Blog del Taller de Creación Literaria de la UP de Gandía
jueves, 16 de septiembre de 2010
miércoles, 18 de agosto de 2010
El Taller en Radio Gandía Ser
El Taller en Radio Gandía Ser
miércoles, 28 de julio de 2010
El Taller en Radio Gandía Ser
lunes, 26 de julio de 2010
martes, 13 de julio de 2010
El Taller en Radio Gandía Ser
domingo, 11 de julio de 2010
El Taller en Radio Gandía Ser
lunes, 28 de junio de 2010
El Taller en Radio Gandía Ser
miércoles, 16 de junio de 2010
El Taller en Radio Gandía Ser
Taller de Palabras
Hoy por hoy Gandía
Radio Gandía Ser
Records de Infantesa, relato de Piñar Viñao, leído por Irene Verdú
2º Certamen de Relatos Breves UPG
martes, 15 de junio de 2010
domingo, 6 de junio de 2010
La radio me enloquece

—Pili, cuando eras pequeña, ¿cómo era la radio que teníais en la turbulenta España de la postguerra?
— Sí, En mi casa oíamos las noticias, música, obras de teatro de Benavente, hermanos Quintero, interpretadas por buenos actores y muchas cosas más. ¿ Y tú qué hacías?
— En mi infancia, en la Habana, mi madre me llevaba a los estudios C.M.Q. donde escuchábamos en directo a los artistas de la época. Era como un teatro.
— ¡Qué chulo! Aquí radiaban muchas radionovelas, empezaban un poco antes de las cinco y todas las chiquillas se iban corriendo al salir del cole a oírlas con sus madres, merendaban oyendo “Toda la sangre es roja”, “Ama Rosa”, “La huerfanita”, y otras por el estilo. Después, íbamos a jugar a la calle.
¿También teníais concursos radiofónicos?
— ¡Claro! Con premios como viajes a Miami o regalos de los almacenes.
— ¿Aún oyes la radio?
— Sí, cuando conduzco, cocino y para dormirme.
— Yo también; me gusta Radio 3, noticias de la comarca y las cadenas musicales como Kiss FM.
— La radio hace mucha compañía.
**********
Doña Juana fanática de sus rezos, con el rosario entre sus manos, se pasea durante todo el día, arriba y abajo, esperando el despiste o el apretón de Don José, para chorizarle la radio. Una vez conseguido el objetivo, Juana huye a hurtadillas a su capilla particular, cerrando la puerta y echando la llave. Sabe que cualquier pequeño descuido puede costarle pasarse la tarde del domingo soportando una momia en el sofá junto a un locutor enloquecido.
Temo que algún día esto acabe como el Rosario de la Aurora, saliendo los dos como protagonistas en las necrológicas de las emisoras.
Siempre había sentido curiosidad por saber cómo trabajaban los profesionales, conocer el espacio físico que ocupaban, qué elementos configuraban la sala de montaje. Nunca pensé que yo participaría en uno de esos programas.
Lo cierto es que estaba bastante nervioso. Tanto, que empecé a tartamudear respondiendo a las primeras preguntas. Al poco, me relajé y le fui cogiendo el gusto. Pero la periodista intentaba cortarme, parece que me extendía demasiado. Yo no quería soltar el micrófono. Ella, tras el cristal de la cabina de grabación, cerró la posibilidad de expresarme y ser escuchado.
Entonces, tuve una idea. Sigilosamente me escurrí hacia los cuartos de baño y esperé a que todos se marcharan.
Por fin, ante el silencio me atreví a salir. Estaba solo.
Rafael Lloret Martínez y Ana María Orta
domingo, 18 de abril de 2010
23 DE ABRIL - DÍA DEL LIBRO
Acababa de decidirme a infrigir la ley: ¡iba a leer algo inútilNi más ni menos. Gratuitamente. Transgredir las reglas del investigador, perder el tiempo, leer por placer... ¡Un verdadero crimen!
La secta de los egoístas.
Eric- Emmanuel Schmitt
Bajé por las escaleras de madera con el cuidado de que no retumbaran ni se oyeran mis pasos. Un poco receloso de las miradas furtivas de los cráneos intelectuales que sentía en mi nuca.
Cuando llegué a las estanterías repletas de libros “normales”, es decir, sin formulas cuánticas, ni logaritmos, ni otras sabidurías, me sentí liberado y respiré hondo. Con el placer de ir a cometer una debilidad satisfactoria: leer y a la vez, poder disfrutar.
No quise pararme en la elección de un título determinado. Ya lo miraría cuando hubiera leído un buen puñado de hojas y me sintiera atraído por él. Quería evadir mi mente, no concentrarme en nada concreto, no tener ninguna predisposición al ambiente o desarrollo del libro escogido. Me dejaría llevar por el protagonista o protagonistas de esa historia que había escogido al azar.
Recogí el libro. Lo coloqué debajo de mi brazo y volví a subir a la sala de lectura.
Empecé a leer y a medida que los caracteres recorrían los renglones en las páginas de ese tomo me sentí trasladado a otra dimensión. Desconecté mi realidad y dejé volar mi imaginación integrándome entre los atrezos que se iban desarrollando en la trama literaria.
Me vi andando por un lugar desconocido para mí. Observé que unas figuras se me acercaban y pensé en preguntarles dónde estaba pero cuál fue mi sorpresa cuando según se iban acercando, vi que pasaban por mi lado ignorándome y que todas vestían igual, de claro. Si no llega a ser por las prominencias que se adivinaban en las vestimentas no hubiera sido fácil adivinar diferentes sexos.
Aquello me desorientó.
¿Estaría inmerso en alguna historia de fantasmas?
Quizás me volviera a tropezar con otro grupo y les preguntaría. Esperé un rato. Era inútil, no aparecía nadie más. Así que…
Seguí deslizándome entre los párrafos a la par que las letras lo hacían delante de mi mirada. Decidí adentrarme por un agujero que se describía en la pared y miré. Abrí bien los ojos porque la escena que se mostraba era, una gran sala redonda con asientos de piedra y muchas más figuras como las que me había cruzado.
Se podía notar la oquedad del silencio ambiental, al tiempo que, se oía la voz de alguien que preguntaba en un tono recriminatorio a una de las figuras que destacaba en el centro del círculo, y que repasaba una serie de sucesos.
Desde mi posición de espectador, deduje que se estaba celebrando una especie de juicio. Puse atención, agudicé mis oídos y pude escuchar:
—¿Y por qué no repartió lo que tenía?
—¿Por qué evadió su responsabilidad?
—¿Por qué malgastó su tiempo en cosas vanas?
¡Madre mía!, ¿en qué me he metido? Pensé yo, volviendo, en parte, a mi anterior estadio.
Resulta que, he ido a recoger un libro, supuestamente de aventuras, para librarme de los cráneos sin fuste de mi alrededor y me encuentro con una historia de lo más anodina que me podía imaginar.
¡Qué mala suerte que he tenido. Volveré a mis textos encomendados!
Cerré el libro y volví a mi realidad. Leí que en el lomo decía: “El día del Juicio”.
Retomé con más ahínco mi investigación. Eso sí, con inquietud y con un poco de preocupación en cumplir con mi deber.
¡Por si acaso!
María Luisa Munuera
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Libro rojo con letras violetas: Titulo “El arte de entender a las mujeres “. Sólo el nombre del libro me produjo una carcajada, rápidamente deslice la mirada para ver quién era la autora que hubiese podido escribir semejante chorrada. Entender a las mujeres, ja! como si eso fuera posible. Aquí estaba el nombre de semejante individuo, Manuel Diaz Ruiz. Qué, cómo, ¡no! no podía ser, volví a mirar, Manuel Díaz Ruiz. Mis ojos se abrieron como faros y mis manos golpearon mi cabeza al comprobar que la idea descabellada había surgido de uno de mi especie, del género masculino, de un macho. Pero,¿qué había pasado con los hombres? se habían vuelto todos eso que llaman ahora “gays”. Una gran curiosidad me invadió por dentro, abrí una página al azar del libro y me dispuse a leer: Comparte con tu pareja las labores domésticas, no es ella sólo la que ensucia. Verás como tu relación es más fructífera si os repartís el trabajo.
Espera un momento, qué, Qué. Y qué había pasado con lo de que se levante de buena mañana, te prepare el desayuno, arregle la casa, haga la comida, te ponga las zapatillas, lave, planche, te sirva el coñac, vaya a comprar...Toda la vida había sido así y ahora el capullo este, que me estaba contando!. Estaba en una página echando al traste toda la cultura que tanto esfuerzo les había costado alcanzar a nuestros antepasados. Giré otra página : Compartir aficciones refuerza la pareja.. ¡Ah no!, por aquí no paso. Que ahora tenemos que llevar a la partida de cartas “al lastre”, o a la pesca, o a los partidos de fútbol con los amigos. ¿ Yqué más? Rápidamente cerré el libro, lo guarde en un lugar bien escondido y decidí no volver a leer más libros que no fueran de mi estilo, de la época, de lo medieval.
Mª Rosario Mañez Ferrando
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Abrí el libro al azar y me pareció que las letras, de un tipo corriente usado en la actualidad, impresas en papel vulgar, querían bailar ante mis gafas. Miré por encima del hombro y comprobé cómo mis compañeros, aburridísimos ante sus legajos medievales, se estrujaban las neuronas para descifrar historias caducas que, pensé, a saber a quién podían interesar hoy día. “Progresar o morir” dije para mí. ¿Cómo podía haberme pasado la vida escarbando las miserias muertas de los antepasados?
En el índice de mi nuevo libro miré si encontraba algún capítulo o apartado que me resultara especialmente interesante, agradable aunque, eso sí, algo que fuera totalmente ajeno a la disciplina que me proporcionaba los garbanzos diarios.
Elegí finalmente uno: “Trabajando en el taller”. Antes de terminar la primera página se me escapó una carcajada que revolucionó las calvas medio inertes sobre las mesas de la sala. Sus miradas airadas, disciplinadas, metódicas, miopes, embalsamadoras, frías como el tiempo que se fue, hicieron que me tapara la boca con una mano mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
Pasé la página, y a la tercera línea, nuevamente la hilaridad estalló en mi cerebro, en mi pecho, en mis labios, y una agradable sensación ingrávida de inconsciencia me transportó fuera de la sala. ¡Me importaron un pimiento las nuevas miradas iracundas de los vejestorios que desearon, estoy seguro, que se me tragara la tierra!
Seguí leyendo, no podía parar, las frases fáciles y elementales que me llevaban a situaciones que nunca hubiese podido descubrir entre los mamotretos que habitualmente manejaba. Incluso el lenguaje usado me resultaba especialmente agradable.
Pasé toda la tarde con su lectura, riendo, disfrutando, imaginando escenas imposibles y diálogos esperpénticos pero divertidos. Al fin, casi agotado, con dolor de tripas y la mandíbula medio desencajada, miré a los pobres hombres muertos que se refocilaban entre papeles muertos de historias muertas y pensé que la lectura de aquella tarde, que no servía para nada, me había rejuvenecido y me haría ver el futuro con otras expectativas.
Y me marché de la biblioteca.
Nota del autor. Se me olvidó escribir que el libro que había escogido este señor, era uno de los míos.
José Climent
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Seguía a ciegas cuando abrí aquel libro por una página al azar, sabiendo que no me iba a traer nada nuevo a mi intelecto, ni tampoco me iba a despertar recuerdos ya olvidados, pero todo lo contrario, al empezar a leer, un nudo se me puso en el estómago, toda mi niñez volvía a mi mente desgastada por el paso del tiempo.
Con tan solo siete años, vi morir a mi madre entre mis brazos, mientras bombardeaban Madrid, mi padre hacia semanas que se había marchado y nuestro único sustento era un chusco de pan duro, tan duro que podría haber matado al primero que se me pusiera a tiro, así que cogí a mi hermana pequeña y salimos de aquel zulo y deambulamos por las calles en busca de comida, pero nadie nos hacía caso. Dos niños, como nosotros, pasaban desapercibidos por aquellas calles medio derruidas e incluso por esa avenida tan grande que llamaban Gran Vía. No sé si por el hambre, que me hacía ver espejismos, o por el cansancio de días sin dormir, pero a lo lejos vi a ese que todos llamaban Santa Claus, al acercarme descubrí que era un escritor famoso apellidado Hemingway. Mientras lo contemplábamos, atónitos, junto a otros viandantes, una mujer de túnica negra y pañuelo blanco en la cabeza, que más tarde llamaríamos madre superiora, nos agarró por el brazo, y sin preguntar, nos llevó junto a otros niños y nos dieron de comer. Sin saber cómo ni por qué, María, yo y los demás, estábamos viajando hacia no sé qué pueblo con mar, un mar que no era como el Manzanares, era tan grande, que no se veía la otra orilla, no tenía fin. Estuvimos esperando en el puerto de Gandía para ser trasladados a la Unión Soviética en un barco enorme, sin saber si allí podríamos conseguir una familia de acogida. La espera se nos hizo eterna pero justo antes de embarcar, la familia Morant, de Beniarjo, nos acogió y no tuvimos que hacer aquel viaje a la fría estepa. Mi hermana sigue viviendo en Valencia, lo que me recuerda que tengo que llamarla, y a partir de hoy ya tengo nuevo libro de cabecera. Cogí un bolígrafo que se encontraba en la mesa y escribí en la palma de mi mano, para no olvidarme, titulo y autor de aquel libro de relatos. La letra no era muy buena pero se podía leer: "Haz de luz, Adriana Serlik".
Iván F. Chova
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Observaba atónita la cantidad de libros que me rodeaba, pero aquella tarde no estaba inspirada en la lectura. Salí a dar un paseo y me fumé un cigarrillo. Al regresar, un señor bien puesto, con traje gris y un sombrero llamativo, iba a devolver una novela cuyo título me cautivó: “El cielo azul del mar” de Gloria Durá Vilá. Al entrar la busqué y empecé a leer, me sumergí entre la fantasía y la realidad, me producía mucha intriga, estaba escrita en primera persona y la protagonista era muy peculiar. Tenía inquietud por llegar al final, era emocionante como me despejaba, y me hacía olvidar problemas o al menos buscar soluciones. Me enseñé que la fantasía hasta cierto punto era buena para vivir, ayudaba a relajar la mente, regalando sensaciones que mi interior agradecía. Siempre recordaré al señor cuyo sombrero me llamó la atención, y el cielo azul que reflejaba intensamente por aquel mar donde yo navegaba.
Julia Vidal Martínez
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Una vez en mis manos, dejé sobre la mesa el libro. Volví a sonreír al pensar lo que iba a disfrutar con la lectura. Sólo pensando en que por unos momentos iba a olvidarme de todo lo que me rodeaba.
Pasé por alto el prólogo y me hundí ávidamente en el montón de letras que tenía ante mis ojos. Apenas había leído dos páginas y me introduje de lleno en el tema, me enfrasqué en la lectura sin pensarlo dos veces. A medida que pasaba el tiempo mi sonrisa cada vez era mayor, había acertado en la elección.
Roberto, como así se llamaba el protagonista, había empezado a recoger todos los papeles que estaban esparcidos sobre la mesa del despacho. Terminada esta tarea, nuevamente se sentó delante del ordenador. Estaba interesado en comprobar si le llegaba un e-mail que esperaba. No fue así. Sin meditarlo y con mucho nerviosismo desconectó el aparato, recogió la cartera y abandonó el despacho.
No había pulsado el interruptor del ascensor cuando oyó la voz de su secretaria que le llamaba. Absorto en su preocupación se había olvidado de firmar unos documentos, En su cara se dibujó una mueca de resignación y volvió sobre sus pasos. Diligentemente ella le puso delante esos expedientes cuando se encontró ante su mesa, en los cuales rápidamente estampó su firma. Finalizado el cometido con un gesto se despidió. No obstante, todavía se volvió al llegar a la puerta y con un gruñido le indicó que no intentara localizarle hasta el día siguiente.
Cerrando bruscamente la puerta, llegó al ascensor y cuando salió a la calle intentó absorber todo el aire de que eran capaces de almacenar sus pulmones.
Vio que se acercaba un taxi, estaba libre, con un gesto lo llamó. Sentado ya en la parte posterior del vehículo, dio el nombre de la dirección a la que quería trasladarse. Muy pronto llegó a su destino, pagó y despidió al taxista.
Comprobó la hora en su reloj de bolsillo. Faltaban dos minutas para las seis de la tarde. Como de costumbre llegaba puntual a su cita. Localizó el timbre y pulsándolo espero unos segundos. Se presentó a través del interfono a requerimiento de una voz que escuchó en el mismo. Franqueó la puerta entrando en un espacioso despacho. Una muchacha que le estaba esperando le condujo al final del pasillo y le indicó que pasara al interior de otra estancia.
Realizados los saludos de rigor, su interlocutor, empezó a explicarle, nuevamente, ya lo había hecho cuando lo citó por teléfono, el motivo de la reunión. Roberto le cortó bruscamente, como buen abogado que era intentaba realizar una exposición de los hechos. Sin embargó, él no estaba dispuesto a más explicaciones, había tomado una decisión, por cierto muy meditada. Sólo quería terminar lo más rápido posible. Indicó a su interlocutor que deseaba firmar y marcharse de allí. El letrado le presentó una serie de documentos que tras un vistazo rápido empezó a signar. Estaba firmando la solicitud de divorcio con su esposa.
Se despidió y salió del despacho tan rápido como había llegado. Una vez en el exterior su pensamiento se trasladó en el tiempo muchos años atrás. Se preguntó ¿por qué?.
Terminado el capítulo, cerré el libro y me fijé en lo que ocurría a mi alrededor, las calvas de todos mis compañeros se estaban levantando, habíamos llegado al final de la jornada de trabajo. Volví a sonreír al pensar que al día siguiente continuaría con la lectura.
Alfonso Garrigós
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Ya está. Me sentía feliz. Quería encontrar el instante preciso para proponer a toda esa información que saltase hacia mis ojos, que consumiera mi cerebro, que ahogase mis pensamientos con puñados de palabras. Quería, deseaba, alargar esos momentos de incertidumbre, como quién espera tocar un diamante pero precisa de obtener un grado de solemnidad tal, que transforme esos segundos en extraordinarios y exquisitos.
Con cierto hormigueo en las yemas de los dedos y los ojos cerrados, incliné la mano derecha y abrí el libro rojo de lomo violeta por cualquier página al azahar.
Era un libro de fotografías. Las imágenes de color sepia y los tocados de los personajes lo ubicaban entre los siglos XIX y XX. Una época moderna, para los tiempos por los que yo solía navegar.
Observé el volumen abierto, en la página de la izquierda se hallaba la figura de una mujer morena con el pelo recogido en un moño, una camisa blanca abotonada al cuello y una falda acampanada larga hasta los pies. Su mirada parecía perdida en algún lugar invisible para el espectador.
Justo en la página contigua, la misma mujer pero sin la camisa, con un corsé de puntilla blanco, un liguero, medias negras y unos zapatos de tacón. En su mano portaba un puñal ensangrentado.
¿Qué es esto? , a pie de foto leí: Celeste Blaset.
Noté la sangre en mi cabeza, estaba enrojeciendo, la vergüenza inundaba mi rostro. Parecía increíble. Yo quería leer algo, cualquier cosa para escapar de la lingüística medieval. Y me tropiezo con un montón de fotos antiguas y como colofón en el corazón del libro, la foto de mi abuela muerta hace más de veinticinco años, Celeste Blaset.
Miré a mis compañeros de biblioteca. Temía que me viesen observando las fotos del libro. Ese libro rojo, con lomo violeta, que aplastaba con el vértigo fugaz del tiempo, todas esas investigaciones de años. Ese volumen capaz de envenenar en un “nada” el destino de una vida.
Ana María Orta
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Era una tarde de Diciembre en la Biblioteca Nacional.
Mis ojos se fijaron en dos volúmenes bastante gruesos: El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha, el libro más importante de nuestra lengua.
Hacía 20 años que había estudiado a fondo el castellano de la época cervantina, pero nunca había visto su principal obra como objeto de entretenimiento. A partir de entonces, D. Quijote se convirtió en mi libro de cabecera.
Algunas noches releía un capítulo y me reía a gusto ante los refranes, dichos, poemitas y aventuras narrados por sus protagonistas..
Disfruté muchas veces ante la paliza recibida por D. Quijote después de haber pinchado los odres, los manteos sufridos por el pobre Sancho, su alegría cuando le nombraron Señor de la ínsula Barataria y sobre todo por sus sabias “consejas”a los labradores y paisanos de sus dominios cuando iban a contarle sus cuitas.
Pero me estaba volviendo egoísta. No avanzaba nada en mis estudios antropológicos y linguísticos y mis editores me exigían rapidez y éxito en los trabajos elaborados.
Tenía que reflexionar: ¡D. Quijote o… mi carrera!
Pilar Viñao
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Iba a cometer mi primer pecado, o mi primer delito, no sé cómo llamarlo. Me senté y lo agarré fuerte, extendí los brazos, lo puse delante de mis ojos y lo miré como si de un cómplice se tratara. Respiré hondo, y sin más preámbulo lo abrí al azar, eso sí despacio. Repentinamente mi pituitaria se revolucionó. ¿Por qué? Era mi vista. Una exquisita merienda para niños (como rezaba el título del capítulo) se plantificó delante de mis narices. En letras mayúsculas y en color fresa se leía: “POBLADO DE SANDWICHES DE JAMÓN Y QUESO”, “BARQUITOS DE PATATA CON SALSA MAHONESA” Y “TARTA DE CHOCOLATE”. Todo ilustrado con unas fotografías de vivos colores e impreso en grueso y brillante papel cuché. En ese mismo momento me tragué involuntariamente el chicle ya insípido que estaba rumiando; empecé a babear, a morderme las uñas y a chuparme los dedos.
Mi estómago comenzó a emitir ruidos extraños. Alcé la cabeza y muchas de esas bolas relucientes se habían girado hacia mí.
Me levanté como si una catapulta me hubiera disparado de mi asiento. Chillé y les dije (abriendo el libro de par en par mostrándoselo)
—Mirad, esto sí que es un descubrimiento. Es Lenguaje, lenguaje de todos los tiempos y de todos los pueblos.
Lala Escrivá
lunes, 12 de abril de 2010
PLÁSTICO ROSA EN GRIS Y TIERRA
La gente debió de pensar que estaba loca. Gritaba: “Respira, respira, Antón”, mientras corría al consultorio como no había corrido hacía muchos, muchos años.
Pero fue imposible reanimarte. Estabas muerto.
Por un momento, fue el sinvivir definitivo, la gota que rebosa el vaso. Pero el tiempo pasa y ya no digo tanto: por nada, por nadie. He sobrevivido.
Al día siguiente, ya con la noche encima, no pude evitarlo y llamé a la única persona a la que podía y quería llamar.
–Necesito que me hables, estoy fatal.
–Suenas rara, ¿dónde estás?
–En el encinar, en Casavieja, hace un frío que pela.
–Bonita, estamos en Febrero, es de noche y estás en Gredos, lo raro sería que no hiciera frío.
–Pues es una puñeta, porque la tierra está helada y se me rompe la pala. Y hay un perro que aúlla. No llevo las gafas y está muy oscuro, pero huele y suena a ovejas, y son muchas.
–En el monte, en Ávila, es normal.
–¡Joder! Pues llevo aquí dos años sacando fotos de la naturaleza abulense y tengo cerdos, cabras, burros y búhos reales, y aunque me hartado de buscarlas, ni una puta oveja.
–Bueno, eso es porque no salís a las mismas horas.
–No estás ayudando nada, ¿sabes? –pero me tengo que reír, a mi pesar.
–¿Estás enterrando a Antón? –tonito entre compasivo y piadoso del mister.
–Pareces tonto. ¿Te crees que, con el frío que hace, a oscuras, estoy en el puto encinar por gusto? –acidez rayando en la vulgaridad y el odio convierten mi voz en puro veneno. Él se lo traga.
–¿Y si lo haces por la mañana, con luz y eso?
–Desde luego, eres la leche. ¿Estás diciendo que lo lleve a casa y lo meta en la nevera? –a mi pesar, se me casca la voz.
–Vale. Tranquila. No grites. Y no llores o cuelgo. ¿Lo estás enterrando al lado de Atocha?
–Tú flipas. No sé ni por qué te llamo. ¿Te crees que voy a cavar en la misma encina y encontrarme con sus huesitos o, peor, con qué no están? –pausa y reflexión– ¡Ay! Perdona, es que estoy fatal. Es la encina de al lado. Eso vale en plan familia y eso ¿no?
–Sí, bonita. Está muy bien. Tranquila. Acaba ya y vete a casa, son más de las diez.
–Es que se me ha roto el rastrillo, a la pala le queda un suspiro y el agujero está lleno de cachitos de plástico rosa. Es indigno. A Antón le daría un mal si lo viera.
–Ali, a Antón ya le da igual. Mételo en el agujero y tápalo.
Móvil en el suelo, forcejeos, gruñidos, suspiros.
–No cabe, tío, no cabe. Es demasiado largo, joder, y eso que lo acurruqué, rosquillita, como le gustaba, tú sabes. ¿Qué hago?
–Ensancha el agujero.
–No veo nada, y no tengo pala, ni rastrillo, ni nada. Eran rosa, de la playa, de las niñas. Lo he traído en el bus, en la mochila envuelto y no he pensado mucho, creo.
–Busca un palo o una piedra.
–No veo, está muy oscuro y tengo los dedos helados ya, me duelen.
–Pues mételo de pie. Seguro que has cavado hondo, te conozco.
–¿Cómo lo voy a meter de pie? Es indigno, ¿de pie y con trocitos de plástico rosa? Era mi príncipe azul y tú lo sabes. ¿Y si viene el perro y lo huele y lo saca?
–Ali… El perro pasa, está con las ovejas. Y Antón no era azul, ni ruso, ni príncipe. Lo encontraste en la calle y era una miasma gris con pinta de gremlin de los malos. Catorce años dan para mucho cariño y eso, pero él sabe cuánto lo quieres y te perdonará que…
–¡He encontrado una piedra!
–Vale, ensancha el agujero un poco, sólo por un lado, el más blandito.
Minutos, muchos, después. Un rato largo, vaya.
–¡Cabe! ¡Ahora ya cabe sin doblarlo y planito!
–Perfecto, princesa. Lo has hecho muy bien.
–Joder tío, me he reído enterrando a mi gato. Es lamentable. Y se me acaba la batería del móvil y tengo que bajar del encinar, por toda la cuesta y volver al pueblo. Voy a tener que colgar o no tengo luz y me voy a caer. Gracias. Sin ti, hoy no habría podido. Me dolía todo. Muchas gracias.
–Vale. Cuelga ya. No te caigas, nena, no te puedes romper más. Ten cuidado. Plástico rosa en pelo gris, sin batería y con ovejas: Antón no habría esperado un entierro menos surrealista que este. Seguro que sonríe en su edén felino. Emborráchate, y mucho, si hay algún bar abierto aún. Mañana te llamo, si me acuerdo. Si no, llámame tú, si crujes por dentro aún.
Y llegué a casa sin romperme nada y creo que tal vez me emborrachara, pero eso no lo recuerdo bien. Con el tiempo, admití que mi ex tenía razón. El entierro de mi gato fue digno en cuanto a nuestro: kafkiano y pleno de lágrimas y risas. Una ironía que captó, en principio, y supo diluir quien vivió años con ambos. La soledad ya solo ha sido mía.
VISITANDO LA EXPOSICIÓN
No pudo resistirse ante su belleza. Su ser se lanzó en tropel hacia la escena con la firme intención de participar en el juicio. Pero, a diferencia de las diosas, ella no llevaba nada, ni pavo real, ni armas, ni Cupido.
Las diosas se manifestaron radiantes de luz, poderosas ante la intrusa. Ella se detuvo todavía impulsada por el deseo, retenida por los largos cabellos, joya de su hermosura. Quedo quieta, conteniendo el aliento, dispuesta a suscribir cualquier condición que le permitiese acceder al extremo del cuadro. Necesitaba llegar allí si quería que Paris pudiera verla.
—¿Qué es lo que retiene mis cabellos? — pensó.
El corazón bailaba entre la ambición de formar un cuarteto y la angustia de no poder desprenderse de aquello que la mantenía sujeta. Esas manos la amarraban al pasado, esclavizando de esta forma el presente.
—Si cortase mis cabellos con una de las armas escondidas de Atenea, tal vez podría introducirme en la escena —pensó.
Pero estaba demasiado lejos. El pavo real de Juno no podía contribuir a los propósitos de deshacerse de la prisión de la melena. Y Cupido se hallaba, como siempre, ocupado en otros menesteres.
No sabía cómo hacerlo, pero Helena no estaba dispuesta a dejar que nadie le arrebatase a Paris.
Ella se sabía bella. Su belleza no se mecía en la voluptuosidad, sino en los perfiles alargados de su blanco cuerpo. Una belleza blanca, impúdica, que se manifestaba desde sus largos cabellos hasta el final de sus pies.
Tenía la confianza de poder competir con cualquiera de ellas, incluida Venus, que parecía la elegida.
—No permitiré que tus brazos cobijen el cuerpo de mi amado. Que tus manos repartan caricias sobre su piel, que tu boca busque la suya en los juegos de amantes.
Sin embargo, Helena empieza a cansarse de ese movimiento estático. La angustia comienza a apoderarse de ella y el miedo también.
—Tengo que llegar a tiempo.
Intenta contorsionar su cuerpo en un ardid por raptar la mirada de él. Sus brazos se levantan con gran esfuerzo hacia los pies de Atenea.
En el cuarto intento lo consigue. Obtiene un puñal. Con entera decisión da un giro hacia la izquierda, coge los cabellos como lo haría con un manojo de verduras, y los corta sin piedad. La melena se convierte una alfombra que tiñe de blanco el suelo.
Esta liberación le permite saltar hacia el extremo del cuadro, justo al lado de la desarmada diosa. Todavía conserva el puñal en una de sus manos, pero sus cabellos ya no la retienen. Con dos elásticos pasos se coloca frente de su amado Paris.
Sin embargo, Paris no parece percatarse de la imagen de Helena, de hecho, a penas le dedica el hurto de una mirada.
—¿Por qué no posas tus ojos en mí, amor? —Interroga sorprendida Helena.
Tal vez sea Mercurio, quien impide que reconozca su imagen. Aunque Mercurio no es más que un mensajero. Es Venus la diosa que captura su alma, la que sostiene en el tiempo los dulces frutos del amor.
Helena logra formar parte de la escena, ocupando un lugar cada vez más cercano a Paris. Por fin, éste desvía sus ojos hacia ella.
Descubre a una mujer de una tremenda belleza blanca, con los cabellos cortos y un puñal en una de sus manos.
La mira fijamente, como hipnotizado por el blanco resplandor.
—Te conoceré. Es el futuro. Pero si matas a Venus, no podrás ser mía.
Helena reacciona. Empieza a intuir que se ha confundido. Comprende que Venus es dueña del amor. Y que si intenta dañarla, no le concederá el privilegio de ser la amante de Paris.
Permanece aturdida, unos segundos. Esos segundos que la llevan a pensar en las muertes efímeras de Troya. En lo sencillo que sería todo, si ella renunciara a la pasión por Paris. Podría enfrentarse a Venus, luchar y morir. O quizás, podría matar a Paris. Una muerte u otra, cambiaría ese supuesto futuro. Sería como robar a las diosas el juguete que tanto las hace disfrutar.
Algo helado se volcó dentro de Helena. Su cuerpo amasaba la escarcha de la desdicha.
Camina despacio, se coloca al filo de la escena y, con un movimiento leve, devuelve el puñal a la diosa Atenea.
Su cuerpo, se torna casi transparente cuando se tumba justo en el extremo de la melena. No se mueve, quieta, ingrávida, estática. Sus largos cabellos cortados comienzan a extenderse y terminan por unirse a los de su cabeza.
De nuevo Helena, bailarina del tiempo seduce los espacios, captura las miradas y araña el devenir, intentando desprenderse del pasado.
Ana María Orta
Quiero ver salir el sol este día de primavera que se adivina luminoso y tibio. Cuando me siento en mi sillón, veo el cuerpo muerto de la mariposa, destrozada, espachurrada, desmembrada. Parece que el primer rayo de luz escoge el cadáver para entrar en la sala. Los brillantes colores de aquellas alas sutiles se han apagado y han devenido en unas manchas oscuras y transparentes que señalan su inexistencia en el suelo.
Cuando quedé solo me hundí en la negrura de la soledad. Ser escritor te permite manejar la verdad y la mentira a tu conveniencia, pero no puedes cambiar lo que te corroe por dentro. Recurrí a los servicios de una mujer, Juana, que mantiene limpia mi casa y me prepara algo de comida, no demasiado sofisticada, sólo de supervivencia.
Es una mujer ordenada y callada. ¡Me encanta el silencio si me siento acompañado! Sabe que no puedo soportar la estridencia de la radio, ni el murmullo del televisor, ni que turbe mi concentración cualquier bicho que se pasee por mi cuarto de trabajo. En mi casa no hay perros, ni gatos, ni jaulas con pájaros. Juana, en eso, también fue un acierto. Pero llegar al extremo de acabar con una mariposa, nunca la hubiese creído capaz.
Mis ojos van, hipnotizados, de la botella a los despojos del insecto. Aquellos cuatro trocitos de... ¿de qué?... porque no sé si puedo escribir “carne”; las mariposas, supongo, no tienen carne... Tendré que buscarlo después en el diccionario. Pero aquellas minúsculas manchas, esparcidas como piezas de un rompecabezas, sólo me hacen pensar en ese todo que llamamos mariposa y que hace apenas unas horas revoloteaba por mi casa, por el jardín, cumpliendo con su pequeña parte de la vida que era, simplemente, vivir.
Creo que estoy demasiado borracho. Me estoy poniendo metafísico. Pero ni así puedo entender que alguien haya podido matar un ser tan insignificante y delicado. ¿Qué daño puede hacer? Hay gente que merece más la muerte que esa mariposa.
No puedo seguir así. Tengo que hacer algo. Voy a coger un cuchillo de la cocina y cuando venga Juana... ¡qué más da! ¡Mejor tomarme otra copa!
ERA UN FRÍO AMENAZADOR
Se puso ropa seca, encendió la chimenea y con una cerveza en una mano y un cúter en la otra, se dispuso a cortar la enorme caja de cartón, entre sorbo y sorbo de cruz campo.
¡Por fin, su tesoro! Colocó el plasma de 50 pulgadas y lo enchufó a la red y a la antena ¡Abra cadabra! Funcionaba a las mil maravillas. Había merecido la pena luchar contra los elementos. ¡ahora vería divinamente el “Recre—Valencia”
DESDE MI BALCÓN
Miro el edificio de enfrente, entre la lluvia distingo una pareja de mediana edad.
Ella, sentada en un sillón aparentemente cómodo, sostiene entre sus manos un cuaderno algo grueso de tapas negras. Él deambula a su alrededor e intenta averiguar qué es lo que está leyendo. Parece algo inquieto, un poco enfadado ante la insistencia de la mujer por ocultarle la lectura.
De pronto, ella se levanta y cerrando el cuaderno se lo entrega a él. Al momento, el hombre ocupa su lugar en el sillón.
Mientras, la mujer prepara una infusión en la barra de la cocina situada a su espalda. A hurtadillas, saca una pastilla de un bote y la introduce en el líquido removiéndola con la cuchara.
Le acerca la taza. Él la observa con detenimiento. Parece preguntar si está todo. Ella asiente. El hombre sonríe levemente, la mujer también. Ella se acerca al balcón y corre la cortina.
- ¿Lo querrá envenenar?
Pasa algo más de media hora. Se abre la cortina. El hombre en calzoncillos, la mujer en sujetador. Los dos sentados en el mismo sillón sostienen el cuaderno abierto de tapas negras mientras sonríen.
- ¡Ya está! No es veneno. ¡Es la viagra! La infusión una pócima para ensalzar los caprichos del cuerpo y del amor. Y el dichoso cuaderno, el Kamasutra.
INTERPRETACIÓN DE UNA PINTURA DE SUSANA SOLANO
Hay un color indefinido, podría pasar por rosado, es muy curioso, le aporta cierta melancolía pero cargada de relajación.
Su conjunto lo atraviesa una línea quebrada marrón, que le da sobriedad y equilibrio.
La pintura de Susana Solano la considero un reflejo de la sociedad actual, aunque los estilos van cambiando, todo tiene su lógica.
LA MIRILLA
Las casas dicen mucho de las personas que las habitan. Nos dicen por su aspecto si son perezosos, exigentes, trabajadores, pulcros, si leen, si les gusta cocinar, si son amantes de los animales, de las plantas y muchas cosas más.
Pero sobretodo yo me fijo si son personas que les gusta recibir visitas, -siempre entra y sale gente de la casa- o si por el contrario su casa es su santuario. Yo me identifico más con las segundas. Me gusta llegar a casa y desconectar de todo. Y aún así no lo consigo.
Hoy me he fijado en un cuadro de la exposición de la Casa de la Marquesa, “Diez mujeres artistas en el Prado” no recuerdo bien su nombre pero creo que menciona a Santa Bárbara. Sin embargo yo le hubiera titulado “Al otro lado de la mirilla”. En él se ven dos mujeres sentadas, parece que no tienen mucho que decirse, están una frente a la otra, una está cosiendo y la otra con un libro en las manos. No hablan, pero parecen cómplices, se respira tranquilidad.
Al fondo hay una ventana y se adivina un paisaje verde al otro lado. Entra luz, todo está en orden , ¿se puede pedir más?
AMOR Y MUERTE
En el gran salón, iluminado por docenas de candelabros, hay un gran bullicio. Chanzas, characotas y comentarios soeces se escuchan por doquier. Ella sabe que acabará en manos de quien puje más alto. Tiembla.
Parece indiferente, altiva. No puedo evitar preguntarme qué pensamientos rondarán la frente alta y despejada. Modestamente vestida, yergue el cuello frágil y desnudo. Ni esmeraldas, ni rubíes, ni perlas adornan su belleza. Solo ofrece una esbelta columna de marfil, en venta al mejor postor.
Una cortesana carente de gracia, su ama tal vez, le susurra algo al oído. Ella endereza la espalda. El orgullo que otorga la nobleza la salvará de una degradación mayor, y en su orgullo se refugia. Muerte o amor. Amor y muerte. Ya son la misma cosa: su cuello desnudo.
Pestañea y, por fin, sus párpados muestran unos ojos brillantes de lágrimas contenidas que no derramará. No sabe que dan a su mirada la luz del cielo. Las pujas subirán.
Unos golpes secos, metal contra madera, invocan al silencio. Silencio sepulcral.
–Este honor conlleva un precio, como bien sabéis –anuncia un miembro de la casa real–. Tanto la corte como el pueblo llano asistirán al acto, si es su voluntad. Vuestra maestría, o falta de ella, correrá de boca en boca. Quien asuma el reto será alabado o denostado. Premiado o condenado al olvido, o incluso a muerte. La sangre azul requiere un riesgo. El rey escucha. No os demoréis, hablad.
Se desata un runrún de comentarios y murmullos: un soniquete infernal e insoportable. Hombres encapuchados, grises, soeces, malhablados, empiezan a ofertar.
La miro y sé que no puedo permitirlo. Desenvaino la espada y hablo.
–Yo señor, os rindo mi espada. Vuestra es durante un año.
Mi oferta es recibida con cuchicheos, incredulidad y asombro. Ella me mira y, por fin, sonríe.
–Sois caballero y noble, recién llegado y de paso. ¿Daréis un año de vuestra vida a cambio de nada? –increpa el segundo del rey, calvo y barrigón, pero de noble porte–. Pensad en los feudos y glorias que podríais obtener en ese tiempo, batallando por el reino.
–Seré vuestro verdugo, un año –contesto, mirando al rey–. El cuello de quien tuvo el honor de ser vuestra esposa ha de truncarse por el tajo limpio de una espada noble, no por el hacha roñosa de un verdugo a sueldo.
El rey palidece. Sabe que no soy el culpable de la afrenta que castiga y también que no puede rechazar mi oferta. Los labios de ella titilan, tiemblan, sé que musita una plegaria de agradecimiento, sin acabar de creer en su buena fortuna.
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Ojos negros como el carbón me abrasan. Me desnudan y me devuelven la inocencia. Inclina la cabeza, pero mira al rey con asco disimulado y entiende mi vergüenza. Entiende que fui adúltera por desamor y repugnancia; pequé para no morir. Lo sabe.
Busco a mi amante entre el séquito del rey. Por fin me atrevo. Él rehuye mi mirada y agacha la cabeza. Ese gesto lo delata, el rey y todos sus espías buscaban confirmación y ya la tienen: cobarde, se estremece. Ya sabe que caerá, y por la misma mano.
Él, ese caballero desconocido de ojos negros, será quien me corte la cabeza. Y por fin sé que solo él merecía mi amor. Solo él. Antes de rendir mi cuello a su espada lo miraré y le haré saber que su sacrificio no es en vano. Moriré sabiendo que existe el amor verdadero.
Se sella el pacto.
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Los carceleros la rodean y la conducen fuera de la sala. Su presencia ya no es necesaria. No si cuello. Ya no hay nada que vender. Lo he comprado. Dejo mi espada a los pies del rey y pido permiso para retirame.
Ya fuera, en el patio de caballos, vomito. Odio matar.
“Amor y muerte”, pienso. Vuelvo a vomitar. Oigo las risas de los palafreneros.
“Amor y muerte”, pienso.










