor desesperado. Fue la certeza de saber que si ella abandonaba no existiría. Por eso, recorrió el tormentoso camino del sacrificio, sabiendo que sólo así ella podría existir. Sin él ella sería capaz de continuar, por él abandonaría todo.
Así que no fue ella quién acompañó sus pasos hacia el acantilado azul. No. No fue ella la que le concedió, sosteniendo su mirada, el pasaje al abismo. Lo se muy bien.
Sí, querida amiga, fui yo. Y es ahora cuando te pido que me perdones por este viejo silencio.

Ana María Orta

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II
Esta es mi historia y todo lo que puedo contar sobre Claudia Stanfor.
-¡Esto es basura! –exclamó el periodista que le había comprado la exclusiva.
-Es lo que hay. Ya os dije que no había escándalos, ella siempre ha sido una gran mujer, sencilla, y a pesar de su riqueza, poco extravagante.
-Como tú misma has dicho, esto no vende, por lo tanto no te voy a pagar.
Rose se marchó satisfecha de sus declaraciones. Ella nunca traicionaría a su amiga ni por todo el oro del mundo.
A la mañana siguiente el sonido del teléfono la despertó de su letargo, le costaba tanto dormir, y con voz de recién levantada, contestó.
-¿Has leído lo que pone “el semanal” sobre Claudia? –dijo Arlen preocupado por las consecuencias de la noticia.
Rose bajó, rápidamente, al kiosco de la esquina, ataviada con su pijama de women’secret y su batín de Mickey Mouse, para, de nuevo, subir a su piso que se hallaba en un exclusivo apartamento del centro de Manhattan donde podrías encontrar famosos de la talla de Jack Nicholson, Madonna o Sting entre otros. Nada más abrir la puerta, su teléfono, de aspecto viejo pero muy caro, volvió a sonar. Esta vez era Claudia que, resignada por la noticia, pedía explicaciones a su mejor amiga, que no podía dejar de leer la noticia.
-¿Qué somos novias? ¿Tú y yo amantes?
-Y no quiero ni pensar lo que dirá Braian –dijo la actriz sabiendo lo celoso que era su novio.
-Te juro que eso no ha salido de mi boca.
-Lo sé. De todas maneras quiero que hagas un comunicado desmintiéndolo y después denuncia a esos cabrones.
Rose denuncio al periodista, llegando a ganar el pleito.
Nunca más volvió a ser la secretaria de Claudia Stanfor, simplemente su mejor amiga.
Hoy por hoy, todavía hay gente que cree que son amantes, solo ellas y el tiempo lo dirán.

Iván F. Chova

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III

Yo también quería ser actriz, y al principio lo intenté con todas mis fuerzas, pero las circunstancias de la vida me llevaron hasta aquí. Conocí a Arlen en un casting para una película en la que se pedía (me di cuenta cuando ya estaba allí) más físico que talento. Yo no podía ganar. Ella no podía perder. Con aquellos penetrantes e intensos ojos negros y su sonrisa, a veces ingenua, a veces pícara, siempre generosa, se ganó el papel al instante.
No podría explicar el porqué, pero intimamos. Nos veíamos con frecuencia y me convertí en su confidente, en el paño que secaba sus lágrimas, en el espejo donde colgaba sus ilusiones. De ahí a convertirme en su “secretaria” solo fue cuestión de tiempo y de que ella alcanzara la fama.
Ahora le leo los guiones, los selecciono, la aconsejo, le arreglo la agenda, le preparo las entrevistas, incluso le concierto alguna cita con discreción, escojo la ropa que debe ponerse para ciertos acontecimientos, (siempre me recalca que le resalten los pechos y que disimulen el culo), le controlo los gastos, planifico sus vacaciones, me río con ella algunas veces y discutimos de vez en cuando: ella pone la pasión, yo el sentido común.
A veces me trata como a una simple criada. Está convencida de que yo vivo para ella, de que sin ella mi vida no tendría sentido. Desde su orgullo de considerarse importante, porque es una artista reconocida, no es capaz de darse cuenta de que yo, Rose, estoy creando buena parte de su mundo.
Hay días en que está insoportable y, como soy la que tiene siempre a mano, me trata de manera despreciable, porque cree que su deseo es ley y que la que piensa y decide es ella. Y tenemos una discusión que acabo perdiendo siempre yo. Entonces me siento a mirar las estrellas y me pregunto: “¿Hasta cuándo vas a aguantar, Rose?” Y me contesto, cuando me pasa el sofoco, que hasta donde pueda porque Arlen es mi amiga y yo la quiero. Pero en alguna ocasión, en momentos de arrebato, le busco una entrevista con algún periodista de los más duros y le digo a él que no tenga miedo de apretarle las tuercas ni de hurgar en sus heridas. Ella después me gritará, tal vez llegue al insulto, mi dirá que me odia... pero yo ya me habrá divertido lo mío. Y mañana seguiremos siendo tan amigas.
Arlen es guapa, rica, famosa, una estrella. Ha tenido caprichos, hombres, éxitos, todo el mundo la conoce, pero es posible que no haya descubierto que la vida es inmensamente más emocionante que las películas.
Yo, Rose, para el mundo no soy nadie; nadie me conoce, no salgo en las revistas. Dentro de unos años, cuando a la estrella las tetas se le caigan, cuando le engorde el culo y su mágica sonrisa pierda la chispa y el cine no la llame, aunque no trabaje, todos la recordarán.
De mí no se acordará nadie, pero estoy segura de que conseguiré casarme con un buen hombre (eso espero), tendré hijos, viviré en el campo y alguna vez volveré a ver una película de Arlen con mis amigas y les diré... “esa era amiga mía”. Y los que me oigan pensarán que soy una vieja loca...
Esto le contaba yo a Adriana, la escritora, un día tomando un café con leche. Y ella me dijo:”¿Por qué no escribes esta historia, Rose?”
Y eso es lo que he hecho.
José Climent
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IV

Arlen es una mujer totalmente manipulada. No guarda secretos, ella no, son los otros los que guardan sus secretos. Está claro que yo conozco muchos de esos secretos, que ni ella misma conoce porque toda su vida está programada. Todo está preparado. Así, como suena. Es totalmente obediente a lo que le dice su asesor de imagen, su director o quien sea. Yo estoy ahí, a su lado, para que todo salga bien, por si surge algún percance.
Me dieron a mí el trabajo, el de “ser su secretaria” porque ella me escogió. Es lo único que realmente ha hecho en la vida por sí misma y por ello me siento tremendamente satisfecha. Fue como un flechazo y por eso no sólo soy su más antigua amiga, sino la única.
Desde luego su vitalidad parece inhumana porque está en todos sitios: inauguraciones, exposiciones, desfiles, cócteles y toda fiesta que se precie.
Y. No. No consume drogas.
Mi trabajo consiste en ser su agenda, recordarle lo que tiene que hacer cada día y en cada momento, y proporcionarle los instrumentos para que lo consiga. Nadie se explica cómo me mira, cómo me habla, pero es que sólo yo la he tratado como un ser humano, no como algo que hay que explotar.
Las rabietas de Arlen Ford son inesperadas e impredecibles, y cuando esto ocurre, que últimamente van a más, su manager se desespera, me llama porque sabe que yo la conozco y la entiendo, y la sé mirar, sé qué fibra tocar para que todo vuelva a la normalidad.
Creo que le queda muy poco tiempo de vida, han descubierto que es capaz de enamorarse, de tener sentimientos y eso puede crear problemas. No quieren problemas. ¿Qué, quiénes? Eso no importa. Por eso, confidencialmente, te cuento a ti, que no sé quién eres, si es que algún día eres alguien que tropieza y abre este diario; que Arlen pronto será aniquilada y yo soy el problema porque está enamorada de mí. Tiroriro, tiroriro, tara, tara. (suena mi teléfono). Voy a cogerlo.
- Sí, dígame.
- Soy Dantel, René Dantel
- ¿Y?, ¿Qué desea?
- Le llamo para comunicarle que está despedida. Ya no la necesitamos.
- ¿Cómo? ¿Qué será de la Señorita Arlen Ford?
- Arlen Ford ha sido desprogramada. Ya es irreversible. Pásese por el departamento de VARIOS de nuestra compañía “Happy is a dream”, su finiquito está preparado. Adiós y gracias.
Ahora sí. Voy a desentrañar a la prensa cuáles son los lienzos sucios de “Happy is a dream”, antes de que también me desprogramen a mí. Ya no les sirvo sin Arlen, ya no soy nada.

Lala Escrivá

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V


Nos conocimos en Los Angeles. Hace unos cuantos años, cuando recogía información sobre el caso de “los hallazgos de restos fósiles en un parking de la ciudad”. Me alojaba en el Radisson Hotel y como siempre bajé a desayunar con mi portátil. En la mesa de al lado una señorita de mediana edad no paraba de observarme y al fín se acercó a preguntarme:
-¿Es usted periodista?
-Si lo soy, y usted es………..
-¡oh! Lo siento, perdone mi atrevimiento pero es que últimamente me acosan los periodistas y pensaba que usted….Mi nombre es Arlen Ford, ya veo que no me conoce. Soy actriz de moda y para salir a tomar un café y charlar con alguien tengo que disfrazarme con estas gafas oscuras y un pañuelo en la cabeza para que no me reconozcan.
-No se preocupe, no trabajo para la prensa rosa. Siéntese por favor y hablemos. Su profesión debe ser muy interesante.
Sin darnos cuenta, estuvimos charlando amigablemente durante dos horas y pude conocer a la Arlen de verdad. Había luchado mucho para ser a actriz pero lamentaba que en sus películas, sólo se fijaran en su físico. Lo que más deseaba en el mundo era que alguien le ofreciera un papel drámatico.
-Quizás sea cuestión de insistir.
-Me han encasillado en el papel de “chica mona” y ningún director me ha propuesto hacer un drama por ejemplo.
-Querrá decir todavía.
-Mire señorita, es muy amable, pero no vivo de falsas ilusiones. Un placer conocerla.
-Espere, no se vaya. Conozco a Michael Keaton, buen amigo mío que se ha estrenado ahora como director,¿ quizás si les presentara?.
Desperté su interés y ella me propuso trabajar juntas en este nuevo proyecto. Iba a necesitar a alguien que la reorganizara su agenda y al final acepté. Nunca me arrepentiré, Arlen Ford es una gran mujer y no me refiero a su físico.


Margarita Pérez
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VI

Nadie comprende como yo sus devaneos, sus debilidades.
Hace poco, se enamoró perdidamente durante un crucero. Cuando se enamora, lo da todo. Yo la ayudaba a ponerse sexy para él. Me pasaba la noche desvelada hasta verla llegar al amanecer. Cansada pero feliz. Entraba por la puerta quitándose la ropa, se tendía en la cama desnuda, extenuada, pidiéndome con grititos mimosos que le diera un masaje. Me contaba excitada sus atrevidas intimidades mientras le masajeaba con devoción sus largos y perfectos muslos. ¡Qué rabiosa exclusiva para “los tiburones “de la prensa!
Entre sus costumbres excéntricas está la de pasear por la casa desnuda, mientras yo, fiel perro guardián la defiendo de los paparazis
A solas en mi habitación, corro el pestillo de la puerta. Me quito con asco las uñas postizas y muerdo con rabia las mías. Me desmaquillo lentamente, me quito la peluca. Ya en el baño depilo mi cuerpo, la cara. Y observo frente al espejo mi virilidad. Siempre he sido su primer fans, su más humilde esclavo, ¡su dueño! Todos llegan y se van, yo continuaré recorriendo su cuerpo con mis manos a placer. Así ha sido desde el día en que decidí embargar mi vida por adorarla y cambié al apuesto Arthur por Rose.

Mary Carmen Silvera Redondo
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VII

Hoy es una mañana tranquila y ya están apostillados, como otros muchos días, varios reporteros a la espera de una imagen o de un comentario que pueda satisfacer la morbosidad de los múltiples lectores que hojean sus publicaciones.
Yo, a través de la ventana les observo y me doy cuenta de lo duro de su trabajo de plumillas o de cámaras. Pero, al fin y al cabo, es su trabajo.
Arlen Ford no se ha levantado todavía. Ni siquiera se ha despertado. Después de una jornada agotadora de presentaciones de la película es lo lógico.
Es cierto que el público puede conocer su desnudez, por su filmografía pero sólo una desnudez si se quiere interior. Ella intenta reflejar en sus escenas parte de lo que guarda en sus rincones más íntimos.
Así, las situaciones de aberraciones, maltratos y lucha por el sobrevivir de cada día, son fruto de sus vivencias lejanas pero la ineptitud de todos los que ven sus películas lo traducen en el buen hacer que desarrolla en su trabajo, en su interpretación. Por eso, los periodistas preguntan su verdadera apariencia cuando se coloca el traje de cumpleaños anual.
No, no me gusta que Arlen emplee el apelativo de compañera hacia mí. En algunas ocasiones la tildan de lesbiana y claro, la consecuencia es que a mí también.
Y nada más lejos de la realidad.
Le atraen las braguetas. Pero como es muy inteligente, nunca se inclina por ninguna del lugar. Y, si lo hace, es a altas estancias y en sumarísimo secreto. Les interesa que esto sea así a las segundas partes.
Otras veces, es a grandes distancias. Como cuando nos vamos a Tánger, porque según las creencias de los periodistas, espabilados ellos, a Arlen le chiflan los zocos.
Una vez en Tánger, nos escabullimos y entonces nos suele recoger algún avión particular que nos traslada a Arabia Saudí. De allí, ella se trae pingües beneficios. Luego, nos dejan otra vez en Tánger y volvemos a casa mostrando las bagatelas que hemos comprado en los zocos. Pero, claro estas extensiones de la excursión se les escapa a los informadores por falta de medios y sólo lo sé yo, Rose Cazalet, que por ser su mejor amiga y confidente no les voy a soltar prenda.
Ensimismada como estoy en estos pensamientos casi no me he dado cuenta del paso del tiempo ni del grito aterrador que se ha oído dos manzanas más abajo…

María Luisa Munuera
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VIII

Arlen, cuyo nombre original era Ana, y yo nos conocíamos desde niñas, vivíamos en el mismo barrio y éramos compañeras de clase. Ambas nacimos en un lugar habitado, en su mayoría, por gente inmigrante y ubicado a la afueras de una gran ciudad, Valencia.
Arlen era una niña de extraordinaria belleza, aunque siempre fue mal vestida y desaliñada. Su padre era un alcohólico del que siempre recibió malos tratos. Su madre nunca estaba en casa, era la única persona que trabajaba de la familia. Jamás la conocí, por las mañanas dormía y por la tarde noche trabajaba (si alguna vez estuvimos en su casa, no podíamos hacer ruido)
Le gustaba venir a mi casa a la hora de la merienda. Mi madre nos esperaba con un vaso de leche y unas magdalenas, le gustaba que le contáramos historias del colegio y vernos reír. Luego jugábamos a los disfraces con la ropa de mi madre y preparábamos obras que teatro que más tarde representábamos al resto de los niños del barrio. A Arlen le gustaba mucho soñar, imaginar otros lugares, otras vidas, quizás para olvidar la suya propia. Jamás contaba nada de su vida privada. A veces venia al colegio magullada y con algún que otro moratón. Pero siempre tenía alguna anécdota divertida que contarnos para explicar el suceso. (todos conocíamos la verdad, pero nos gustaba lo que nos contaba y nos hacia reír).
Era inteligente, aunque en el colegio no sacaba buenas notas, pues nunca hacia las tareas que nos asignaban para casa. Por ello muchas veces estaba castigada en el pasillo. A mí me dolía mucho cuando veía que le chillaban o se enfadaban con ella, pero a ella parecía no importarle demasiado. Le hacía muchas veces los deberes y algún que otro trabajo, cosa que le permitió escaquearse de algún que otro castigo.
Ella me envidiaba porque tenía una familia que me respetaba y me daba cariño, porque en mi casa había un orden. Yo la admiraba por su inteligencia, su fuerza y su independencia y sobre todo, por su belleza. Creo que las dos nos complementábamos mucho y nos queríamos más.
Cuando se terminó la escuela, fuimos al instituto, pero mientras yo estudiaba en el turno diurno, ella lo hacía por la noche para poder trabajar y aportar algo a casa. Eso nos hizo ir perdiéndonos poco a poco de vista. Yo encontré nuevos amigos y ella también. Pasaron los años y ya no volví a saber nada de ella. Estudié periodismo y trabajaba como reportera en un periódico de la ciudad. Sabía que se había convertido en una gran artista y que vivía en Nueva York. Yo soñaba con encontrarme con ella algún día y poder hacerle una entrevista. Pero todo ello estaba muy lejos de mis posibilidades.
Un día, oí a los compañeros del sector de la prensa del corazón comentar que venía a España a rodar una película. Era mi oportunidad, tenía que convencer al jefe de la redacción para que me dejara ocuparme del asunto. Para ello tuve que contarle que nos conocíamos desde niñas, que íbamos a la misma clase y que compartimos muchos momentos juntas. El quiso aprovecharse de la situación proponiéndome un chantaje al que por supuesto no accedí. Querían conocer algo más de su vida privada, de su familia, pero yo jamás contaría algo que ella siempre quiso ocultar. Desestimé el asunto y cuando ya me marchaba me propuso un pacto siempre que le hiciese una buena entrevista. Yo le dije, lo intentaré, pero nada de su vida privada.
Por fin llegó el día que tantas veces había soñado. Entró en la sala de prensa, estaba guapísima, sentada en una mesa al final de la sala, los focos no le dejaban ver con claridad a los que estábamos al otro lado. Le empezaron a hacer preguntas, yo esperé impaciente mi turno. Intentaba que ella me reconociera a través de las preguntas que le iba realizando, todas ellas hacían referencia al lugar donde pasó su infancia. Ví que hizo esfuerzos por intentar reconocer quién era la persona que hablaba, sabía que me había reconocido. Me dijo que quería hablar conmigo personalmente cuando acabase la rueda de prensa, pues quería intercambiar algunas ideas a propósito del lugar donde nació y pasó su infancia y adolescencia. Nada más encontrarnos nos abrazamos muy efusivamente y estuvimos unos minutos sin decir nada. Nos deshicimos poco a poco del personal y nos escapamos a un café para poder contarnos lo que habíamos hecho todo este tiempo en el que no nos habíamos visto. Estuvimos horas hablando. Me contó cómo había llegado tan lejos, como entró dentro de este mundo. Trabajaba en un café para sacarse algún dinerito que le permitiese independizarse de su familia, sobretodo, de su padre. Allí conoció gente relacionada con las artes dramáticas que le fueron abriendo paso a este mundo; su belleza y su inteligencia fueron haciendo el resto. Yo le conté mi vida un poco por encima, nada que ver con la suya. La mía seguía siendo ordenada, tranquila. Trabajaba en un periódico de la cuidad y me dedicaba a aquello que tenía que ver con la política. Le comenté que me gustaría cambiar, viajar y ver mundo, que no me gustaría morir en aquel periódico. Enseguida me propuso ir con ella, ser su confidente, secretaria, necesitaba alguien que controlara un poco su vida, pues esto de la fama era muy peligroso. Me encantó la idea, no lo pensé dos veces y aquí estoy en Nueva York.

Trini Segura

martes, 9 de febrero de 2010

EL ASESINO DE LONDRES

Un asesino serial sembraba el terror en Londres. Los esfuerzos de las autoridades por detenerlo eran inútiles. Hasta el celebre detective de la calle Baker había claudicado en su empeño y se había entregado con frustración a la morfina y al violín.
Sin saber que hacer, el jefe de policía Lestrade, desesperado, acudió a los servicios secretos del gobierno. Lo pusieron en contacto con la policía rusa. Viajó hasta San Petersburgo para entrevistarse con el juez Petrovich. Este le propuso una alternativa inaudita: solicitar el auxilio de un convicto condenado por doble asesinato, un genio criminal, a fin de que lo orientase en la captura del Carnicero de Londres.
A cambio del éxito de la empresa le otorgarían la libertad. Lestrade aceptó sin pensarlo…

(Fragmento del relato “Castigo” de Jesús Ademir Morales Rojas)

CONTINUACIONES
I

Todos los crímenes tenían algo en común. Eran mujeres entre treinta y cuarenta años, su nombre empezaba por “B” y aparecían degolladas, con su propio dedo meñique metido en la boca.
El convicto, acusado de haber degollado a su esposa y a su suegra negaba rotundamente haber cometido el doble crimen que se le imputaba y juraba que antes de encontrarse con los cadáveres, vio a un hombre saltar por la ventana.
Antes de los hechos, regentaba una tienda de antigüedades y poseía una colección de dagas muy valiosas heredada de su abuelo. En realidad, debió heredarla su hermano mayor, pero éste había desaparecido, después de encontrarse degollada a la secretaria de su padre, con su dedo meñique apretado entre sus dientes, en señal de la lucha sostenida. Se rumoreaba que se había suicidado o que había emigrado a otro país. Iván Lomaski después de pactar con Lestrade, cogió el primer tren a Londres. Haciendo las pesquisas que creyó oportunas. Pateó toda la ciudad a pie y en coche de caballos, pero todo era en vano, no encontraba lo que iba buscando.
Pasaban los meses y tenía que rendirle cuentas a Lestrade que lo apremiaba impaciente. Iván estaba a punto de tirar la toalla jugándose en ello su libertad.
Una tarde, desesperado y aturdido por la niebla, entró en una taberna, pidió una cerveza doble, necesitaba olvidar. El ambiente estaba tan denso de humos y olores que se podía cortar.Entre el efecto de la cerveza y el murmullo, empezó a entrarle unas terribles nauseas. Decidió abandonar el lugar y se dirigió a la barra a pagar al tabernero, al otro extremo, sosteniendo en una mano una gran jarra y acompañado de dos pelantruscas, un hombre, pequeño, encorvado, con una desgreñada pelambrera, charlaba animadamente. Se fijó detenidamente en su meñique mutilado, no cabía ninguna duda, era Nicolau. Sus miradas se cruzaron y caminaron mutuamente hasta fundirse en un abrazo. Se sentaron a charlar y ponerse al día. En ningún momento, hablaron del motivo de su estancia en Londres. Llegado el momento de despedirse, Iván lo invitó a que lo acompañara a casa de un amigo con el que había quedado. Solo serian unos minutos.
Una vez en la puerta de Lestrade la aporreó con insistencia, éste debido a lo intempestivo de la hora, salió abrochándose un batín de raso.
−¡Querido amigo—dijo fingiendo una inexistente amistad, Lestrade le siguió la chanza.
Aunque sé que es algo tarde, he venido a que me muestre esa maravillosa obra de arte que tiene en su despacho.
Bien, bien­­­­—murmuró el policía percatándose que el convicto, se traía algo entre manos.
En menos de un minuto Lestrade apareció correctamente vestido, con bombín en mano.
−¿Adónde vamos?, susurró Nicolau al oído de Iván algo inquieto, al ver que cogían un coche de caballos-¿No te parece algo tarde?
Calla, calla −le contestó en el mismo tono −Este tiene una joya para la colección familiar.
Una vez dentro del despacho, Lestrade miró inquisitivamente a Iván, que continuó fingiendo.
A propósito, no os he presentado−dijo dirigiéndose al hombre que lo acompañaba
Nicolau Lomaski, mi hermano − hizo una pausa
− y, ¡el asesino en serie!
Los dos hombres, lo miraron perplejos. El supuesto asesino intentó huir, pero Lestrade, pulsó un timbre y aparecieron dos corpulentos policías, que lo agarraron con fuerzas.
Iván, lo acusó enérgicamente.
−¡tú eres el asesino en serie y el de mi pobre mujer y su madre! Fuiste tú quien me robó la daga con empuñadura de marfil y oro, de la que estabas encaprichado y nunca quise darte. ¡Tuya era la sombra que vi saltar por la ventana, el día del asesinato de mi querida esposa!
El acusado, empezó a blasfemar en ruso pero Iván era implacable
−¡Siempre has sido cruel y pendenciero! ya de joven, mataste a la pobre Bayuska, la secretaria de nuestro padre. ¡Asesino!
Nicolau, se derrumbó, declarándolo todo
−¡Todas las mujeres son unas zorras! te engatusan y luego se ríen de ti. ¡Sí, yo soy el hombre que buscáis!, ella me prometió amor eterno y luego se mofó de mi deformidad. Mientras la degollaba, la muy puta me mordió el dedo meñique.Lo de tu mujer y suegra, fue casual, yo solo entré a robar la daga que me pertenecía y ellas me descubrieron, tuve que degollarlas.
−¡Toma
Sacó un objeto del bolsillo y lo arrojó a los pies de su hermano − ¡tu maldita daga de empuñadura de marfil!
Resuelto el caso, Lestrade acompañó a Iván hasta la estación donde volvería a su querida patria, libre de cargos.
El asesino más buscado de Londres estaba a buen recaudo.

Mary Carmen Silvera
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II

A la mañana siguiente, acudió a la cárcel en busca de la persona que le había propuesto el juez. Fue escoltado por dos policías corpulentos, pues se trataba de un asesino atroz. En la celda, por cierto un lugar maloliente y desapacible, había una persona sentada en el único mueble de que disponía el lugar, leyendo el periódico. No levantó la cabeza, se quedó como si nada ni nadie hubiese aparecido. Uno de los policías gritó unas palabras en ruso y él lentamente se levantó. Lestrade pudo observar su mirada tristona y desafiante cargada de orgullo.
Se presentó y le dio la mano. Dijo su nombre, Ivaylo, y añadió, antiguo camarada ruso. Se alegró al comprobar que hablaba perfectamente el inglés. Por ello y porque no le dio la impresión de ser un tipo peligroso, pidió a sus acompañantes que se retirasen. Una vez a solas le explicó cuáles eran sus intenciones, si era capaz de resolver un caso que tenía a la policía de Londres desorientada, pero nada le mencionó del juez Petrovich, pues ese era el pacto que había hecho con él. Ivaylov aprovechó para contarle algo de su vida, le dijo que había pertenecido al cuerpo de policía secreta de Rusia, su madre era escocesa (por ello dominaba tan bien el inglés) y que fue culpado por un doble asesinato que jamás había cometido. Alguien le quiso quitar del medio. Luego no quiso decir nada más.
Se estableció un silencio entre ambos, había algo en su mirada, en su forma de hablar que le hacía inclinarse a pensar que decía la verdad.
Mañana por la mañana quedarás en libertad condicional, vendré a por ti y cogeremos un avión que nos llevará a Londres, dijo Lestrade. Espero que no se te ocurra ninguna tontería, te han dado una oportunidad y deberías aprovecharte de ella.
Se marchó de la prisión muy confuso, pensando en los motivos que le habían llevado a Ivaylov a estar en prisión y la vez bastante esperanzado en la resolución del caso, pues parecía una persona inteligente y conocedora de la profesión.
Durante el trayecto fue explicándole detalladamente el caso que les ocupaba; buscaban un asesino que, desde hacía un año, estaba sembrando el pánico entre las prostitutas de Londres. Todas ellas eran rusas, pero no habían encontrado nada que les pudiese dar alguna pista. Sospechaban sobre la mafia de este país, pero no habían podido averiguar nada que los relacionase.
Cuando llegaron al aeropuerto se despidieron. Lestrade le dio su teléfono y le indicó que le llamase nada más intuyese alguna cosa.
A la semana siguiente recibió una llamada. Quedaron en verse en una cafetería del centro de la ciudad. Quedó impresionado al comprobar que en unos pocos días había resuelto el caso. Parecía ser que tenía buenos amigos y contactos. Por supuesto nada le contó de todo ello, sólo la resolución y las pistas encontradas. El asesino, o mejor dicho la asesina, no era ni más ni menos que la esposa del comandante Petrovich. Parece ser que envuelta en un ataque de celos por las supuestas relaciones anteriores con estas prostitutas, la llevó a cometer estos asesinatos. Aprovechaba la excusa de realizar unas compras de ropa en Londres para cometerlos. Todo parecía indicar que un celebre detective de la calle Baker ya conocía el caso, pero fue sobornado y amenazado lo que le hizo retirarse y entregarse a la morfina .
Ahora Letrovich se encontraba inmerso en un gran problema. Por una parte estaba Ivaylov y él debía cumplir su promesa, y por otra sabía que sería amenazado, pero tenía que seguir adelante.
Al poco tiempo salió a relucir en la prensa y también la inocencia de Ivaylov, que había sido inculpado de los crímenes realizados por la esposa de Petrovich en Rusia. Sabía que por qué quería darle una oportunidad a Ivaylov de salir de la cárcel.

Trini Segura

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III

El jefe de policía solicitó entrevistarse inmediatamente con Molotov, como así se llamaba el convicto. Que a partir de entonces sería durante una temporada su compañero inseparable.
Cuando estaban solos frente a frente, Lestrade le explicó a Molotov el motivo de la entrevista. Acabada la exposición el convicto con un perfecto inglés acepto el reto. Ante la perplejidad del inspector el preso le dijo que su apellido no tenía nada que ver con su nacionalidad. Era hijo de un británico y de una rusa. Había adoptado el apellido de su madre para que la Interpol no pudiera detectar sus movimientos reales.
De regreso a Londres tuvieron tiempo suficiente para que Molotov le contara, a instancias del inspector, el motivo por el cual estaba detenido y condenado injustamente. Tranquilizó al policía en el resultado de la misión encomendada. Tenía experiencia en estos temas. Era detective privado en Liverpool y por motivos de una investigación había tenido que trasladarse a San Petersburgo. Estaba investigando un caso que le estaba absorbiendo totalmente su tiempo desde hacía dos años. Un tema muy importante a nivel internacional y que podía estar implicadas personalidades de varios países.
El policía no salía de su asombro al escuchar lo que su interlocutor le estaba contando. Molotov no quería dar más detalles del resultado de sus pesquisas, a pesar de la insistencia de Lestrade. Sin embargo, si que le explicó porque había sido detenido. Había empezado con un asunto de faldas, que se complicó con espionaje internacional. Conoció, nada más llegar a San Petersburgo, a una muchacha, con la que convivió en el apartamento de ella, casi desde el día que llegó.
Insistió en que era inocente de las acusaciones que pesaban sobre él. Sólo recordaba que se había despertado en la celda de la prisión después de beber un vaso de vodka con la muchacha. Le habían dicho en la cárcel que le encontraron inconsciente junto al cuerpo de la muchacha que presentaba dos cuchilladas mortales en su cuerpo. Sus huellas aparecían por todo el apartamento así como en el cuchillo ensangrentado que estaba junto al cuerpo de la muchacha. Estas huellas, según le dijeron, eran las mismas que otro chuchillo de otras características apareció junto al cuerpo muerto de un hombre a la orilla del río hacía unos días. Estaba inconsciente al caerse en su huída y golpearse en la cabeza con el borde de la mesa.
Empezó a dar una serie de detalles que el inspector tomaba nota en su negro cuaderno. Le dijo a Molotov que era para poder ayudarle a esclarecer la verdad, ya que la intención de éste era regresar a Rusia. Aunque estuviera libre de acusaciones quería terminar de aclarar el asunto que le había llevado antes allí y aprovechar para descubrir porque le habían inculpado.
Una vez en Londres, el inspector se acercó a la comisaría del aeropuerto, para, según dijo, hacer una llamada para que le prepararan una habitación en su casa para Molotov, iban a pasar una temporada continuamente juntos.
Al momento se les acercaron dos policías. Solicitaron la documentación del inculpado. Mero trámite ya que venían del extranjero. Inmediatamente, cuando Molotov alargó la mano con la documentación uno de los policías le puso las esposas. Ante su extrañeza, Estrade le comunicó que estaba detenido por todos crímenes que había realizado el Carnicero de Londres.
Tan gran cantidad de detalles de los asesinatos de San Petersburgo le hizo confirmar al inspector que tenía ante si al criminal que estaba buscando. La llamada al juez Petrovich confirmó que ellos estaban casi seguros de la identidad de Molotov. La propuesta que se le formuló fue para que pudiera descubrir lo que estaba buscando el inspector y le pudiera detener en Inglaterra, como así había sido. Se evitaban los dos países el papeleo de la extradición. Estaban de acuerdo las dos jefaturas de policía, la rusa y la inglesa y ambas con el juez Petrovich.

Alfonso Garrigós
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IV
Ya en Londres, Vladimir, no dudó en pasarse las noches en vela para estudiar el historial de los asesinatos con el fin de atrapar al asesino en el mínimo tiempo posible y así recuperar su añorada libertad. No tardó en atar cabos. Todos los asesinados tenían dos cosas en común, estaban casados y eran asiduos a casas de alterne.
Tenían que actuar rápido, el ruso se prestó voluntario como cabeza de turco para intentar pillar al asesino con las manos en la masa. Después de muchas noches frías y muchos clubs, el asesino no apareció. Volvió a coger los historiales y a pasarse las noches en vela. Su único sustento, café y donuts. No veía más relación que los maridos infieles, y los asesinatos seguían sucediéndose. Decidió volver a presentarse como voluntario para capturarlo en las casas de alterne pero cada vez que Vladimir entraba en acción, los asesinatos paraban, lo que le hizo pensar mal de Lastrade y sus compañeros. Su cabeza se puso a trabajar y empezó a descartar a gente hasta dar con el asesino.
-El forense –dijo el convicto sin dudarlo un instante.
-¿El forense?
-Sí, todos han muerto por heridas en puntos vitales que sólo él puede conocer.
-Hay muchos forenses en la ciudad. ¿Por qué el nuestro?
-Porque es asiduo a los clubs de alterne, porque está casado y vivo y sobre todo porque los asesinados habían sido vecinos suyos alguna vez y probablemente sabían de su infidelidad.
Acudieron en grupo a ver al forense, éste se vio acorralado y echó a correr sin éxito, lo agarraron rápidamente, y al ver su reacción supieron que era culpable.
-¿Por qué lo hiciste? –preguntó Lestrade, amigo de la infancia e incapaz de creer lo que allí estaba pasando.
-Ellos sabían de mi mala vida y no podía correr el riesgo de que desvelaran mi infidelidad.
William terminó entre rejas y Vladimir pudo disfrutar de la libertad que un doble asesinato, el cual no cometió, le había arrebatado.


Iván F. Chova
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V

El comisario se llevó la primera alegría al comprobar que el preso hablaba correctamente el inglés. El convicto también aceptó el trato.
Mientras viajaban destino a Londres, Lestrade puso en antecedentes, a grandes rasgos, de las circunstancias de los asesinatos. Destacó que todos los muertos eran presuntos malhechores que, por uno u otro motivo, habían escapado a la justicia.
En la comisaría analizaron las pruebas, comprobaron historiales, buscaron relaciones de unas víctimas con otras. El jefe Lestrade fumaba con preocupación y el condenado sonreía de vez en cuando y, como si estuviera jugando al ajedrez, ponía aquí una prueba, cambiaba de sitio una foto, comparaba nombres y fechas, sospesaba con cuidado el arma que se suponía había sido usada en uno, al menos, de los asesinatos. Todos los cadáveres tenían dos balas en el pecho. Todo parecía ejecutado con precisión, sin duda por una mano profesional.
Después de todo un día de trabajo en los despachos, el convicto pidió entrevistar a alguno de los testigos que figuraban en la lista. Lestrade hizo un gesto cansado, pero aceptando dijo: “Pero no intentes escapar”
Llamó mucho la atención del advenedizo investigador que todos los que fueron preguntados, a parte de no ser muy precisos en sus respuestas, miraban al jefe de policía con recelo, con temor, y bajaban los ojos o se restregaban las manos cuando era la autoridad, personalmente, quién dirigía las preguntas.
Cuando regresaron a la comisaría, el genio criminal dijo:
- Tengo una teoría, aunque me faltan un par de piezas por encajar. ¿De verdad quiere atrapar al asesino?-. Y ante el gesto afirmativo de Lestrade, continuó:- Déjeme rumiarlo bien esta noche y mañana se lo diré.
Al día siguiente, el genio criminal llegado de San Petersburgo, amaneció muerto en la celda donde había dormido.
El Carnicero de Londres podía seguir limpiando de malhechores su querida ciudad.


José Climent
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VI
Nada más llegar a San Petersburgo llamó a sus nietas Martina y Olga, vivían con él, su madre había muerto, después su padre las abandonó. No se olvidó de recordarles que tenían que dejar de fumar esos pitillos mentolados sin boquilla que ya viciaron a su progenitora. En dos meses se jubilaba y no quería ser un fumador pasivo de tal vicio.
Cenó y se acostó pronto, al día siguiente a primera hora tenía que verse con Romano, el genio criminal.
Sonó el despertador, una ducha fría y rápida, y un café bien fuerte. Petrovich lo recogió y fueron a Kresty. Todo muy protocolario. Al ver al genio criminal una imagen de sí mismo le vino a la cabeza. Sin decirse una palabra Lestrade le entregó los dossiers confidenciales de los asesinatos. Un vistazo a las fotos de las mujeres con sus pulmones fuera de sus pecho bastaron para que supiera de quién se trataba. Aún de pie, el genio criminal muy tranquilamente le dijo: “Viajamos a Londres”; “es un inglés de Londres”, pensó el comisario.
A Romano le dieron un traje gris con raya diplomático, camisa azul, zapatos de cordones, sombrero de fieltro y un abrigo. Mientras, el juez expidió un pasaporte de nacionalidad rusa y británica y firmó la orden de su viaje a Londres.
Lestrade fue al hotel a recoger sus cosas. Se verían en el aeropuerto.
Dos agentes de la Seguridad Nacional Rusa, Romano y Petrovich se dirigieron al aeropuerto.
Ya estaba allí Lestrade. No podía creerlo pero cuando volvió a ver Romano pensó en el día de su boda. ¿Qué extraño poder tenía aquel criminal de evocarle a sí mismo?
Subieron al avión, se sentaron separados. El comisario se quedó dormido nada más despegar, llegando a Londres se despertó, había estado soñando y él aparecía en su sueño. Se levantó y se sentó junto a él, le preguntó:
−¿Sabes quién ha sido?
−Sí.
−¿Puedes decírmelo?
Sí – y en voz baja y calmada le contestó- tu hijo, mi hermano.

Lala Escrivà
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VII
Solicitó ver al convicto cuanto antes. Había que ganar tiempo. En la sala de interrogatorio tuvo frente a si al diabólico criminal que había matado a dos jóvenes en un parque de atracciones. Su frágil aspecto no reflejaba en absoluto la mezquindad que guardaba dentro.
¿Qué inspector, tiene problemas? - Le espetó desafiante
Lestrade se asombró de su perfecto inglés. Dominic Sterlik, -decía su ficha-, emigrante polaco que estudió en Chester y ahora estaba afincado en Rusia.
-Déjese de preguntas irónicas. Si es Vd. inteligente, me ayudara.
Lestrade quería saber de primera mano por qué una persona como él, de apariencia normal, había matado a sangre fría a dos muchachas. La pregunta fue directa:
-¿Por qué eligió a aquellas jóvenes?
-¿Y por qué no? –contesto Sterlik
-¿Quiere decir que las victimas fueron elegidas al azar?
-Por supuesto. ¿O acaso tenía que encariñarme con ellas?
-Entonces es Vd. más cruel de lo que imaginaba
-Mire inspector, no me venga con monsergas. La vida también es cruel.
Lestrade estaba furioso, paseo por la habitación para calmar su ira y de pronto pegó un golpe seco en la mesa.
-Oiga majadero, ¿quiere salir de la cárcel o no? No me haga perder más tiempo.
-Yo también perdí mi tiempo, mi trabajo, mi casa y ¿a quién le importó? Después de quince años trabajando sin descanso, lejos de Joana, mi mujer, se limitaron a despedirme con una simple nota: “Señor Sterlik, prescindimos de sus servicios. Pase por el departamento de Recursos Humanos”.
De pronto a Lestrade le sobrevino una cuestión. ¿Y si aquellas chicas de Londres hubieran sido víctimas de un desaprensivo como Starlik, cuya única razón era haber perdido su trabajo?.
Todas ellas fueron encontradas en el parque cercano a “Fryman Businness”.
Se abría una nueva vía de investigación.
Marga Pérez

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VIII
El juez Petrovich llamó a Leonarosky, condenado unos cuantos años antes por un doble asesinato, y le planteó la cuestión:
−Leonarosky, quiero recordar que en su testimonio Vd. dijo conocer a un personaje, con el que vivió ciertos pasajes de su vida, algo revueltos y turbios, que pudieron influir en su comportamiento. ¿Podría facilitarme algunos datos concisos de su relación con esa persona?. En esta concesión iría implícita, quizás, su libertad.
El convicto abrió los ojos a la par de los oídos para escuchar mejor lo que le decía el juez.
−¿Cómo dice?
−Lo que acabo de relatarle. Su libertad a cambio de información. Le aclaró Petrovich.
Leonarosky empezó su historia:
−¿Se acuerda del relato de mis contactos con Tonovich en el orfanato, donde estábamos y que allí nos hicieron pagar las escuchas que oíamos y los movimientos que veíamos?
−Sí, algo quiero recordar, pero por favor, vuelva a contármelo.
−Pues, Tonovich y yo siempre nos quedábamos rezagados en la capilla y así pudimos observar cómo entraban oficiales del ejército, convivían con las religiosas e intercambiaban información acerca del gobierno.
En cuanto pudimos las chantajeamos e intentamos sexualmente lo mismo con ellas.
Al principio accedieron pero luego nos traicionaron y nos acusaron del robo de un dinero que las religiosas entregaron a un teniente para que no las delatase.
Aquello ocasionó un desequilibrio en Tonovich y un rechazo total hacia cualquier hábito llevado por mujeres.
Con el tiempo, Tonovich desapareció de San Peterburgo y perdí su rastro. Poco después, también yo salí del orfanato. Pero, los acontecimientos dejaron en mí la misma inclinación y la misma reacción ante los hábitos. De ahí, mis dos ejecuciones efectuadas contra la superiora y su ayudante cuando intentaron, en aquél día de invierno, conducirme dentro del refugio para protegerme de la calle.
El juez Petrovich le preguntó:
−¿Volvió a contactar con él?
−Sí, poco antes de mi delito. Respondió Leonarosky.
−¿Y cómo era físicamente?
− Tenía el pelo raído, le faltaban dientes y su aspecto era el de un enajenado con ojos saltones y mirada extraviada.
−Gracias, Leonarosky, me ha ayudado. Con esos datos se conseguirá su detención. Si resultase cierto lo que me ha contado y la descripción fuera acertada, tramitaremos su libertad.
Así fue cómo Lestrase, jefe de la policía, consiguió su medalla al mérito policial y la captura del “Carnicero de Londres”se hizo efectiva.
Del entramado de la cuestión, como era de suponer, nunca se habló.

María Luisa Munuera