jueves, 25 de noviembre de 2010

APRENDIZ DE DETECTIVE

Llevaban varios días trabajando en un nuevo caso que le habían entregado, en la agencia donde Arturo trabajaba como detective. Esta vez, tenía a Mimí como ayudante, lo que le agradaba bastante, ya que se conocían hacía ya varios años. Se trataba de la investigación de varios robos en un restaurante japonés llamado “Flor de Loto” situado en pleno centro de la ciudad y del que era copropietaria la ex-mujer de Arturo.

Para realizar esas investigaciones, decidieron frecuentarlo para ir a comer o cenar. Solían reservar una mesa desde dónde podían observar con discreción las idas y venidas de los empleados y los clientes.

Ese día, por recomendación del maitre, Arturo optó por tomar pez globo, una especie que mezclada con ciertos condimentos resultaría letal.

Mimí comentaba a Arturo que era extraño que coincidieran tantas veces allí con su exmujer y, mientras éste le explicaba que era copropietaria, su cara comenzó a ponerse de un color morado y a asfixiarse. Se levantó, intentó aflojarse el nudo de la corbata y volvió a caer sentado en la silla, hasta quedar muerto con la nariz sobre el plato.

La ayudante del detective decidió investigar hasta descubrir la verdad. Arturo murió envenenado. Su exmujer pensaba que Mimí y él eran amantes y estaba convencida de que la causa de sus problemas con su marido y su divorcio era la relación que ambos mantenían a sus espaldas.

En realidad a quién iba destinado el plato era a Mimí, segura de que quitándola de en medio recuperaría a su marido, pero un error, en las anotaciones del maitre, hizo que el plato fuese para Arturo.

Pilar Otero, Francisco Escrivà Moratal, Miguel Miñana López,

Milagros Mateu Giménez, Encarna Garrigós Avaria y Mª José Almeida Durao

martes, 23 de noviembre de 2010

UN REGALO PARA ADELA

Pedro se decidió por el calzado deportivo, era el 50 cumpleaños de la esposa de Juan y de buen seguro iban a pasarse horas recorriendo los comercios del centro de la ciudad, buscando el regalo perfecto.

Tras ver mil escaparates decidieron entrar en una joyería, el dependiente atendía a una mujer embarazada, los dos amigos observaban el enorme barrigón cuando el tendero abrió la puerta a un señor tapado hasta las cejas. Al entrar , pensaron que su atuendo era a causa del frío perodescubrieron que llevaba una media apretando su cara y de su gabardina sacó un enorme cuchillo de cocina, sin tiempo a ninguna reacción cogió a la mujer bruscamente y con una bolsa de deporte obligó al sorprendido dependiente a llenarla con las joyas.

Los segundos pasaban lentos, la llenó tan rápido como pudo y al tener el botín soltó a la muchacha que lloraba desconsolada y con rapidez corrió hacia la puerta.

Sin pensar, Juan alargó su pierna e hizo la zancadilla al caco, éste dio tres pasos de gigante sin tocar el suelo y estrelló su cara de lycra contra el cristal blindado de la joyería.

Los dos amigos se abalanzaron, Pedro con dos dedos agarró por un extremo el lazo del cordón de su deportiva y con un rápido estirón lo sacó de los agujeros y ató las manos del aturdido ladrón. Con el otro cordón, hizo lo mismo con los pies.

Después de los elogios, la declaración en comisaría y una entrevista para España directo, el joyero les regaló un broche de plata con forma de salamandra con una perla incrustada en su boca que a ellos les parecía una mona de pascua pero que Adela, la mujer de Juan, lucía orgullosa en su abrigo todos los domingos.

Al cabo de unos meses recibieron la noticia: la parturienta había dado a luz y quería verlos. En la habitación estaba la orgullosa madre tendida en la cama con dos angelitos pequeñitos y rosados descansando entre sus brazos ¡había tenido gemelos!.

—Les hemos puesto Juan y Pedro —dijo la orgullosa madre.

—Esperemos que sean tan valientes como vosotros —recalcó el padre, erguido custodiando sus tres preciados tesoros.

Al salir del hospital y sin salir aun de su asombro Juan dijo en voz alta

—A veces tengo la impresión que una pandilla de escritores principiantes se están inventando nuestra vida.

A lo que Pedro respondió —creo que la realidad supera la ficción, amigo mío.

F. Escrivá Costa

NUNCA ES TARDE

Una vez más, Juan llegaba tarde. Pedro no toleraba a los impuntuales, pero su amigo era punto y aparte. Era imposible estar enfadado con él más de diez minutos seguidos. Juan era un hombre feliz, capaz de contagiar su alegría a todo aquel que se encontrara cerca.

Inmerso en sus pensamientos, Pedro no reparó en la figura de su amigo que con paso ágil y su cautivadora sonrisa se acercaba. Cómo le envidiaba, todo él era vitalidad, fuerza, alegría Pero, ¿cómo lo conseguía? Vivía en una pobre cabaña, en un pueblo insignificante, con un mísero sueldo y, sin embargo, allí estaba, como si fuera el dueño del mundo.

Pedro abrazó a su amigo. Era un abrazo sincero, lleno de cariño, fruto de una profunda amistad que tuvo su inicio el día que ambos descubrieron su pasión por la naturaleza, y decidieron un futuro juntos. Sin embargo, sin saber exactamente cómo ni cuándo, sus caminos tomaron rumbos distintos. El, Pedro, dueño de una importante cadena de viveros, Juan, guarda forestal. Siempre había pensado que fue él quien tomó la decisión acertada, pues al fin y al cabo, todo el mundo le consideraba un hombre de éxito, conocido en los círculos más elitistas. En contra, Juan, pocos eran los que sabían de su existencia. Entonces, ¿por qué se sentía tan pequeño cuando estaba en su presencia? ¿Por qué se veía como un perdedor? Juan, levantó la mirada de su plato y encontró que Pedro le estaba observando con esa sonrisa suya, feliz, inocente. Y lo vio claro, en realidad siempre lo había sabido aunque, hasta ese instante, se negaba a admitirlo: nunca había hecho lo que realmente le gustaba, siempre había silenciado su corazón. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió tranquilo, contento. Sonrió feliz a su amigo y pensó, ¡Aun hay tiempo!.

Maria José Frasquet Todolí

EL DESTINO SE LLAMA PEDRO

Hacia unos minutos que Juan había entrado en el bar “El SaleroSO”, se sentó en una mesa y espero a que viniera Pedro, aquel amigo de la infancia.

Estaba nervioso, deseando que el tiempo pasara y llegara el momento de encontrarse, ¿le reconocería?; la verdad es que había pensado muchas veces en él pero no coincidieron, y de pronto recibe una llamada, Pedro quiere verle, a Juan le da un vuelco el corazón, también quiere verle.

La cita era ese día a las 5. Se llevó la taza de café a los labios cuando notó que algo rozaba su espalda, dejó la taza en el plato y se volvió, por unos minutos se miraron sin saber qué hacer hasta que Juan se levantó y se abrazaron efusivamente.

Al separarse pronunciaron las mismas palabras: balón- planta y acción. Se sentaron, Pedro pidió un cortado y comenzó a hablar.

—No estuvo mal el castigo, gracias a él hice la carrera de biología y jardinería.

Juan sonrió asombrado —Yo también estudié lo mismo.¿Podríamos montar algo juntos, parece que el destino nos vuelve a unir?

—Desde el primer día que te vi. en aquel colegio, sentí algo dentro de mí.. Con los años he sabido que te quería, te he buscado y aquí estoy.

Se hizo un largo silencio, lo rompió Juan diciendo palabras entrecortadas.

—Me has dejado algo perplejo, veo en tus ojos el amor y me gusta, no sé si sabré corresponderte, pero algo me dice que quiero intentarlo.

Las horas se escaparon

sin que se dieran cuenta,

las luces del bar a medio gas.

Le dieron a la cita un encanto otoñal.

Las manos de Juan y Pedro

se acercaban temblorosas,

al rozarse, una energía los envolvió.

La sonrisa se enamoró de sus labios,

el corazón advirtió,

—estos amores son dolorosos.

Nos atrevemos dijeron al unísono.

Y ya lo creo que se atrevieron.

Araceli Banyuls

ERA UN E.R.E.

Le gustaba la informática. Cuando era niño, Juan se había fabricado un teclado con un pedazo de cartón de la caja de embalaje de la lavadora, que su madre acababa de comprar. Con un rotulador negro y cuidadosamente había dibujado cifras y letras dentro de cuadrículas, que simulaban el mosaico de las teclas. A partir de ahí las posibilidades eran infinitas, todas las que le permitían su imaginación infantil. Sus padres cuando lo vieron se intercambiaron las miradas; pero los tiempos no estaban para gastos extras.

Juan y su mejor amigo Pedro habían compartido bastantes horas de juego en su infancia y alguna que otra juerga en su adolescencia. Después, en su etapa universitaria sus vidas se habían alejado. Realmente hacía mucho tiempo que nada sabían el uno del otro.

El primero, había acabado su carrera de ingeniero informático y su pericia en el manejo del ordenador le había llevado a trabajar en una importante empresa del sector. El segundo, con su flamante título en A.D.E.(Administración de Empresas) había obtenido trabajo en la Compañía A.I.V.(Asesoramiento Integral Verdadero).

Aquella mañana, Juan, después de acompañar a sus hijos al colegio “poco” más tenía que hacer: comprar el pan, ir al supermercado, poner la lavadora, preparar la comida para cuando su mujer saliera del trabajo…Estas eran sus funciones desde que su empresa hubiera sufrido un E.R.E. (Expediente de Regulación de Empresas) por el que él y doce de sus compañeros habían sido despedidos.

Por la tarde tenía concertada una entrevista de trabajo. La había conseguido después de leer un anuncio en el periódico, donde se buscaba: “informático con amplia experiencia”. Y ese era justamente, su caso.

Le hicieron pasar a una salita, la secretaria le rogó que esperara. En la puerta situada frente a su silla un cartel indicaba:

PEDRO MARQUEZ

Director de personal.

Lola Júdez López

miércoles, 17 de noviembre de 2010

CAMINANDO POR LA VIDA

Siguieron caminando dejando atrás aquel lugar, en el que sintieron que era el principio del fin.
Sin atreverse a hablar en los veinte minutos que tardaron en cruzar el campo, que les llevaría hasta el puente.
Una lluvia fina empezó a mojar sus rostros cuando salieron de la residencia, y a cada paso que daban, parecía ir cayendo con más fuerza.
Se sintieron aliviados y cobijados por aquel puente que solían ver desde la ventana de sus habitaciones.
Juan y Pedro rieron divertidos. Sus ojos brillaban, con aquella mezcla de complicidad y travesura que tuvieron hace años. Sus manos se entrelazaron, casi sin darse cuenta, y fue Juan quién comenzó a hablar, pues siempre había sido el más lanzado, mientras Pedro temblaba y casi no se atrevía a respirar. Era una persona tímida y frágil.
—Hemos esperado tanto, demasiado.
—Los dos lo sabíamos pero las circunstancias, el qué dirán y tantas cosas.
Juan volvió a ser valiente, le besó en los labios. Los dos se abrazaron. ¡Había sido ese abrazo contenido en tantas ocasiones!
Atrás quedaron los miedos, el que dirán y tantos impedimentos. ¿A quién podía perjudicar que dos personas se amasen como ellos?
Dejó de llover. No era el principio del fin sino el principio de la vida que siempre habían deseado.


María José Almeida

jueves, 16 de septiembre de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "Homenaje" de alumnos del Taller, en la voz de Adriana Serlik

miércoles, 18 de agosto de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "La amante impaciente" de Irene Verdú, en la voz de Irene Verdú

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "Matusalem" de José Climent en la voz de Adriana Serlik

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "Autorretrato de Domingo Barreres" de Irene Verdú en la voz de Irene Verdú

miércoles, 28 de julio de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "Espejo del agua" de Ana María Orta, en la voz de Adriana Serlik

lunes, 26 de julio de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "Mano escondida" de Marga Iglesias, en la voz de Irene Verdú.

martes, 13 de julio de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "El secreto Borja" de Iván Fornes Chova, en la voz de Adriana Serlik

domingo, 11 de julio de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "Su ausencia" de Alfonso Garrigós Palmer, leído por Irene Verdú.

lunes, 28 de junio de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Relato "Juicios del tercer milenio" de Lala Escrivà, leído por Adriana Serlik.

miércoles, 16 de junio de 2010

El Taller en Radio Gandía Ser

Podéis escuchar los trabajos de los alumnos del Taller todos los lunes, a partir de las 12.35 en
Taller de Palabras
Hoy por hoy Gandía
Radio Gandía Ser

Records de Infantesa, relato de Piñar Viñao, leído por Irene Verdú

Fiesta fin de curso Taller de Creación Literaria

2º Certamen de Relatos Breves UPG

Entrega premios

Premio Relato en Valenciano
L´ANY NOU
Alfonso Garrigós Palmer


Premio Relato en castellano
ENCUENTROS
Ana María Orta Lorenzo



Accésits Relato en valenciano
VAIG A CONTAR-TE UN CONTE
de Margarita Pérez Gómez



Accésits Relato en castellano
MEMORIAS
José Climent Prats


Accésits Relato en castellano
HEIL
Blas Cabanilles Folgado

martes, 15 de junio de 2010

Homenaje a Miguel Hernández




Con poemas de Miguel Hernández e Irene Verdú

Leen Alfonso Garrigós Palmer, Julia Vidal e Irene Verdú

El sueño profanado




Guión de María Rosario Máñez, Alicia Moeller, Luisa Munuera, María del Carmen Pérez y María del Carmen Jiménez

Narradora Luisa Munuera
El Duque María Rosario Máñez
Otros personajes Alicia Moeller

Les dones a la Universitat




Guión de Lala Escrivà, Iván Fornes, Alfonso Garrigós, Rafael Lloret, Ana María Orta, Julia Vidal y Pilar Viñao.

Narradora Pilar Viñao
Francisco de Borja Iván Fornes
Leonor Lala Escrivà
Josepa Ana María Orta




domingo, 6 de junio de 2010

LLE3, 2010

La radio me enloquece




—Pili, cuando eras pequeña, ¿cómo era la radio que teníais en la turbulenta España de la postguerra?
— Sí, En mi casa oíamos las noticias, música, obras de teatro de Benavente, hermanos Quintero, interpretadas por buenos actores y muchas cosas más. ¿ Y tú qué hacías?
— En mi infancia, en la Habana, mi madre me llevaba a los estudios C.M.Q. donde escuchábamos en directo a los artistas de la época. Era como un teatro.
— ¡Qué chulo! Aquí radiaban muchas radionovelas, empezaban un poco antes de las cinco y todas las chiquillas se iban corriendo al salir del cole a oírlas con sus madres, merendaban oyendo “Toda la sangre es roja”, “Ama Rosa”, “La huerfanita”, y otras por el estilo. Después, íbamos a jugar a la calle.
¿También teníais concursos radiofónicos?
— ¡Claro! Con premios como viajes a Miami o regalos de los almacenes.
— ¿Aún oyes la radio?
— Sí, cuando conduzco, cocino y para dormirme.
— Yo también; me gusta Radio 3, noticias de la comarca y las cadenas musicales como Kiss FM.
— La radio hace mucha compañía.

Alicia Moëller y Pilar Viñao

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Y el corazón se me dispara cada vez que llega el fin de semana y tengo que aguantar a los vecinos de arriba peleándose por el dial que tienen que sintonizar.

¡Ah! Y nos le das por escuchar política o actualidad. ¡Ellos a lo grande!. Radio Maria combinado con el goooool, del Tablero deportivo.
Doña Juana fanática de sus rezos, con el rosario entre sus manos, se pasea durante todo el día, arriba y abajo, esperando el despiste o el apretón de Don José, para chorizarle la radio. Una vez conseguido el objetivo, Juana huye a hurtadillas a su capilla particular, cerrando la puerta y echando la llave. Sabe que cualquier pequeño descuido puede costarle pasarse la tarde del domingo soportando una momia en el sofá junto a un locutor enloquecido.
Temo que algún día esto acabe como el Rosario de la Aurora, saliendo los dos como protagonistas en las necrológicas de las emisoras.

Lala Escrivá y María Rosario Máñez

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Hasta el momento, y quién no, había escuchado siempre la radio: novelas, programas deportivos, entrevistas, debates, pero ante todo, música.
Siempre había sentido curiosidad por saber cómo trabajaban los profesionales, conocer el espacio físico que ocupaban, qué elementos configuraban la sala de montaje. Nunca pensé que yo participaría en uno de esos programas.
Lo cierto es que estaba bastante nervioso. Tanto, que empecé a tartamudear respondiendo a las primeras preguntas. Al poco, me relajé y le fui cogiendo el gusto. Pero la periodista intentaba cortarme, parece que me extendía demasiado. Yo no quería soltar el micrófono. Ella, tras el cristal de la cabina de grabación, cerró la posibilidad de expresarme y ser escuchado.
Entonces, tuve una idea. Sigilosamente me escurrí hacia los cuartos de baño y esperé a que todos se marcharan.
Por fin, ante el silencio me atreví a salir. Estaba solo.
Sin dudar, me acerqué a la mesa de grabación, comprobé que el micrófono estaba conectado y grité:

¡La radio me enloquece!


Rafael Lloret Martínez y Ana María Orta





domingo, 18 de abril de 2010

23 DE ABRIL - DÍA DEL LIBRO

Acababa de decidirme a infrigir la ley: ¡iba a leer algo inútilNi más ni menos. Gratuitamente. Transgredir las reglas del investigador, perder el tiempo, leer por placer... ¡Un verdadero crimen!

La secta de los egoístas.

Eric- Emmanuel Schmitt

Bajé por las escaleras de madera con el cuidado de que no retumbaran ni se oyeran mis pasos. Un poco receloso de las miradas furtivas de los cráneos intelectuales que sentía en mi nuca.
Cuando llegué a las estanterías repletas de libros “normales”, es decir, sin formulas cuánticas, ni logaritmos, ni otras sabidurías, me sentí liberado y respiré hondo. Con el placer de ir a cometer una debilidad satisfactoria: leer y a la vez, poder disfrutar.
No quise pararme en la elección de un título determinado. Ya lo miraría cuando hubiera leído un buen puñado de hojas y me sintiera atraído por él. Quería evadir mi mente, no concentrarme en nada concreto, no tener ninguna predisposición al ambiente o desarrollo del libro escogido. Me dejaría llevar por el protagonista o protagonistas de esa historia que había escogido al azar.
Recogí el libro. Lo coloqué debajo de mi brazo y volví a subir a la sala de lectura.
Empecé a leer y a medida que los caracteres recorrían los renglones en las páginas de ese tomo me sentí trasladado a otra dimensión. Desconecté mi realidad y dejé volar mi imaginación integrándome entre los atrezos que se iban desarrollando en la trama literaria.
Me vi andando por un lugar desconocido para mí. Observé que unas figuras se me acercaban y pensé en preguntarles dónde estaba pero cuál fue mi sorpresa cuando según se iban acercando, vi que pasaban por mi lado ignorándome y que todas vestían igual, de claro. Si no llega a ser por las prominencias que se adivinaban en las vestimentas no hubiera sido fácil adivinar diferentes sexos.
Aquello me desorientó.
¿Estaría inmerso en alguna historia de fantasmas?
Quizás me volviera a tropezar con otro grupo y les preguntaría. Esperé un rato. Era inútil, no aparecía nadie más. Así que…
Seguí deslizándome entre los párrafos a la par que las letras lo hacían delante de mi mirada. Decidí adentrarme por un agujero que se describía en la pared y miré. Abrí bien los ojos porque la escena que se mostraba era, una gran sala redonda con asientos de piedra y muchas más figuras como las que me había cruzado.
Se podía notar la oquedad del silencio ambiental, al tiempo que, se oía la voz de alguien que preguntaba en un tono recriminatorio a una de las figuras que destacaba en el centro del círculo, y que repasaba una serie de sucesos.
Desde mi posición de espectador, deduje que se estaba celebrando una especie de juicio. Puse atención, agudicé mis oídos y pude escuchar:
—¿Y por qué no repartió lo que tenía?
—¿Por qué evadió su responsabilidad?
—¿Por qué malgastó su tiempo en cosas vanas?
¡Madre mía!, ¿en qué me he metido? Pensé yo, volviendo, en parte, a mi anterior estadio.
Resulta que, he ido a recoger un libro, supuestamente de aventuras, para librarme de los cráneos sin fuste de mi alrededor y me encuentro con una historia de lo más anodina que me podía imaginar.
¡Qué mala suerte que he tenido. Volveré a mis textos encomendados!
Cerré el libro y volví a mi realidad. Leí que en el lomo decía: “El día del Juicio”.
Retomé con más ahínco mi investigación. Eso sí, con inquietud y con un poco de preocupación en cumplir con mi deber.
¡Por si acaso!

María Luisa Munuera

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Libro rojo con letras violetas: Titulo “El arte de entender a las mujeres “. Sólo el nombre del libro me produjo una carcajada, rápidamente deslice la mirada para ver quién era la autora que hubiese podido escribir semejante chorrada. Entender a las mujeres, ja! como si eso fuera posible. Aquí estaba el nombre de semejante individuo, Manuel Diaz Ruiz. Qué, cómo, ¡no! no podía ser, volví a mirar, Manuel Díaz Ruiz. Mis ojos se abrieron como faros y mis manos golpearon mi cabeza al comprobar que la idea descabellada había surgido de uno de mi especie, del género masculino, de un macho. Pero,¿qué había pasado con los hombres? se habían vuelto todos eso que llaman ahora “gays”. Una gran curiosidad me invadió por dentro, abrí una página al azar del libro y me dispuse a leer: Comparte con tu pareja las labores domésticas, no es ella sólo la que ensucia. Verás como tu relación es más fructífera si os repartís el trabajo.
Espera un momento, qué, Qué. Y qué había pasado con lo de que se levante de buena mañana, te prepare el desayuno, arregle la casa, haga la comida, te ponga las zapatillas, lave, planche, te sirva el coñac, vaya a comprar...Toda la vida había sido así y ahora el capullo este, que me estaba contando!. Estaba en una página echando al traste toda la cultura que tanto esfuerzo les había costado alcanzar a nuestros antepasados. Giré otra página : Compartir aficciones refuerza la pareja.. ¡Ah no!, por aquí no paso. Que ahora tenemos que llevar a la partida de cartas “al lastre”, o a la pesca, o a los partidos de fútbol con los amigos. ¿ Yqué más? Rápidamente cerré el libro, lo guarde en un lugar bien escondido y decidí no volver a leer más libros que no fueran de mi estilo, de la época, de lo medieval.

Mª Rosario Mañez Ferrando

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Abrí el libro al azar y me pareció que las letras, de un tipo corriente usado en la actualidad, impresas en papel vulgar, querían bailar ante mis gafas. Miré por encima del hombro y comprobé cómo mis compañeros, aburridísimos ante sus legajos medievales, se estrujaban las neuronas para descifrar historias caducas que, pensé, a saber a quién podían interesar hoy día. “Progresar o morir” dije para mí. ¿Cómo podía haberme pasado la vida escarbando las miserias muertas de los antepasados?
En el índice de mi nuevo libro miré si encontraba algún capítulo o apartado que me resultara especialmente interesante, agradable aunque, eso sí, algo que fuera totalmente ajeno a la disciplina que me proporcionaba los garbanzos diarios.
Elegí finalmente uno: “Trabajando en el taller”. Antes de terminar la primera página se me escapó una carcajada que revolucionó las calvas medio inertes sobre las mesas de la sala. Sus miradas airadas, disciplinadas, metódicas, miopes, embalsamadoras, frías como el tiempo que se fue, hicieron que me tapara la boca con una mano mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
Pasé la página, y a la tercera línea, nuevamente la hilaridad estalló en mi cerebro, en mi pecho, en mis labios, y una agradable sensación ingrávida de inconsciencia me transportó fuera de la sala. ¡Me importaron un pimiento las nuevas miradas iracundas de los vejestorios que desearon, estoy seguro, que se me tragara la tierra!
Seguí leyendo, no podía parar, las frases fáciles y elementales que me llevaban a situaciones que nunca hubiese podido descubrir entre los mamotretos que habitualmente manejaba. Incluso el lenguaje usado me resultaba especialmente agradable.
Pasé toda la tarde con su lectura, riendo, disfrutando, imaginando escenas imposibles y diálogos esperpénticos pero divertidos. Al fin, casi agotado, con dolor de tripas y la mandíbula medio desencajada, miré a los pobres hombres muertos que se refocilaban entre papeles muertos de historias muertas y pensé que la lectura de aquella tarde, que no servía para nada, me había rejuvenecido y me haría ver el futuro con otras expectativas.
Y me marché de la biblioteca.

Nota del autor. Se me olvidó escribir que el libro que había escogido este señor, era uno de los míos.

José Climent

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Seguía a ciegas cuando abrí aquel libro por una página al azar, sabiendo que no me iba a traer nada nuevo a mi intelecto, ni tampoco me iba a despertar recuerdos ya olvidados, pero todo lo contrario, al empezar a leer, un nudo se me puso en el estómago, toda mi niñez volvía a mi mente desgastada por el paso del tiempo.
Con tan solo siete años, vi morir a mi madre entre mis brazos, mientras bombardeaban Madrid, mi padre hacia semanas que se había marchado y nuestro único sustento era un chusco de pan duro, tan duro que podría haber matado al primero que se me pusiera a tiro, así que cogí a mi hermana pequeña y salimos de aquel zulo y deambulamos por las calles en busca de comida, pero nadie nos hacía caso. Dos niños, como nosotros, pasaban desapercibidos por aquellas calles medio derruidas e incluso por esa avenida tan grande que llamaban Gran Vía. No sé si por el hambre, que me hacía ver espejismos, o por el cansancio de días sin dormir, pero a lo lejos vi a ese que todos llamaban Santa Claus, al acercarme descubrí que era un escritor famoso apellidado Hemingway. Mientras lo contemplábamos, atónitos, junto a otros viandantes, una mujer de túnica negra y pañuelo blanco en la cabeza, que más tarde llamaríamos madre superiora, nos agarró por el brazo, y sin preguntar, nos llevó junto a otros niños y nos dieron de comer. Sin saber cómo ni por qué, María, yo y los demás, estábamos viajando hacia no sé qué pueblo con mar, un mar que no era como el Manzanares, era tan grande, que no se veía la otra orilla, no tenía fin. Estuvimos esperando en el puerto de Gandía para ser trasladados a la Unión Soviética en un barco enorme, sin saber si allí podríamos conseguir una familia de acogida. La espera se nos hizo eterna pero justo antes de embarcar, la familia Morant, de Beniarjo, nos acogió y no tuvimos que hacer aquel viaje a la fría estepa. Mi hermana sigue viviendo en Valencia, lo que me recuerda que tengo que llamarla, y a partir de hoy ya tengo nuevo libro de cabecera. Cogí un bolígrafo que se encontraba en la mesa y escribí en la palma de mi mano, para no olvidarme, titulo y autor de aquel libro de relatos. La letra no era muy buena pero se podía leer: "Haz de luz, Adriana Serlik".

Iván F. Chova

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Observaba atónita la cantidad de libros que me rodeaba, pero aquella tarde no estaba inspirada en la lectura. Salí a dar un paseo y me fumé un cigarrillo. Al regresar, un señor bien puesto, con traje gris y un sombrero llamativo, iba a devolver una novela cuyo título me cautivó: “El cielo azul del mar” de Gloria Durá Vilá. Al entrar la busqué y empecé a leer, me sumergí entre la fantasía y la realidad, me producía mucha intriga, estaba escrita en primera persona y la protagonista era muy peculiar. Tenía inquietud por llegar al final, era emocionante como me despejaba, y me hacía olvidar problemas o al menos buscar soluciones. Me enseñé que la fantasía hasta cierto punto era buena para vivir, ayudaba a relajar la mente, regalando sensaciones que mi interior agradecía. Siempre recordaré al señor cuyo sombrero me llamó la atención, y el cielo azul que reflejaba intensamente por aquel mar donde yo navegaba.


Julia Vidal Martínez

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Una vez en mis manos, dejé sobre la mesa el libro. Volví a sonreír al pensar lo que iba a disfrutar con la lectura. Sólo pensando en que por unos momentos iba a olvidarme de todo lo que me rodeaba.
Pasé por alto el prólogo y me hundí ávidamente en el montón de letras que tenía ante mis ojos. Apenas había leído dos páginas y me introduje de lleno en el tema, me enfrasqué en la lectura sin pensarlo dos veces. A medida que pasaba el tiempo mi sonrisa cada vez era mayor, había acertado en la elección.
Roberto, como así se llamaba el protagonista, había empezado a recoger todos los papeles que estaban esparcidos sobre la mesa del despacho. Terminada esta tarea, nuevamente se sentó delante del ordenador. Estaba interesado en comprobar si le llegaba un e-mail que esperaba. No fue así. Sin meditarlo y con mucho nerviosismo desconectó el aparato, recogió la cartera y abandonó el despacho.
No había pulsado el interruptor del ascensor cuando oyó la voz de su secretaria que le llamaba. Absorto en su preocupación se había olvidado de firmar unos documentos, En su cara se dibujó una mueca de resignación y volvió sobre sus pasos. Diligentemente ella le puso delante esos expedientes cuando se encontró ante su mesa, en los cuales rápidamente estampó su firma. Finalizado el cometido con un gesto se despidió. No obstante, todavía se volvió al llegar a la puerta y con un gruñido le indicó que no intentara localizarle hasta el día siguiente.
Cerrando bruscamente la puerta, llegó al ascensor y cuando salió a la calle intentó absorber todo el aire de que eran capaces de almacenar sus pulmones.
Vio que se acercaba un taxi, estaba libre, con un gesto lo llamó. Sentado ya en la parte posterior del vehículo, dio el nombre de la dirección a la que quería trasladarse. Muy pronto llegó a su destino, pagó y despidió al taxista.
Comprobó la hora en su reloj de bolsillo. Faltaban dos minutas para las seis de la tarde. Como de costumbre llegaba puntual a su cita. Localizó el timbre y pulsándolo espero unos segundos. Se presentó a través del interfono a requerimiento de una voz que escuchó en el mismo. Franqueó la puerta entrando en un espacioso despacho. Una muchacha que le estaba esperando le condujo al final del pasillo y le indicó que pasara al interior de otra estancia.
Realizados los saludos de rigor, su interlocutor, empezó a explicarle, nuevamente, ya lo había hecho cuando lo citó por teléfono, el motivo de la reunión. Roberto le cortó bruscamente, como buen abogado que era intentaba realizar una exposición de los hechos. Sin embargó, él no estaba dispuesto a más explicaciones, había tomado una decisión, por cierto muy meditada. Sólo quería terminar lo más rápido posible. Indicó a su interlocutor que deseaba firmar y marcharse de allí. El letrado le presentó una serie de documentos que tras un vistazo rápido empezó a signar. Estaba firmando la solicitud de divorcio con su esposa.
Se despidió y salió del despacho tan rápido como había llegado. Una vez en el exterior su pensamiento se trasladó en el tiempo muchos años atrás. Se preguntó ¿por qué?.
Terminado el capítulo, cerré el libro y me fijé en lo que ocurría a mi alrededor, las calvas de todos mis compañeros se estaban levantando, habíamos llegado al final de la jornada de trabajo. Volví a sonreír al pensar que al día siguiente continuaría con la lectura.

Alfonso Garrigós

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Ya está. Me sentía feliz. Quería encontrar el instante preciso para proponer a toda esa información que saltase hacia mis ojos, que consumiera mi cerebro, que ahogase mis pensamientos con puñados de palabras. Quería, deseaba, alargar esos momentos de incertidumbre, como quién espera tocar un diamante pero precisa de obtener un grado de solemnidad tal, que transforme esos segundos en extraordinarios y exquisitos.
Con cierto hormigueo en las yemas de los dedos y los ojos cerrados, incliné la mano derecha y abrí el libro rojo de lomo violeta por cualquier página al azahar.
Era un libro de fotografías. Las imágenes de color sepia y los tocados de los personajes lo ubicaban entre los siglos XIX y XX. Una época moderna, para los tiempos por los que yo solía navegar.
Observé el volumen abierto, en la página de la izquierda se hallaba la figura de una mujer morena con el pelo recogido en un moño, una camisa blanca abotonada al cuello y una falda acampanada larga hasta los pies. Su mirada parecía perdida en algún lugar invisible para el espectador.
Justo en la página contigua, la misma mujer pero sin la camisa, con un corsé de puntilla blanco, un liguero, medias negras y unos zapatos de tacón. En su mano portaba un puñal ensangrentado.
¿Qué es esto? , a pie de foto leí: Celeste Blaset.
Noté la sangre en mi cabeza, estaba enrojeciendo, la vergüenza inundaba mi rostro. Parecía increíble. Yo quería leer algo, cualquier cosa para escapar de la lingüística medieval. Y me tropiezo con un montón de fotos antiguas y como colofón en el corazón del libro, la foto de mi abuela muerta hace más de veinticinco años, Celeste Blaset.
Miré a mis compañeros de biblioteca. Temía que me viesen observando las fotos del libro. Ese libro rojo, con lomo violeta, que aplastaba con el vértigo fugaz del tiempo, todas esas investigaciones de años. Ese volumen capaz de envenenar en un “nada” el destino de una vida.

Ana María Orta

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Era una tarde de Diciembre en la Biblioteca Nacional.
Mis ojos se fijaron en dos volúmenes bastante gruesos: El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha, el libro más importante de nuestra lengua.
Hacía 20 años que había estudiado a fondo el castellano de la época cervantina, pero nunca había visto su principal obra como objeto de entretenimiento. A partir de entonces, D. Quijote se convirtió en mi libro de cabecera.
Algunas noches releía un capítulo y me reía a gusto ante los refranes, dichos, poemitas y aventuras narrados por sus protagonistas..
Disfruté muchas veces ante la paliza recibida por D. Quijote después de haber pinchado los odres, los manteos sufridos por el pobre Sancho, su alegría cuando le nombraron Señor de la ínsula Barataria y sobre todo por sus sabias “consejas”a los labradores y paisanos de sus dominios cuando iban a contarle sus cuitas.
Pero me estaba volviendo egoísta. No avanzaba nada en mis estudios antropológicos y linguísticos y mis editores me exigían rapidez y éxito en los trabajos elaborados.
Tenía que reflexionar: ¡D. Quijote o… mi carrera!


Pilar Viñao

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Iba a cometer mi primer pecado, o mi primer delito, no sé cómo llamarlo. Me senté y lo agarré fuerte, extendí los brazos, lo puse delante de mis ojos y lo miré como si de un cómplice se tratara. Respiré hondo, y sin más preámbulo lo abrí al azar, eso sí despacio. Repentinamente mi pituitaria se revolucionó. ¿Por qué? Era mi vista. Una exquisita merienda para niños (como rezaba el título del capítulo) se plantificó delante de mis narices. En letras mayúsculas y en color fresa se leía: “POBLADO DE SANDWICHES DE JAMÓN Y QUESO”, “BARQUITOS DE PATATA CON SALSA MAHONESA” Y “TARTA DE CHOCOLATE”. Todo ilustrado con unas fotografías de vivos colores e impreso en grueso y brillante papel cuché. En ese mismo momento me tragué involuntariamente el chicle ya insípido que estaba rumiando; empecé a babear, a morderme las uñas y a chuparme los dedos.
Mi estómago comenzó a emitir ruidos extraños. Alcé la cabeza y muchas de esas bolas relucientes se habían girado hacia mí.
Me levanté como si una catapulta me hubiera disparado de mi asiento. Chillé y les dije (abriendo el libro de par en par mostrándoselo)
—Mirad, esto sí que es un descubrimiento. Es Lenguaje, lenguaje de todos los tiempos y de todos los pueblos.

Lala Escrivá

lunes, 12 de abril de 2010

PLÁSTICO ROSA EN GRIS Y TIERRA

No hacía ni diez minutos que habíamos llegado a casa. Llevaba un mensaje de correo leído, de diez o así, cuando oí el golpeteo en el suelo de madera. Volví la cabeza y te vi: convulsiones; ataque epiléptico o infarto. Luego silencio.

La gente debió de pensar que estaba loca. Gritaba: “Respira, respira, Antón”, mientras corría al consultorio como no había corrido hacía muchos, muchos años.
Pero fue imposible reanimarte. Estabas muerto.
Por un momento, fue el sinvivir definitivo, la gota que rebosa el vaso. Pero el tiempo pasa y ya no digo tanto: por nada, por nadie. He sobrevivido.

Al día siguiente, ya con la noche encima, no pude evitarlo y llamé a la única persona a la que podía y quería llamar.
–Necesito que me hables, estoy fatal.
–Suenas rara, ¿dónde estás?
–En el encinar, en Casavieja, hace un frío que pela.
–Bonita, estamos en Febrero, es de noche y estás en Gredos, lo raro sería que no hiciera frío.
–Pues es una puñeta, porque la tierra está helada y se me rompe la pala. Y hay un perro que aúlla. No llevo las gafas y está muy oscuro, pero huele y suena a ovejas, y son muchas.
–En el monte, en Ávila, es normal.
–¡Joder! Pues llevo aquí dos años sacando fotos de la naturaleza abulense y tengo cerdos, cabras, burros y búhos reales, y aunque me hartado de buscarlas, ni una puta oveja.
–Bueno, eso es porque no salís a las mismas horas.
–No estás ayudando nada, ¿sabes? –pero me tengo que reír, a mi pesar.
–¿Estás enterrando a Antón? –tonito entre compasivo y piadoso del mister.
–Pareces tonto. ¿Te crees que, con el frío que hace, a oscuras, estoy en el puto encinar por gusto? –acidez rayando en la vulgaridad y el odio convierten mi voz en puro veneno. Él se lo traga.
–¿Y si lo haces por la mañana, con luz y eso?
–Desde luego, eres la leche. ¿Estás diciendo que lo lleve a casa y lo meta en la nevera? –a mi pesar, se me casca la voz.
–Vale. Tranquila. No grites. Y no llores o cuelgo. ¿Lo estás enterrando al lado de Atocha?
–Tú flipas. No sé ni por qué te llamo. ¿Te crees que voy a cavar en la misma encina y encontrarme con sus huesitos o, peor, con qué no están? –pausa y reflexión– ¡Ay! Perdona, es que estoy fatal. Es la encina de al lado. Eso vale en plan familia y eso ¿no?
–Sí, bonita. Está muy bien. Tranquila. Acaba ya y vete a casa, son más de las diez.
–Es que se me ha roto el rastrillo, a la pala le queda un suspiro y el agujero está lleno de cachitos de plástico rosa. Es indigno. A Antón le daría un mal si lo viera.
–Ali, a Antón ya le da igual. Mételo en el agujero y tápalo.
Móvil en el suelo, forcejeos, gruñidos, suspiros.
–No cabe, tío, no cabe. Es demasiado largo, joder, y eso que lo acurruqué, rosquillita, como le gustaba, tú sabes. ¿Qué hago?
–Ensancha el agujero.
–No veo nada, y no tengo pala, ni rastrillo, ni nada. Eran rosa, de la playa, de las niñas. Lo he traído en el bus, en la mochila envuelto y no he pensado mucho, creo.
–Busca un palo o una piedra.
–No veo, está muy oscuro y tengo los dedos helados ya, me duelen.
–Pues mételo de pie. Seguro que has cavado hondo, te conozco.
–¿Cómo lo voy a meter de pie? Es indigno, ¿de pie y con trocitos de plástico rosa? Era mi príncipe azul y tú lo sabes. ¿Y si viene el perro y lo huele y lo saca?
–Ali… El perro pasa, está con las ovejas. Y Antón no era azul, ni ruso, ni príncipe. Lo encontraste en la calle y era una miasma gris con pinta de gremlin de los malos. Catorce años dan para mucho cariño y eso, pero él sabe cuánto lo quieres y te perdonará que…
–¡He encontrado una piedra!
–Vale, ensancha el agujero un poco, sólo por un lado, el más blandito.
Minutos, muchos, después. Un rato largo, vaya.
–¡Cabe! ¡Ahora ya cabe sin doblarlo y planito!
–Perfecto, princesa. Lo has hecho muy bien.
–Joder tío, me he reído enterrando a mi gato. Es lamentable. Y se me acaba la batería del móvil y tengo que bajar del encinar, por toda la cuesta y volver al pueblo. Voy a tener que colgar o no tengo luz y me voy a caer. Gracias. Sin ti, hoy no habría podido. Me dolía todo. Muchas gracias.
–Vale. Cuelga ya. No te caigas, nena, no te puedes romper más. Ten cuidado. Plástico rosa en pelo gris, sin batería y con ovejas: Antón no habría esperado un entierro menos surrealista que este. Seguro que sonríe en su edén felino. Emborráchate, y mucho, si hay algún bar abierto aún. Mañana te llamo, si me acuerdo. Si no, llámame tú, si crujes por dentro aún.

Y llegué a casa sin romperme nada y creo que tal vez me emborrachara, pero eso no lo recuerdo bien. Con el tiempo, admití que mi ex tenía razón. El entierro de mi gato fue digno en cuanto a nuestro: kafkiano y pleno de lágrimas y risas. Una ironía que captó, en principio, y supo diluir quien vivió años con ambos. La soledad ya solo ha sido mía.
Alicia Briz Booth