lunes, 7 de febrero de 2011

INOCENCIA

PSIQUIATRÍA

Tumbado en el sofá miraba el reloj mientras cruzaba los dedos. A veces pensaba que era un poco tonto, que el tío ese que se decía psiquiatra le tomaba el pelo y le sacaba el dinero.

Don Benito, con sus gafas sin montura, su chaqueta sin botones y sus zapatos sin cordones (a veces también pensaba que su cerebro sin emociones), ojeaba unos papeles a los que llamaba “su historial”. ¡Qué historial ni que niño muerto! ¿Qué sabría el chupatintas tan estirado de lo que le pasaba a él?

Cuando en la primera cita le contó que veía personas transparentes, que hablaba con espíritus que le contaban chistes y cotilleos de la gente del barrio y que podía leer el pensamiento a los animalitos de la calle, estuvo en un tris de que el hombre de las gafas invisibles le metiera en el manicomio. Sí, ya sabemos todos que ahora se llaman sanatorios mentales, pero a él no le engañan, sabe que son los mismos perros con diferentes collares.

El tipo rancio con diploma colgado detrás de su cabeza, hizo un gesto de paciencia infinita y se limitó a recetarle pastillas, quilos y quilos de pastillas. Pero él supo que tantas pastillas le iban a poner peor de lo que estaba, así que se limitó a tomarse las verdes, sólo las verdes, que además de saber a mojito, debían ser las más ecológicas, por el color, claro.

Y todo eso por no hacerle caso a su madre que desde muy pequeño ya se lo decía:”Hijo mío que eres el espejo de la inocencia, que tienes grandeza de alma y corazón de jilguero. Tienes que ser más listo y no ir contando por ahí tus intimidades”.

Le llevaron al loquero por primera vez cuando, en plena calle, discutía abiertamente con alguien invisible. La cosa no llegó a las manos porque una paloma blanca le avisó, digamos que telepáticamente, que si se enzarzaba a hostias con su contrincante, iba a salir muy mal parado. Y él podía ser muy inocente pero no le gustaba que le zurraran la badana.

En fin, no queda ya mucho tiempo, pensó. Así que en cuanto el Benito este acabe de apuntar todas las chorradas que le ha contado hoy, le pagará los cincuenta euros (¡qué lástima de capital!), se largará del asqueroso sofá que huele a gomina del pelo y a colonia de los chinos, y va a liarse con los espíritus graciosos que le alegran la vida.

Pero lo que no sabe es que hoy no habrá chistes ni chismes. Hoy jugaremos al escondite porque yo he encontrado una guarida donde le va a ser muy difícil encontrarme.

José Climent

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¡Ay! ¡Vaya con la abuela Inocencia!

Ella era una anciana activa, con su pelo blanco, muy trabajadora, que tocaba el piano y que sólo abría su boca para dar órdenes a su hija y a sus nietas.

Era tan inocente que sus acciones y mandatos produjeron la separación de su hija y yerno, hace muchos años, cuando nadie se separaba.

Era tan inocente que sólo ponía dificultades cuando sus nietas iban a pasar algunos días con su padre.

Todas las niñas que iban a jugar a su casa, la rodeaban cuando tocaba canciones al uso en su piano, incluso se atrevían a tararear alguna; de pronto, se levantaba, fruncía el ceño y ellas la miraban inocentemente, a veces con temor, por si se enfadaba cuando no le gustaba el juego que tenían, o le parecía que molestaban a los gatitos o hablaban demasiado alto; hasta el pobre Pirri, canario cantor, dejaba de piar cuando la abuela Inocencia pasaba por delante.

A la salida del Colegio, iba sonriente a llevarles la merienda a sus nietas y siempre tenía alguna palabra desagradable para las otras niñas:

— ¡Qué cochina vas!, ¡Dile a tu mamá que te corte el pelo!, ¿En tu casa no hay jabón?, etc.

Como era tan inocente no notaba la vergüenza que pasaban sus nietas y amiguitas y seguía sonriendo y saludando a todos los transeúntes.

Evidentemente, la abuela Inocencia no merecía llevar ese nombre.

Pilar Viñao

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COSAS DE LA INOCENCIA

Fernando estaba terminando de atender a una señora en su tienda de regalos. Pensaba colgar el cartel de “vuelvo en 5 minutos” e irse a tomar un café. Mientras terminaba de envolver algunos paquetes, observó que entraba una niña de unos diez años. No le dio importancia, no creía que le entretuviera mucho, seguramente su madre la había mandado comprar algo.

La señora seguía contándole dónde se iba de vacaciones y para quién eran los regalos que había comprado. ¡Qué pesada, cuándo iba a dejar de hablar! Necesitaba el café. Ya le había cobrado y empezaba a despedirse cuando miró a la niña justo en el momento en que ésta escondía un pequeño jarrón de cristal debajo de su jersey.

¡Ya lo que me faltaba una mocosa intentando robarme! —pensó. Salió de detrás del mostrador de un salto muy indignado, con muchas ganas de darle un bofetón por su osadía y la tomó del brazo antes de que llegara a la puerta.

— ¡Eh! ¡Suelta ahora mismo lo que te has escondido debajo del jersey!

La niña quedó paralizada por el miedo y por la mano que la sujetaba con fuerza.

— ¿Te parece bien lo que estás haciendo, no te da vergüenza? Me vas a decir inmediatamente el teléfono de tus padres y los voy a llamar para que vengan a buscarte, les voy a contar lo que has hecho.

La criatura no podía ni soltar palabra.

—Te vas a quedar aquí y no vas a salir hasta que me lo digas.

Llevaban díez minutos en silencio cuando estalló en sollozos.

Fernando, más tranquilo, sintió lástima —Al fin y al cabo es una cría no hay que asustarla más —pensó.

—¿Para qué quieres tú eso ? No se pueden coger las cosas sin pagar.

—Era un regalo para mi madre, por el día de la madre. Con el dinero de mi hucha no tenía bastante, sé que le gusta pero no se lo puede comprar —dijo entre sollozos, con aquella cara de inocencia que hizo que Fernando pasara a sentirse culpable por haberla tratado de aquella forma. ¡Vaya tarde que le había dado la niña!

Terminó por envolverle el jarrón para regalo y entregándoselo la dejó ir.

Por fin pudo colgar el cartel de “Vuelvo en cinco minutos”.

María José Almeida

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Desde que habían llegado a casa, Laura se dio cuenta de que algo rondaba a su pequeña, siempre alegre y dicharachera.

Su afán por saber no tenía límites. Su expresión favorita era por qué.

¡Había deseado tanto esa niña! Su sueño de ser madre se había cumplido con creces.

Ese día, María estaba inusualmente callada, sólo llegar se puso a dibujar en su cuaderno, apenas contestó con monosílabos a las preguntas de su madre cuando normalmente era ella quien le tenía que recordar los deberes mientras la niña, entusiasmada, se empeñaba en relatarle todo lo que le había sucedido en el colegio.

De vez en cuando levantaba la vista de la libreta y se quedaba arrobada mirando a aquella figura que lo era todo para ella.

Laura, observándola de reojo, esperó paciente la pregunta pero la pequeña bajó los ojos y siguió pintando. Después de bañarla peinó sus cortos y finos cabellos, su hija le miró muy seria a través del espejo y moviendo su cabecita dijo, como si hablara consigo misma, —no lo entiendo. Por qué Julia dice que no soy tu hija si somos iguales.

El comentario le pilló tan de sorpresa que Laura, con el cepillo en la mano, paralizada, no supo contestar.

Se quedó mirando la imagen que le ofrecía el espejo: ella, rubia, ojos verdes y con una nariz demasiado grande, sembrada de pecas; su hija, ojos negros y rasgados, con una suave cabellera morena enmarcando una hermosa carita redonda.

Recordó aquel día, cinco años atrás, cuando después de un largo y penoso camino, pudo entrar en casa con su adorable criatura de apenas unos meses.

Ahora, abrazada a su hija lo vio: la misma adoración, el mismo cariño, el mismo brillo en los ojos, la misma ternura en los labios.

Emocionada, apenas atinó a decir —sí, cariño, somos idénticas.

Una gran sonrisa de triunfo iluminó el rostro de la pequeña.

Laura lloró. En el espejo, mirándole con ternura, reconoció el hermoso rostro de la inocencia.

María José Frasquet

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LA INOCENCIA DE PANDORA

Pandora, deja resbalar sus dedos por la caja salpicada de esmeraldas.

— ¿Qué pretende el rey del olimpo regalando una misteriosa caja, a la bella joven que ordenó crear? —Y más aún, reflexiona — ¿Por qué le prohíbe abrirla?

Inocencia la observa, no puede reprimirse.

— Espera, no te dejes arrastrar por la codicia del futuro conocimiento —interviene—. Convendrás conmigo, que descubrir lo oculto supone exponerse, no sólo a la expectante ilusión, sino también al saber dolorosamente incierto. Una vez se conoce, ya no se puede olvidar. Y entonces, es el recuerdo el que nutre nuestra satisfacción o nuestro sufrimiento.

Pandora le dirige una mirada de descontento.

— Sin embargo, la ausencia de conocimiento, no implica precisamente sabiduría — replica Pandora en tono grave y con cierta sorna.

Inocencia esgrime una sonrisa turbia. Siente que Pandora está en lo cierto. Su existencia se halla supeditada a la sorpresa, a la capacidad de asombrarse, al desconocimiento. No obstante, calla.

— Es la curiosidad el origen de tu esencia — puntualiza Pandora, mientras se dirige al estanque buscando su reflejo en el agua.

— Eres tremendamente hermosa —asegura Inocencia—. Pero tus ojos esconden

el parlamento de tu corazón. No te muestras. No sé quién eres. Y mi pregunta es: ¿y tú, lo sabes?

Pandora introduce los pies en el agua, con el talante teñido de ironía responde:

—Un bello y malicioso conjuro de los dioses, el regalo de Zeus, la primera mujer mortal, la esposa repudiada de Prometeo, la esposa aceptada de Epimeteo, la centinela de la caja, la esclava de la ignorancia, el albergue de la futura e inquietante culpabilidad.

— Si abres la caja…—comenzó a decir Inocencia de forma impulsiva.

— Si la abro, sabré. Y el tormento de la falta me perseguirá- confirmó Pandora.

— ¿Y si no la abres? —inquirió Inocencia con ingenuidad.

— Si permanece cerrada, la felicidad previsible y tosca en conocimientos, me robará la vida. Y a ti, te condenará a la monotonía y al tedio eterno —expresó con rotundidad, al tiempo que comenzaba a impulsar con los dedos la tapa de la caja.

Pandora lloró. Aunque, por más que sus ojos visionaron desgracias y aberraciones, no cejó en la voluntad de conservar lo único aún permanecía preso: la esperanza. Una esperanza ciega, sí. Pero por lo mismo, cercana a la desesperación, el miedo o el sufrimiento de cualquier humano. Gracias a ella, el anhelo de salir indemne ante la adversidad se sustenta y la Inocencia que le acompaña pervive.

Ana María Orta


martes, 1 de febrero de 2011

ALGO ESTÁ PASANDO

Rodaba el coche sobre la carretera conducido por Raúl.

Mientras guiaba escuchaba música a todo volumen.

Era de noche, las luces no iluminaban muy bien la carretera y la niebla empezaba a extenderse.

De pronto un extraño y seco ruido lo alarmó, no había salido de su asombro cuando otra cosa cayó encima del coche. Se detuvo y bajó.

Nunca había visto nada semejante. Del cielo caían pájaros muertos, la carretera estaba llena, uno de los animales le rozó el hombro.

Sintió miedo y algo asustado entró en el coche, pisando el acelerador escapó de aquella pesadilla.

Estaba un poco alterado y le venían a la mente escenas de muerte.

¿Qué está pasando? —se preguntó.

Por unos instantes olvidó a dónde iba y qué hacía en aquella carretera.

Salió de la habitación del hotel sin lugar ni rumbo fijo. Sólo observaba lo que sucedía a su paso.

Al cabo de unas horas conduciendo, se sintió cansado, se detuvo y durmió.

No supo el tiempo que pasó.

Amanecía, tenues rayos de sol le dieron los buenos días y unos golpes en los cristales le despertaron.

— Señor, salga del coche—dijo un policía,

Raúl se frotó los ojos, no entendía nada.

—¿Qué pasa, agente, he hecho algo mal?

— No señor, sólo que ha estado durmiendo al lado del lago “Azula”, donde han muerto miles de peces, y no sabemos por qué. Debe irse, este lugar está contaminado.

—¿Peces, no eran pájaros?

— ¿Se encuentra bien? —dijo el policía.

— Sí, algo despistado, creí que estaba en Lukansa, donde ayer vi pájaros muertos.

— Cierto, allí también cayeron pájaros del cielo.

Ayer, pensó. Estoy muy lejos de Lukansa. No encontraba explicación a lo que estaba pasando. ¿Acaso lo habría soñado?

Subió al coche y conectó la llave no sin antes echar una ojeada al lago, lleno de peces muertos.

Se entristeció, toda esta situación le estaba afectando mucho. Necesitaba un café, a unos metros vio un bar, paró y entró.

Estaba tomando el café cuando sus ojos divisaron un periódico encima del mostrador. En grandes titulares ponía: “Miles de abejas están muriendo. Peligra la cadena de polinización”.

Un temblor recorrió todo su cuerpo, tuvo que sostenerse en la barra, ¿se estaría volviendo loco? Miró a su alrededor y todo parecía normal.

Parecían irreales los acontecimientos vividos en las últimas horas.

Pasó un largo rato con la mirada perdida.

Recordó cuando escapó de aquella habitación de un hotel sin rumbo, sin causa por la que sentirse vivo. El destino le mostró el camino de una manera extraña.

Respiró fuerte, pagó y salió a la carretera.

Era biólogo y lo había dejado por aquella depresión. Ahora era hora de volver.

Araceli Banyuls

miércoles, 26 de enero de 2011

ELLA ES LA CULPABLE


José Climent Prats es un fiel asistente del Taller de Creación Literaria. Cada tres o cuatro meses publica los relatos o poemas que escribe en una autoedición, con un número pequeño de ejemplares.
Su humor, creatividad y laboriosidad es destacable.

jueves, 20 de enero de 2011

JOAQUINA BARBA visita el Taller

La escritora Joaquina Barba visitó el Taller de Creación Literaria. Compagina su pasión por la literatura con su tarea docente.
Se dio a conocer en el mundo de la literatura juvenil con "Sonia i els maquis" publicada por Tabarca en 2003.





Su última obra, publicada en 2010 por Ediciones Bullent " SOS! BULLYING" ha acaparado la atención de docentes y un gran público juvenil.

OBSOLESCENCIA

(Se denomina obsolescencia planificada (también conocida como obsolescencia programada) a la determinación, planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio).

MI SUPER LAVADORA
La lavadora iba a cumplir diez años cuando, por primera vez, me dejó tirada. Sabía que tarde o temprano, dejaría de funcionar, y sin embargo me pilló de sorpresa. Bueno, si he de ser sincera, ya llevaba algún tiempo mirando prospectos, quedándome clavada ante el televisor maravillada por los progresos de la técnica.

Decidí llamar a Ángel, el técnico de la familia. Le conocía desde siempre. Cuando algo se estropeaba en casa, mi madre siempre recurría a él. Me recordaba a la ya desaparecida figura del médico de familia, ese señor de apariencia seria que, sin embargo, era todo paciencia y delicadeza cuando del paciente se trataba. No le importaba el tiempo, escuchaba tus problemas, como si no hubiera nada más importante en el mundo. Así era Ángel ante una máquina, la inspeccionaba con detenimiento, se adentraba en sus entrañas con la pericia de un cirujano, y cuando detectaba la avería con suma delicadeza la reparaba. A penas llegar, impecablemente vestido con su inconfundible caja de herramientas (siempre me ha asombrado lo que podía sacar de ella), se dispuso a examinar la lavadora sin hacer mucho caso de mis negros presagios. Yo mientras tanto, no dejaba de hablarle de los nuevos modelos, su gran capacidad, sus múltiples prestaciones, sus hermosos diseños…´Tan enfrascada estaba en mi perorata que no entendí lo que en ese momento trataba de explicarme. Para mi sorpresa, me aconsejaba que arreglara la avería ya que esa lavadora era una mina. Ya no se fabrican ni se fabricarán máquinas como ésta, me dijo muy serio. En principio, me sentí contrariada ya que la ilusión de tener una lavadora de última generación se me venía abajo, pero algo en mí me empujó a hacerle caso, al fin y al cabo, él era un profesional de absoluta confianza.

Hoy, después de veinte años, sigue funcionando como el primer día, y cuando oigo las quejas de mis amigos sobre lo poco que duran hoy en día los electrodomésticos, no puedo dejar de pensar en mi flamante y fiel amiga, mi Súper lavadora.

Mª José Frasquet Todolí


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¿OBSOLETO?


Aquel día, nuestro frigorífico dijo: ¡No! Había sido un regalo de boda y llevaba con nosotros una pila de años. Era de una marca conocidísima, que presumía de enfriar bastante más que otras con las que competía en el mercado. Descendía de aquellos frigoríficos de madera, en los que se introducía el hielo y ellos hacían el resto, sin necesidad de energía eléctrica.

Éste, hubiera seguido funcionando, si no hubiera sido porque una tormenta de verano con su consiguiente descarga eléctrica, ocasionara la quema del motor Nosotros nos resistíamos a jubilarlo, porque su comportamiento en tan larga vida, había sido ejemplar.

Cuando el técnico llegó, lo examinó con detenimiento y a continuación aconsejó la renovación, porque la sustitución del motor era tan cara como la compra de uno nuevo.

Al despedirse de nosotros, desde el umbral de la puerta, giró la cabeza y añadió: Cuando compren otro frigorífico, ¿les importaría darme éste, en vez de tirarlo?

Quedamos sorprendidos, porque esta frase no guardaba relación con su consejo de técnico. Así que, le preguntamos:-¿No decía usted que estaba inservible?

Su respuesta no se hizo esperar: -Es que nosotros le ponemos un motor de segunda mano, del desguace, y lo alquilamos o vendemos para su utilización en campings de la zona. Eran los años 60, cuando estas situaciones y otras parecidas se daban con asiduidad.

Nuestro frigorífico tuvo una larga vida veraniega y multifamiliar y el hueco que dejó, fue rápidamente invadido por otro modelo más moderno, y después por otro, porque de forma apresurada, todos ellos se iban quedando obsoletos.

Lola Júdez

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LA BUFANDA

Andrés caminaba cabizbajo arrimado a la pared. El frío había invadido las calles y pasear había dejado de ser agradable. Los chicos jóvenes, abrigados con chaquetones de última generación, corrían con sus monopatines y lucían complacidas sonrisas que parecían brotarles de aquellos auriculares que ocupaban sus oídos.

A veces echaba de menos alguna de aquellas prendas de abrigo, porque el suyo, perdido el color y raído, apenas le daba calor. Llevaba demasiado tiempo sin su trabajo, una labor que realizaba a conciencia y con precisión, porque su jefe le dijo que no se ponía al día, que la falta del conocimiento y manejo de los nuevos artilugios electrónicos que invadían el mundo, eran un impedimento para prestar un servicio adecuado a los clientes.

Mientras anda con ritmo cansino se abriga bien con la bufanda tan pasada de moda que casi se avergüenza de ella. Mientras camina recuerda cómo perdió el empleo, la casa, el coche, la familia, todos sus bienes, en fin.

Mira las nuevas fincas, brillantes, llenas de adornos, y las compara con el húmedo rincón bajo las escaleras del parque del que ha hecho su dormitorio, su hogar. Allí no hay modas, ni hijos, ni televisores espectaculares que lanzan al aire las miserias de la gente, la violencia de un mundo que corre hacia adelante porque teme que si se detiene se le va a acabar el espacio, el tiempo, la comodidad, la vida.

Llega a su rincón, se envuelve en un cartón y su vieja manta y come unos mordiscos de un mendrugo de pan. Le alertan unos sonidos que le inquietan. Busca con la mirada y ve un pequeño gatito que, tiritando de frío, no sabe dónde meterse. Lo coge con cuidado, lo acuna ligeramente, se quita la vieja bufanda tan pasada de moda y, mientras envuelve con ella al indefenso animal, piensa qué habría hecho con ella si fuera nueva y de última moda.

José Climent

Otro final: ... piensa que en la vida nada hay más obsoleto que la locura de vivir sin vivir.

Otro final: ... piensa que nada hay obsoleto si todavía a alguien le sirve.

Elige el que más te guste. PREGUNTA: ¿Es la nostalgia algo obsoleto?

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OBSOLETISMO MUSICAL

El primer casete, que el padre de Tomas le compró fue ”La cagaste Bud Lancaster” de Hombres G, luego vinieron La Unión, Alaska y Dinarama, Héroes del silencio. A veces las contaba y tenía más de doscientas, entre originales y grabadas en aquellas cintas tdk de sesenta y noventa y pasaba horas diseñando sus propias portadas. Y cómo olvidar aquel primer disco compacto “Dangerus” de Michael Jackson casi te podía cortar el sonido, pulcro, limpio que salía de aquellos primeros reproductores de CDs que su padre resignado, se apresuró a comprarle.

Su afán por el coleccionismo hizo que su cartera temblara cada vez que pisaba una tienda de discos, y su espacio, cada vez más limitado, hizo que las pobres cintas pasaran a ocupar varias cajas en el trastero.

Sufría grandes neuras melómanos; igual compraba CDs de Led Zepellin, Rolligs Stones o The Who, un mes le daba por el rock clásico y al siguiente por los años ochenta y barría la estanterías con todo lo que encontraba de Depeche Mode, Duran Duran o Simple Minds, pero el tiempo pasa implacable. Ahora en casa de sus padres duermen todos y por las noches lloran, pero nadie les oye.

En su casa tiene un disco duro de quinientos gigas con toda la música que un mortal puede soñar y a veces piensa en lo poco que le ha costado conseguir.

Para el día del Padre, asesorados y financiados por su madre, sus hijos le han regalado un tocadiscos, imitación de los pik-ups que se fabricaban en los sesenta, y ahora se pasa todas sus horas muertas buscando viejos vinilos en el Ebay.

Francisco Escrivà Costa

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Ja han passat els Nadals, temps de consumisme.

Hi ha coses que caduquen i altres que no, encara que hui en dia procurem retirar de la circulació alguns efectes personals com la roba o jocs, que per tindre uns quants anys ja, s’han quedat obsolets o passats de moda.

Segur que tots hem aprofitat el Nadals per a donar o canviar eixos objectes que van envellint a les nostres cases: un ordinador de 13 anys que costa d’engegar, una cafetera ennegrida, la planxa que no funciona bé, una aspiradora que s’atura, etc.

Parlem de roba? ¡Ai! Les esportives noves, calces amb dibuixos, la jaqueta llarga, botes altes, jersei amb estampat geomètric.

Alguns esperen aquest temps de consum per a procedir així a l'Obsolescència Planificada

que manen els cànons del bon consumidor.

Però, ja se sap: per al bon consumidor, tots els moments són bons i ara vénen les rebaixes.

Pilar Viñao



viernes, 24 de diciembre de 2010

TEMPS DE NADAL




TEMPS DE NADAL
Villancico de Pilar Viñao, Paco Escrivà y Araceli Banyuls

En aquest temps de Nadal
ha nascut un xicotet,
si em preguntes com li diuen,
et diré que el Jesuset.
És nat en un portal,
està nevat i fa fred.
Els alumnes del Taller
li oferim aquests versets.
Ja cantem, ja bevem,
ja estem calentets,
mengem polvorons
i bevem vi moscatell.
Ja ha arribat el Nadal
al Taller de Creació
i Adriana ens ha fet crear
aquesta nadala amb humor.
I després tots junts
la cantem amb il·lusió
per a desitjar-vos a tots
Bon Nadal i millor Any Nou.

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LOS CINCO PASTORCITOS DEL TALLER

Villancico de Julia Vidal, Mª José Frasquet, Pepe Climent, Alicia Moeller y Lola Júdez.

Venimos aquí a las cinco,
fum, fum, fum.
Y escribimos entre cinco,
fum, fum, fum.
Llegamos con ilusión
De ser famosos un montón
Seguimos normas de Adriana
Porque a ella le da la gana,
fum, fum, fum.
Ya viene la Navidad,
fum, fum, fum.
Con turrón y mazapán,
fum, fum, fum.
Ya las panderetas suenan
Si te acercas al Portal
Y los cinco pastorcillos
Cantan juntos a corrillo,
fum, fum, fum.
Si lotería no toca,
fum, fum, fum.
A ninguno nos importa,
fum, fum, fum.
Porque alegría nos sobra
Tanto en verso como en prosa
Y desear felicidad
Esta bella Navidad, fum, fum, fum.



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LOS CINCO ESCRITORCILLOS
Villancico escrito por María José Almeida, María Luisa Munuera, Rosario Berga, María Luisa Picornell y Pepe Tejada

Pero mira como vamos
todos al taller,
pero mira como vamos
con ganas de aprender.
Escribo,
corrijo
y vuelvo a corregir,
entre puntos y comas
volvemos a escribir.
Adriana nos insiste,
que pongamos los acentos
y los puntos suspensivos
olvidemos de momento .
Pero mira como vamos
todos al taller,
pero mira como vamos
con ganas de aprender.
Escribo
corrijo
y vuelvo a corregir
entre puntos y comas
volvemos a escribir.
En el certamen de Enero
pensamos participar,
con los textos que escribimos,
vamos seguro
a ganar.
Pero mira como vamos
todos al taller,
pero mira como vamos
con ganas de aprender.
Escribo corrijo,
y vuelvo a corregir,
entre puntos y comas
volvemos a escribir.
Los alumnos del taller,
esperan con ilusión,
que el 2011 que entra
escribiremos mejor.

lunes, 20 de diciembre de 2010

CURIOSIDAD INFANTIL

(Fotografía Human Watching)


Luisito suele ir con sus papás al final de la playa donde hay menos gente. A él le gusta mucho el mar y sobre todo, jugar con la fina arena.

Hoy ha bajado a las once. Mientras sus padres nadan o leen en sus hamacas, él, con su gorrito, excava un gran hoyo para sentarse dentro.

¡Ha tenido suerte! Enseguida le ha salido un poco de agua en el fondo y así puede erigir una gran muralla con almenas alrededor de su refugio. Cuidadosamente, va sacando arena mojada y haciendo hermosos conos que parecen rocas.

¡Ya ha acabado!. Contento y satisfecho se sienta en su interior y con brillantes ojos, observa a su alrededor: una pareja pasea a la orilla del mar; más allá unos niños hacen castillos pero son más feos que el suyo, un bebé quiere comerse la arena y su hermana no le deja.

Lentamente, para no estropear su obra, sale, recoge una cañita, coloca un pañuelo en su extremo y la pone sobre el cono más alto.

Ve a sus padres que le miran sonriendo, él les llama para que contemplen su obra de arte. Se levantan dejando sus libros, pero, al mismo tiempo, pasan dos niños corriendo que rompen su castillo.

Él comienza a llorar pero sus padres le abrazan y los tres juntos vuelven a rehacer el refugio.

Pilar Viñao

Juan y Pedro

El incendio se extendía, cundía el pánico, las sirenas de los bomberos parecían acercarse ¡Qué miedo! ¡Qué horror! Los vecinos tenían el corazón encogido.

Sacaron a una persona, parecía inconsciente, a otra con una tos inquebrantable. Se dirigieron hacia el hospital.

Me llamaron para declarar lo que había visto y tuve que decir la verdad. Desde mi balcón se divisaba el maravilloso jardín de dicha casa, que más bien era una casona del siglo XVIII, muy bien restaurada.

La gente se miraba estupefacta, hasta que descubrió que las víctimas del accidente eran Juan y Pedro, unos actores de primera magnitud. La acción era la base de sus películas, su trabajo era extremadamente perfeccionista, entonces, el simulacro pareció más real que ficticio.

Julia Vidal Martínez

VICTORIA

El movimiento rítmico de sus piernas denotaba la tensión, sentado en el banco del vestuario, con los brazos cruzados, esperaba su turno. Se colocó las muñequeras y respiró profundamente mientras el levantador que le precedía saltaba al parquet.

La megafonía bramó su nombre; la barra con los pesos a los lados ya estaba preparada en el centro del escenario. Se situó delante de ella, no sin antes lanzar una mirada fugaz al público y a ese asiento, vacío por primera vez en mucho tiempo.

Puso sus enormes manos en la barra, flexionó las rodillas, y respiró aprovechando esos escasos segundos de concentración máxima, descargó con un grito ahogado toda su fuerza, la barra se elevó por encima de su cabeza durante los 3 segundos reglamentarios, los 3 segundo más importantes de su carrera deportiva..

Los aplausos atronaron en el pabellón mientras la megafonía anunciaba el nuevo record “210 kilos en arrancada”.

Veinte minutos después, tomaba un taxi en la puerta del polideportivo para dirigirse al hospital, el nerviosismo y la tensión crecían dentro de él y el cansancio empezaba a florecer. Afortunadamente el tráfico respetó su prisa y enseguida llegaron a su destino.

Subió a la tercera planta y preguntó por su mujer. Después de un rato, que se le hizo eterno, una enfermera de blanco inmaculado salió del paritorio con un bebé en sus brazos: una niña de 3 kilos 450 gramos.

La cogió con toda su delicadeza y la elevó por encima de su cabeza durante tres segundos. Esta vez no hubo aplausos pero fueron los tres segundos más bonitos de su vida. Os presentamos a Victoria.

José Tejada

TIERRA TRÁGAME

¡Tierra trágame! —exclamó Alicia, enfundada en su abrigo beige, los dedos agarrotados por el frío buscaban protección dentro de los bolsillos. Del brazo colgaba una bolsa de Mercadona y en ella un termo de caldito bien caliente para pasar esas primeras horas de la mañana.

No puede ser —pensó, la silueta de su amiga Juana se perfilaba cada vez más nítida en la distancia, diluida en las brumas del amanecer. Juana la triunfadora, la personificación del éxito se acercaba hacia donde ella se encontraba.

Huir fue lo primero que pensó Alicia, pero no podía perder la prestación por desempleo, ocultarse era inútil, era la segunda en la cola del INEM que a esas horas, 5:30 de la mañana sólo la componían dos personas más.

Alicia, observaba impertérrita como aquella figura, otrora cómplice y hoy siniestra, se iba aproximando a la misma rapidez que el castillo de naipes, que era su vida, se derrumbaba ante el primer atisbo de verdad.

No, no era empresaria de éxito, no llevaba a sus hijos al colegio alemán, no tenía un Ferrari ni disfrutaba todos los años de unas merecidas vacaciones en su apartamento de París.

Toda esa farsa para encajar en el grupo de Juana, para sentirse una más en aquel círculo exclusivo, para ser la envidia de todas. Todo iba a acabar en cuanto Juana alzara la cara y la viera, cinco metros, cuatro, tres.

Pero Juana no paró. Por increíble e imposible que parezca no levantó la cabeza. Con un quiebro que seguramente le produjera una pequeña distensión ligamentosa pasó por el lado de Alicia sin pararse, porque en la cabeza de Juana, la triunfadora, atronaba una frase agónica: yo pierdo la prestación pero no me paro ni loca.

EL RECREO

La hora del recreo era mi preferida y del abanico amplio de posibilidades que me ofrecía, el primer puesto se lo llevaba: el columpio escolar. El problema era que siempre había una larga cola de compañeras, más rápidas, que me impedían disfrutar de aquel vaivén volador, porque cuando tocaba el timbre para incorporarse a las clases, yo todavía estaba haciendo fila; pero qué alegría cuando conseguía encaramarme en su silla. Era como hablar de tú a tú con pájaros y nubes.

Desde el patio se veía la ventana de la galería de mi casa. Aquella mañana me había dejado en casa, iba a decir los donuts, pero no se habían inventado. Me faltaba mi bocadillo de pan con chocolate Orbea, que me encantaba por su sabor y porque contenía en su interior un cuentecito pequeño con sabor a cacao y fantasía.

Mi madre, providencial, se asomó a la ventana mientras decía —¡Te has dejado el bocadillo! —Para después, mandármelo con fuerza desde el tercer piso.

En ese momento yo me encontraba colgada de una barra metálica, sostenida entre dos postes, que era de las que utilizábamos para hacer gimnasia. Al soltarme para coger el bocadillo, tuve la mala fortuna de caer sobre un ladrillo que estaba bajo mis pies. El impacto lo paré con una de mis manos, que, al levantarme, ví que estaba cubierta de sangre.

Tenía un corte profundo en un dedo, por donde parecía asomarse el hueso. Estuve a punto de desmayarme, pero la ayuda de mis compañeras lo evitó. No recibí ningún punto de sutura, pero conservo la cicatriz, que me lo recuerda y el cuento del chocolate, que se titulaba “En alas de la imaginación”.

Lola Júdez López

MIEDO A LA PÉRDIDA

Recuerdo con nostalgia aquellos meses que pasamos todos juntos en la playa. ¡Cómo nos divertíamos! En aquel entonces aun no éramos conscientes del paso del tiempo. ¡Qué de cosas se podían hacer en un solo día!
Ese verano transcurría como todos los vividos en mis ocho años, feliz. En mi inocencia no era consciente de lo afortunada que era. Simplemente, la vida era así, sin más. Probablemente, el que un incidente sin importancia, dejara una profunda huella en mí, se debiera a esa ignorancia de todo aquello ajeno a mi mundo tranquilo y previsible.
El día en que nuestros padres decidieron salir, lo hicimos más tarde de la hora prevista. Como casi siempre. Era toda una odisea ponerse en marcha con diez niños pequeños, si se quería guardar un mínimo de orden y no armar demasiado jaleo. Ya empezaba a oscurecer cuando, por fin, y en fila india, nos pusimos en camino. Nos habían asegurado, que tras un agradable paseo, visitaríamos a Carmen y Vicente, que estaban deseando vernos. Pronto, el agradable paseo se convirtió para mí, en una larga y tediosa caminata. Tenía que idear algo para hacer el camino más llevadero. No me fue difícil adentrarme en una de esas historias que tanto me gustaba leer, donde la protagonista era una heroína intrépida y valiente. Como iba contando los barrotes de una verja de hierro, decidí que sería una espía presa, luchando por escapar de mi prisión. No fue hasta el último barrote, cuando me di cuenta de la realidad.
Era de noche y estaba sola. Ni rastro de mi familia. Mi primera sensación fue de perplejidad. ¿Cómo no se habían dado cuenta de mi ausencia? En ningún momento me sentí culpable por mi despiste. La obligación de mis padres era cuidar de mí. No estaba asustada, mas bien, enfadada.
Caminaba sin rumbo cuando tropecé con una escalera. Subí corriendo, con la confianza de que al fin los había encontrado. Cuando llegue al último peldaño, sólo vi la playa. Seguí subiendo y bajando aquellos escalones, una y otra vez. No me cansaba, ya no estaba enfadada. Mientras seguía como una posesa, escalera arriba, escalera abajo, algo me iba oprimiendo el pecho y empecé a llorar desconsoladamente; era un dolor inmenso, desconocido. Mi cabeza iba a la misma velocidad que mis pies; no entendía nada. Era imposible que mis padres no estuvieran allí. No podía imaginar que ninguno de mis hermanos viniera en mi ayuda. Sin saberlo, esa impenetrable coraza que con tanto amor y empeño habían construido mis padres en el mismo instante en que nací, acababa de romperse.
Fue más tarde, con cada decepción, con cada desengaño, con cada desamor vivido, cuando le pude poner nombre a aquel extraño sentimiento que tanto dolor me causó: miedo a la pérdida.

Mª José Frasquet Todolí

LA PEONZA


Tardé más de un año en conseguir una peonza de las que silbaba. Convencí a mi abuela para que me la comprara en la Feria. Ella quería regalarme unos guantes para el invierno pero dos lágrimas oportunas y unos morritos enfadados la hicieron cambiar de parecer.

Sembré la peonza con mil besos cuando la tuve en mis manos, la pinté en la parte alta con círculos negros y rojos que parecía una diana y le clavé en los laterales unas chinchetas brillantes que, cuando giraba, semejaba una franja de cálido sol.

Pronto aprendí a manejarla con habilidad y, siento decirlo, era la envidia de algunos niños del barrio. La llevaba en el bolsillo o en la cartera del colegio casi todo el tiempo y cualquier ocasión era buena para hacerla bailar en aquellas calles de tierra.

Llegó un buen día mi padre con una bicicleta destartalada que le había dado un amigo suyo, muy mayor, que ya no podía usarla. Y era para mí, me dijo.

Comencé a montar con entusiasmo y la velocidad entró en mi sangre y me poseyó. Formábamos un trío formidable: la peonza, la bici y yo. ¿Carreras con los demás? Bicicleta. ¿Desafíos de peonza? Yo el primero.

El domingo fuimos de excursión por caminos entre bancales, cerca del río. No pude esquivar una piedra grande, me caí de la bicicleta, me rompí la pernera del pantalón por la rodilla y cuando volví a casa me di cuenta de que la peonza había desaparecido. Seguramente cayó por la ladera del río llena de matorrales. Nunca la encontré.

Desde ese día, los domingos no monto en bicicleta.

José Climent